Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Jerez de la Frontera

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jueves, 12 de octubre de 2017

Necrológica de nuestro Párroco Emérito Don Ángel Romero Castellano





Por su indudable interés histórico y ser reflejo de  lo que sentimos con la partida de tan ilustre sacerdote quienes le conocimos, transcribimos la magnífica crónica necrológica publicada el pasado lunes 9 de octubre en Diario de Jerez y firmada por N.H.D. Marco A. Velo García en su sección JEREZ ÍNTIMO.

¿Por quién doblan las campanas en San Miguel?

Un rumor afónico, ininteligible, se expande calle Barja arriba. Suena a réquiem con ojeras. La noche es un subterfugio que anuncia el vestigio de lo imponderable. La Plaza León XIII destila ya una oscuridad fría como el témpano del tempus fugit. El silencio aquilata los muros centenarios del templo catedralicio que se alza como sombra gigantesca en la moldura de la vista alzada. La calle San Miguel empina su tránsito ahora hueco de transeúntes. Sabíamos por Quevedo que la virtud en la enfermedad se perfecciona. Pero no hallamos ya vestigios de enfermedad derramada al albur. Casi todas las casapuertas parecen cavernas de atávicos desgarros. Una mudez aplastante ensordece la nada. Y agavilla la mismidad de un barrio de tabancos antiguos como la sepia del serrín desparramado por las solerías y las soleares de un quejido mesiánico.
¿Qué conato de aciaga noticia silban los arcángeles -hoy circunspectos- del retablo mayor de la memoria colectiva jerezana? Alguien -voz en off- explicita que una sotana menuda de estatura, negrísima como la caligrafía pendolista del cronista local o del Escribano Primero de la Villa, ha ejercido de factor de cohesión durante las últimas cuatro o cinco décadas por esta collación de reminiscencias napolitanas y ecos de seguiriyas de Manuel Torre. ¿Una sotana negra como factor de cohesión social? ¿Negra como el barrunto de la muerte? ¿O negra como el opaco túnel de la implosión que conduce a la luz de la Vida Eterna? Jerez parece dormido cuando aún no han sonado las veintidós horas en el reloj indeleble e inefable de la ciudad... Huele a esquela de rango ilustrísima. Comoquiera que el olfato pleitea con el asalto a quemarropa, enseguida nos percatamos -a la defensiva- del olor a ausencia. Ya escribió Ramón, Ramón a secas, el Ramón de las vanguardias literarias, que “la nariz apercibe cosas que la razón no comprende e incluso hasta llega a telepatías extremas”. Huele, sí, a madera de dosel pero también a madera de féretro, huele a piel de cartera hinchada de informes del Tribunal Eclesiástico, huele a cordón blanquiazul de tratamiento ilustre de Académico de Número, a biblioteca añosa de obras de Santo Tomás de Aquino, a vocalización de adusto pronunciamiento, a voz de madrugón de mañana de procesión de Minerva, a prédica de Función Principal de Instituto de Cofradía de nazarenos de clara vocación sacramental, a manos limpias de Primera Comunión de niños de la Plazuela, a erudición teológica de párroco de envergadura intelectual, a pedaleo apostólico por las distintas etapas de la intrahistoria reciente, a archivo añejo de partidas de nacimiento, a presidencia de Cabildos de Oficiales en salas capitulares siempre limpias como los chorros del oro gracias al buen hacer de Pedro García Rendón y Enrique Hernández Patiño. Huele a cercanía de esparto de presidencia de palio en la madrugada del Viernes Santo…
Un vacío asfixiante se apodera de la feligresía. Adjetivos enlutados esconden su fulgor lírico. En un repente campanas de la torre más alta entonan la rítmica elegía del obituario. ¿Por quién doblan las campanas en San Miguel? ¿Por quién? ¿Por el acento lebrijano de preclara oratoria que el domingo -cada día del Señor de los últimos cuarenta y tantos años- proclamaba la Palabra de Dios con su deje que a tantos nos embelesaba? ¿Doblan por el párroco histórico, por el párroco emérito, don Ángel Romero Castellano “aquí en la tierra como en el cielo”? La anochecida se torna poema de Julián Pemartín en la Semana Santa de 1929, primera salida del Santo Crucifijo de la Salud, e impreso ulteriormente en la edición del periódico ‘Ayer’ de la Semana Mayor de 1937. Sí, hoy San Miguel parece noche de estación penitencial de la cofradía pero sin público en las calles de su barrio. “Como a un conjuro callado/ se abre la gigante puerta/y a ese conjuro ha quedado/ la plaza en silencio yerta”. Ha fallecido don Ángel y como en “la noche del Jueves Santo,/¡con muerte de Dios cargada!,/ en San Miguel suena el llanto/ de una doble campanada”.