Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Jerez de la Frontera

Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Jerez de la Frontera

martes, 25 de abril de 2017

COMUNICADO OFICIAL DE AGRADECIMIENTO Y FELICITACIÓN DE LA HERMANDAD DE LAS CINCO LLAGAS

Foto: N.H.D. Manuel Piñero Dueñas


Estimados hermanos en el Señor: 

La estación de penitencia de la pasada Madrugada Santa 2017 quedará registrada para los anales de la Historia de nuestra querida Hermandad como una de las jornadas más gozosas de los últimos años. La identificación con nuestro paradigma cofradiero es cada vez más palpable, no sólo por la unánime satisfacción mostrada por los hermanos que han participado como nazarenos, costaleros, monaguillos, acólitos o personal de apoyo a la Diputación Mayor de Gobierno, sino por la multitud de cofrades jerezanos y también venidos de fuera que no han escatimado en parabienes y felicitaciones para con nosotros.

Desde los sacerdotes con los que hemos contado para administrar el sacramento de la penitencia en el interior de la iglesia, gratamente impresionados con la riqueza de la espiritualidad reinante, hasta muchos de los fieles presentes en las calles Santa María, Honda, Bizcocheros y, sobre todo, Caracuel. Lugares que se han convertido en emblemáticos para nosotros y en los que nuestra cofradía brilla con luz propia ante los ojos de cuantos devotos miran llenos de emoción a Nuestras Sagradas Imágenes Titulares. Hemos dado a Jerez la respuesta que de nosotros espera desde hace ya tantos años: el contundente testimonio del Silencio Blanco que proviene de la Plaza Esteve: filas de nazarenos hieráticos embelesados en la contemplación de los Misterios de la Redención. Sabedores que la salvación de muchos depende de nuestras oraciones y voluntarios sacrificios, como bien dejó escrito el Santo Papa Pío XII, que ocupaba la Cátedra de Pedro en los años de nuestra feliz reorganización.

Cada vez son más los devotos que tras seguir al Señor de la Vía-Crucis, desean relacionarse con la realidad de nuestra corporación; cada vez son más los monaguillos niños que se suman a nuestras filas movidos por la evidencia de la fe de sus padres; cada vez son más los que nos buscan en la profundidad de nuestro silencio, que habla mucho más que el ruido que pueda hallarse en el exterior; cada vez son más los costaleros que desean pertenecer a nuestras cuadrillas para poder acariciar siquiera lo que siente nuestro cuerpo de nazarenos; cada vez son más los que se contagian de la evidencia de nuestro testimonio.

Desde la Junta de Señores Oficiales y la Diputación Mayor de Gobierno agradecemos de corazón vuestra fidelidad a nuestra esencia y vuestro comportamiento que sigue impresionando a propios y extraños porque demuestra a todas luces la autenticidad de lo que vivimos: un amor inconmensurable al Señor de la Vía-Crucis y a nuestra Madre de la Esperanza.

Un fortísimo abrazo en Cristo Resucitado.

  
Vº Bº  Rafael Cordero Jaén                Fdo: Ernesto Romero del Castillo    
    Hermano Mayor                                  Secretario

viernes, 21 de abril de 2017

Esta tarde a las 20,30 en San Francisco retomamos - tras la Cuaresma y Semana Santa- los Rezos Semanales

Foto: N. H. Dña. María Ruiz-Henestrosa

Foto: N. H. Dña. María Ruiz-Henestrosa

Evangelio y comentario

Fuente: ALFA Y OMEGA

II Domingo de Pascua (ciclo A)
«Paz a vosotros»

Constantemente estamos deseando la paz. Hablamos de paz exterior, es decir, de ausencia de guerras y de conflictos entre distintos países o regiones. Socialmente este deseo se acentúa en torno a la Navidad. Cualquier guión de mensaje navideño no está completo sin una referencia en este sentido. Por otro lado, no faltan quienes subrayan la relevancia de una paz interior, quizá más importante que la exterior, ya que es origen de ella. Como de un componente más de la sociedad de bienestar, se habla de paz y armonía a modo de ausencia de cualquier perturbación. Nada hay de censurable en esta visión, pero es parcial. Podemos olvidar que la paz es un don de Dios y, más en concreto, del Señor resucitado. Ciertamente, las alusiones navideñas a la paz no ignoran que Jesucristo, Rey de la Paz, viene a traer la paz a los hombres. Sin embargo, hoy en día casi nadie es consciente de que la paz es también el gran don del Señor resucitado. En efecto, tras la resurrección, las primeras palabras de Jesús al dirigirse a sus discípulos, reunidos en el Cenáculo, son «Paz a vosotros». Precisamente este es el sentido principal del gesto litúrgico de darse la paz en Misa. No consiste en un mero saludo para suspender momentáneamente la celebración y aprovechar para expresar mis propias emociones. Tampoco es solamente la oportunidad para, en las ceremonias de mayor relevancia social, compartir mis sentimientos con quien está de luto o de enhorabuena. Se trata, ante todo, de prolongar la paz que el Señor nos trae, con la finalidad de reconocerle, como fuente de este don, vivo en medio de nosotros. Si la liturgia ofrece como facultativo el gesto del intercambio de la paz no es por privar en ciertos momentos a la comunidad de una participación gestual. La ausencia de este signo durante la Cuaresma o el Adviento puede servir, por ejemplo, para relacionar mejor el vínculo entre la paz y Jesucristo resucitado, tal y como aparece en el Evangelio, o para reconocerle como príncipe de la paz en Navidad. De este modo, la propia celebración nos explicita lo que el Señor nos ha dicho con su Palabra.

La alegría de los discípulos
Podemos imaginarnos la situación de los apóstoles tras haber visto a Jesús crucificado y muerto. El Evangelio los muestra con miedo y huyendo. Después de que Jesús les enseñara las manos y el costado, el pasaje dice que «se llenaron de alegría al ver al Señor». He aquí el segundo fruto de la vuelta de Jesús a la vida: la alegría. Esta alegría no se testimonia únicamente en el texto evangélico. También la primera y la segunda lectura de este domingo citan el gozo que viven los cristianos de las primeras comunidades. De ello se hacen eco las oraciones centrales de la Misa, al señalar que gracias al acontecimiento pascual «el mundo entero se desborda de alegría».

La presencia de los signos de la Pasión
Si el domingo pasado el principal indicio de la resurrección del Señor era la imagen del sepulcro vacío, hoy tenemos otro signo: a Jesús se le reconoce por las huellas de su pasión. De no ser porque el Evangelio lo refleja, a nadie se le hubiera ocurrido imaginar a Jesucristo triunfante con los signos de su pasión, como mostrando aún una debilidad. Pero con ello, el Señor quiere hacernos ver que la resurrección no ha cancelado la pasión y la muerte, sino que estas adquieren ahora su verdadero significado. A Tomás las llagas le han valido para realizar la mayor confesión de fe del Evangelio: «Señor mío y Dios mío». Es ahí cuando Jesús pronuncia la bienaventuranza de la fe: «Bienaventurados los que crean sin haber visto». Durante estos domingos iremos comprendiendo cómo el acontecimiento de la resurrección se reflejará en la fe y en la vida de quienes entran en contacto con la Iglesia.


  Daniel A. Escobar Portillo
 Delegado episcopal de Liturgia Adjunto de Madrid




Evangelio

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».
Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Juan 20, 19-31






domingo, 16 de abril de 2017

Nuestra Hermandad de las Cinco Llagas, representada en la procesión del Resucitado




Felicitación Pascual




La Hermandad de las Sagradas Cinco Llagas de Cristo de la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Jerez de la Frontera le desea una muy feliz y gozosa Pascua de Resurrección. 

Nuestra Hermandad de las Cinco Llagas, representada en el Santo Entierro




Evangelio y comentario

Fuente: ALFA Y OMEGA

Domingo de Pascua de Resurrección (ciclo A)
El primer día de la semana

Con estas palabras comienza el pasaje del Evangelio que hoy tenemos ante nosotros. Esta referencia temporal, aparentemente sin demasiada importancia, tiene gran interés en la historia de la salvación. Hoy la referencia al tiempo no aparece exclusivamente en el Evangelio. Toda la celebración litúrgica se centra en la importancia del día. «Oh Dios, que en este día, vencida la muerte, nos has abierto las puertas de la eternidad», escuchamos en la oración inicial de la Misa. Igualmente, en la plegaria eucarística, la oración central de la celebración de la Misa, leemos «en este día glorioso». En cuanto a los textos bíblicos, el salmo responsorial canta: «este es el día que hizo el Señor». ¿De qué día se trata? La respuesta es obvia, pero sus consecuencias merecen ser explicadas.
El primer día de la semana es el domingo, que en nuestro entorno lingüístico toma su nombre dedominica, que, a su vez, procede de dominus, que significa Señor. Por lo tanto, domingo significa etimológicamente día del Señor. Y este es el día en el que el Señor resucitó. Históricamente se reconocía a los cristianos desde la época apostólica por el hecho de reunirse en el día del sol –que era como llamaban los romanos al primer día de la semana– para celebrar la Eucaristía. Más adelante se subrayó un domingo al año, el día de Pascua, como el domingo principal, a partir del cual surgiría la Cuaresma como tiempo preparatorio y el tiempo pascual como prolongación. Pero este «día», este «hoy», se refiere también a cada vez que nosotros celebramos la Pascua del Señor. A través de la celebración eucarística se hace presente de nuevo la victoria de Cristo sobre la muerte.
El día primero es también cuando Dios comenzó su obra creadora. Así lo leemos en la primera lectura de la Vigilia Pascual. De esta manera, la liturgia recoge la vinculación que desde antiguo la Tradición de la Iglesia ha visto entre la primera creación y la nueva creación.

El sepulcro vacío
El pasaje de este domingo sitúa la escena en torno al sepulcro donde había sido depositado el Señor al amanecer del domingo. El fragmento busca destacar el carácter sorpresivo de lo que ha ocurrido. No comprenden lo sucedido. Así lo expresan las palabras de María Magdalena, cuando dice: «se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». Es interesante detenernos en los movimientos de Juan. El discípulo a quien Jesús amaba llega antes a la tumba y, probablemente por respeto a Pedro, no pasa en primer lugar. Sin embargo, cuando entra, dice el Evangelio que «vio y creyó». Con ello el evangelista constata que la fe procede de la realidad. Si ha creído es porque ha percibido algo. Ha visto el signo del sepulcro vacío, así como los lienzos y el sudario con el que Jesús había sido cubierto. Juan comprende que el cuerpo de Jesús no ha sido robado, sino que Jesús vive, que no está ya muerto. En un instante ha entendido el acontecimiento fundamental de la historia.

Llamados a una vida nueva
La Resurrección del Señor tiene consecuencias para la condición humana. La novedad absoluta de lo que ha ocurrido marca la renovación de la vida del hombre. Hoy es derrotada la muerte, causada por el pecado. El triunfo pascual que san Juan describe va mucho más allá de un sepulcro vacío, de unos lienzos y de un sudario. Significa que ahora ya nuestra propia vida adquiere un nuevo sentido. Durante el tiempo pascual comprenderemos que, por el Bautismo, nuestra suerte ha quedado unida a la de Jesucristo. Asimismo, la novedad de este acontecimiento ha de reflejarse en nuestras obras, huyendo de la «levadura de corrupción y de maldad», de la que nos habla san Pablo en la carta a los Corintios (Cf. 1Co 5, 8).


  Daniel A. Escobar Portillo
 Delegado episcopal de Liturgia Adjunto de Madrid




Evangelio

El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Juan 20, 1-9






jueves, 13 de abril de 2017

viernes, 7 de abril de 2017

Recordatorio: Esta tarde, a partir de las 20,30 y en San Francisco, piadoso ejercicio del Via Crucis



Momento del Via Crucis del pasado viernes 31 de marzo

Recomendación libresca: LA FUERZA DEL SILENCIO




El ruido nos impone su dictadura un día y otro, hasta el punto de que rara vez añoramos el silencio. Sin embargo, el ruido genera el desconcierto del hombre, mientras que en el silencio se forja nuestro ser personal, nuestra propia identidad.

Tras el éxito internacional de Dios o nada, el cardenal Sarah afronta en estas páginas la necesidad del silencio interior para escuchar la música de Dios, para que brote y se desarrolle la oración confiada con Él, para entablar relaciones cabales con nuestros allegados. "La verdadera revolución -afirma- viene del silencio, que nos conduce hacia Dios y los demás, para colocarnos humildemente a su servicio".

De nuevo en esta larga y profunda conversación con Nicolás Diat, el Cardenal propone la siguiente pregunta: ¿pueden aquellos que no conocen el silencio alcanzar la verdad, la belleza y el amor? La respuesta es innegable: todo lo que es grande y creativo está relacionado con el silencio. Dios es silencio.

El prefecto de la Congregación vaticana para el Culto divino y la disciplina de los Sacramentos, enlaza y enumera hasta 365 pensamientos, hondos y variados, a propósito del silencio y sus efectos, que concluyen con un excepcional y riquísimo diálogo con Dom Dysmas de Lassus, Prior General de la Grande Chartreuse.

"Si bien el habla caracteriza al hombre, el silencio es lo que lo define, porque la palabra hablada solo adquiere sentido en virtud de ese silencio". Este es el hermoso y significativo mensaje de La fuerza del silencio.

Robert Sarah nació en Guinea en 1945. Sacerdote desde 1969, en 1979 fue nombrado Arzobispo de Conakri, con 34 años de edad. En 2001 Juan Pablo II lo llamó a la Curia romana, donde desempeñó sucesivamente dos altos cargos. Benedicto XVI lo creó Cardenal en 2010, y en 2014 Francisco lo nombró Prefecto de la Congregación para el Culto divino y la disciplina de los Sacramentos.

Nicolas Diat es periodista y autor francés.


N.H.D. Marco A. Velo se hace eco en Diario de Jerez de la adquisición de nuestra Hermandad de la histórica bendición del Papa Pío XI a favor de quien fuese primer Hermano Mayor de esta Santa Hermandad Pedro Guerrero González




Evangelio y comentario

Fuente: ALFA Y OMEGA

Domingo de Ramos (ciclo A)
Entregado por nosotros

Escuchar al comienzo de la Semana Santa el relato de la Pasión es una manera de introducirnos en lo que supone el Misterio Pascual de Cristo y, de este modo, ahondar en el método que Dios escogió para llevar al cabo la salvación del hombre. Para el cristiano, que confiesa a Jesucristo resucitado y glorioso, los episodios de sufrimiento no pueden ser desligados nunca de la victoria definitiva de Cristo sobre el pecado y la muerte. Esto tiene sus consecuencias a la hora de analizar cómo Dios nos salva actualmente en la vida de la Iglesia. La eficacia de la gracia que recibimos mediante la recepción de los sacramentos no procede únicamente del dolor y del sufrimiento del Señor, sino de toda su acción sacerdotal, que comienza en su Encarnación y culmina con la Resurrección y Ascensión. Precisamente, en el versículo antes del Evangelio encontramos la vinculación entre el abajamiento y la gloria: «Cristo se ha hecho por nosotros obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombresobre-todo-nombre».

La obediencia al Padre
La Pasión del Señor nos quiere mostrar que Jesús fue dócil plenamente a la voluntad del Padre y que quiso hacerse solidario con el hombre. Ciertamente, Jesús lucha contra la angustia que le produce la cercanía con el sufrimiento y la muerte. Por eso pide al Padre que lo libere de ese trance. Sin embargo, al mismo tiempo se somete a la voluntad del Padre. No es resignación sin más, sino que Jesús cumple la profecía de Isaías: «Yo no me resistí ni me eché atrás», al tiempo que manifiesta una total confianza en el Padre: «El Señor Dios me ayuda […] no quedaría defraudado». El evangelista hace referencia al Antiguo Testamento para hacer ver que lo que sucede forma parte del designio divino.

La solidaridad con los hombres
Por otra parte, Jesús es consciente de que su vida es entregada a sus hermanos como un don. Este es el sentido de que poco antes instituyera la Eucaristía, como anticipo de lo que iba a ocurrir. La Pasión no es solo una oportunidad para ver el sufrimiento de Jesús. Es, más bien, una ocasión para constatar hasta dónde llega su entrega por los hombres.
Y precisamente aquí es donde se comprende el significado profundo de la palabra solidaridad. Normalmente señala la adhesión circunstancial a una causa ajena. Cuando decimos que Jesús se solidariza con el hombre no significa únicamente que nos comprende y apoya, sino que ha llevado esta palabra a su dimensión más radical, haciéndose por completo uno de nosotros, al lado del que más sufre, aceptando un destino humano lleno de dificultades y de humillaciones. Por eso «se dignó padecer por los impíos y ser condenado injustamente en lugar de los malhechores», como señala la plegaria eucarística.
No obstante, el mismo relato de la Pasión presagia la victoria definitiva del Señor, «sentado a la derecha del Poder y que viene sobre las nubes del cielo». El que hoy es aclamado como rey, será crucificado como rey y vencerá como tal.


  Daniel A. Escobar Portillo
 Delegado episcopal de Liturgia Adjunto de Madrid




Evangelio

[...] Jesús compareció ante el gobernador, quien le preguntó: «¿Eres tú el rey de los judíos?». Jesús respondió: «Tú lo dices». Pero nada respondió a las acusaciones que le hacían los sumos sacerdotes y los ancianos. Pilato le dijo: «¿No oyes todo lo que dicen contra ti?». Pero él no le respondió nada, hasta el punto de que el gobernador se quedó muy extrañado. Por la fiesta el gobernador solía conceder al pueblo la libertad de un preso, el que ellos quisieran. Había entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Pilato preguntó a todos los que estaban allí: «¿A quién queréis que os deje en libertad? ¿A Barrabás o a Jesús, a quien llaman el mesías?». [...] Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente de que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. [...] Pilato les dijo: «¿Qué haré entonces con Jesús, a quien llaman el mesías?». Todos dijeron: «¡Que lo crucifiquen!». Él replicó: «Pues, ¿qué mal ha hecho?». Ellos gritaron más fuerte: «¡Que lo crucifiquen!». [...] Entonces puso en libertad a Barrabás y les entregó a Jesús, después de azotarlo, para que fuera crucificado. Luego los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron en torno de él a toda la tropa. Lo desnudaron, le vistieron una túnica de púrpura, trenzaron una corona de espinas y se la pusieron en la cabeza, y una caña en su mano derecha; y, arrodillándose delante, se burlaban de él, diciendo: «¡Viva el rey de los judíos!». Le escupían y le pegaban con la caña en la cabeza. Después de haberse burlado de él, le quitaron la túnica, le pusieron sus ropas y lo llevaron a crucificar. Cuando salían, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y le obligaron a llevar la cruz. Al llegar a un lugar llamado Gólgota (que significa la Calavera) dieron de beber a Jesús vino mezclado con hiel; pero él lo probó y no lo quiso beber. Los que lo crucificaron se repartieron sus vestidos a suertes. Y se sentaron allí para custodiarlo. Sobre su cabeza pusieron la causa de su condena: «Este es Jesús, el rey de los judíos». Con él crucificaron a dos ladrones, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban por allí le insultaban moviendo la cabeza y diciendo: «¡Tú que destruías el templo y lo reedificabas en tres días, sálvate a ti mismo si eres hijo de Dios, y baja de la cruz!». [...] Desde el mediodía se oscureció toda la tierra hasta las tres de la tarde. Hacia las tres de la tarde Jesús gritó con fuerte voz: Elí, Elí, lemá sabactani? (que quiere decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»). Algunos de los presentes, al oírlo, decían: «¡Este llama a Elías!». En aquel momento uno de ellos fue corriendo a buscar una esponja, la empapó en vinagre, la puso en una caña y le dio de beber. Los otros decían: «¡Deja! A ver si viene Elías a salvarlo». Y Jesús, dando de nuevo un fuerte grito, expiró. Entonces el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; la tierra tembló y las piedras se resquebrajaron; se abrieron los sepulcros y muchos cuerpos de santos que estaban muertos resucitaron. [...]


Mateo 27, 11-54