Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Jerez de la Frontera

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sábado, 18 de febrero de 2017

Así luce ya nuestra Amantísima Titular de hebrea

Fotos: D. Jesús Tamayo




Nuestro hermano mayor, Rafael Cordero, asiste a la presentación del cartel del Via Crucis de la Unión de Hermandades





La Hermandad de las Cinco Llagas se solidariza con la de la Cena ante el inesperado robo de sus enseres


Nuestra Hermandad de las Cinco Llagas presta su total apoyo a la Hermandad Sacramental de la Sagrada Cena y muestra su repulsa ante el robo de objetos sagrados de tan gran valor sentimental para los hermanos de tan querida Cofradía.

Esperamos que los enseres sustraídos sean recuperados a la mayor brevedad y nos ponemos a la disposición de la Hermandad radicada en el templo de San Marcos en todo lo que les podamos ayudar.




viernes, 17 de febrero de 2017

Evangelio y comentario

Fuente: ALFA Y OMEGA

VII Domingo del tiempo ordinario (ciclo A)
Para ser hijos del Padre celestial

No se puede entender el mandato evangélico de este domingo sin hacer alusión a la voluntad de Dios de hacer partícipes a los hombres de su vida, tal y como leemos en la primera lectura de la Misa: «Sed santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo» (Lv 19,1). En el libro del Levítico, la santidad no consiste, en primer término, en una cualidad de las personas que cumplen la voluntad de Dios, sino que es, ante todo, una participación en el ser de Dios, en la vida divina. Esto es así porque el único santo es Dios, tal y como lo reconocemos en nuestra oración: «Tú solo eres santo», cantamos en el Gloria de la celebración eucarística. Asimismo, el Señor es aclamado como tres veces santo en la parte central de la Misa. Cuando escuchamos la frase «sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto», está en el trasfondo el citado pasaje del Antiguo Testamento. Ciertamente, a la noción originaria de santidad de la Sagrada Escritura se le añaden con el paso del tiempo atributos unidos a la integridad física y moral. Sin embargo, la novedad que trae Jesús atañe a la perfección del amor. A esto somos llamados los hijos de Dios. Esta afirmación se sostiene además por los evangelios paralelos, ya que Lucas sustituye «perfectos» por «misericordiosos»: se nos pide ser misericordiosos como el Padre.

Jesucristo, encarnación de la santidad
En continuidad con el sermón de la montaña, el Señor nos obliga a replantear nuestra escala de valores. De hecho, tenemos de nuevo este domingo ante nosotros la expresión «habéis oído… pero yo os digo». Si en las bienaventuranzas se llamaba dichosos a quienes el mundo considera desdichados, hoy se nos invita a amar de una manera total y sin miramientos.
El amor a los enemigos parece algo imposible, humanamente hablando. En cierta medida, el Antiguo Testamento orientaba hacia el amor cuando se invitaba a no albergar odio alguno contra el hermano. Pero el amor en la Antigua Alianza era restringido, dado que se circunscribía a los miembros del mismo pueblo. Otra limitación célebre estaba representada por el precepto del ojo por ojo. Es cierto que este mandato buscaba frenar el ansia de revancha que instintivamente nace en el corazón del hombre que ha sido ofendido, con el fin de que la venganza no excediera nunca el daño causado. Sin embargo, Jesús, aparte de rechazar radicalmente la violencia, nos enseña que hay que ir más allá del cálculo, mostrándonos que es posible ser misericordiosos y amar incondicionalmente. Tanto a través de la Encarnación de su Hijo, como por su pasión, muerte y resurrección, Dios ha desvelado al hombre su ser y, por lo tanto, su capacidad inigualable de amar. La grandeza del Evangelio estriba en que Jesús es el primero que vive aquello que predica. Por eso, Jesús mismo no titubea a la hora de censurar la incoherencia de los fariseos, que adoctrinaban sobre lo que no cumplían. Pero más allá de asistir al ejemplo vivo de una coherencia de vida o de una moral excelente, a través de las palabras y obras del Señor se nos revela el ser de Dios y la máxima aspiración del hombre.
En definitiva, una vez más se nos invita a no situarnos conforme a la mentalidad dominante. Pero para ello es necesario tener un referente, un modelo que nos manifiesta en qué consiste lo más profundo de Dios, su santidad. Al reconocer la santidad de Dios hecha carne en Jesucristo, afirmamos algo más profundo que la carencia de maldad moral en él. Estamos comprobando que Jesucristo nos manifiesta todo cuanto Dios posee de riqueza, vida, poder y bondad. Una santidad que mediante su Hijo se ha hecho accesible, sin perder nada del sobrecogimiento y fascinación que provoca en el hombre.



  Daniel A. Escobar Portillo
 Delegado episcopal de Liturgia Adjunto de Madrid




Evangelio

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pues yo os digo: no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas.
Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y aborrecerás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto».

Mateo 5, 38-48





domingo, 12 de febrero de 2017

Destacados del P. Ignacio Gaztelu en el quinto día de Quinario




Hoy concluimos estas cinco jornadas con la última llaga. La última Llaga del Señor es la del costado, la del Sagrado Corazón de Jesús.
La que vamos a ver es la desatención a los  necesitados.
Hoy también celebramos la fiesta de la Virgen de Lourdes. Los enfermos y los pobres son los que ocupan lo más recóndito del Corazón de Jesús.
Dios no hace distinciones entre aquellos que son sus hermanos. Para Él todos somos iguales.
Siempre ocupan en sus desvelos, un lugar especial en su corazón para aquellos que más lo precisan. Como Padre que es.
La experiencia del hambre y de la enfermedad, de la precariedad, es a la que le dedica el Señor más atención.
El Señor sintió compasión en el Evangelio en la multiplicación de los panes y los peces. Hambre corporal; y también tiene en cuenta el Señor el hambre espiritual.

También celebramos el día de Manos Unidas. El lema de este año tiene que ver con lo que desperdiciamos: “1/3 de nuestros alimentos acaba en la basura”.

Nada de lo que sea prolongación de la Cruz de Cristo nos puede ser ajeno.
A los cristianos lo que nos tiene que distinguir es que nos amamos como hermanos.
¡Qué importante perder nuestro tiempo y nuestro dinero con aquellos que lo necesitan! Es una misión sagrada. El acompañar a los enfermos, el ayudar a los pobres.
El Señor nos tiene reservado un tesoro en la gloria.
En eso consiste la Ley y los profetas. Que nuestro corazón se vaya transformando a semejanza del Corazón de Cristo. Hay que llenarse del Señor para darse a los demás. Ese amor que necesita el mundo lo pueden poner los cristianos.
Por eso hoy le pedimos al Señor que nos enseñe a amar como Él nos ha amado.


sábado, 11 de febrero de 2017

Recordatorio: mañana domingo es el día grande de la Hermandad





SOLEMNÍSIMA FUNCIÓN PRINCIPAL DE INSTITUTO

A la prescripción estatutaria de la asistencia al Solemne Quinario se une la obligatoria asistencia a la Solemnísima Función Principal de Instituto donde se realizará la corporativa y pública Protestación de Fe, que tendrá lugar mañana domingo 12 de febrero a las doce y media del mediodía en la Iglesia de San Francisco, oficiando la Eucaristía y estando la predicación a cargo del RVDO. P. D. FRANCISCO M. GONZÁLEZ FERRERA, O.F.M., Vicario del Convento Franciscano de Cádiz.


 El domingo de la Función Principal de Instituto es el día grande de la Hermandad y todos los hermanos han de acudir vestidos de oscuro y con la medalla de la cofradía a tan enraizada y arraigada celebración religiosa.  Rogamos encarecidamente la mayor puntualidad posible. 

Evangelio y comentario

Fuente: ALFA Y OMEGA

VI Domingo del tiempo ordinario (ciclo A)
He venido a dar plenitud

Mateo escribe su Evangelio dirigido fundamentalmente al ámbito judío. Esto significa que utiliza determinados conceptos que, siendo familiares para los destinatarios primeros, pueden resultar confusos para otro tipo de oyentes. Hoy encontramos al comienzo del pasaje evangélico una alusión a la Ley y a los Profetas, conceptos que deben ser aclarados. El término Ley o, en hebreo, torah, tiene un significado más amplio y no tan jurídico como el nomos de nuestra tradición griega-latina. No se refiere sin más a un cuerpo de preceptos a través de los cuales se gobierna una comunidad. Se designa una enseñanza dada por Dios a los hombres para organizar su conducta. La tradición del Antiguo Testamento considera a Moisés el principal transmisor de esa Ley. Estamos, pues, ante uno de los pilares más sobresalientes en la escala de valores de cualquier israelita de la época en la que se redactó el Evangelio. Al igual que el templo, que es algo más que el lugar físico, o el sábado, que es de institución divina, la Ley es algo que remite inmediatamente a Dios. Así pues, la Ley revela a Dios y tiene como fuente a Dios mismo. Y Moisés fue la persona escogida por el Señor para subir al monte Sinaí y darla a conocer al pueblo elegido. Cuando el Evangelio habla de «la Ley y los Profetas», Mateo se está refiriendo al conjunto de todas las Escrituras existentes hasta ese momento. En realidad, todo el Antiguo Testamento es una profecía del Nuevo.

Continuidad y cumplimiento
Desde los inicios del cristianismo hasta nuestros días han existido corrientes de pensamiento que contraponen el Antiguo Testamento con el Nuevo. Según esta teoría, que con el correr del tiempo se ha concretado en diversas variantes, con la novedad traída por Jesús ya no tendría sentido fijar nuestra atención en la Antigua Alianza. Tampoco sería oportuno dar lugar en las celebraciones litúrgicas a una Escritura que, tras la presencia y las enseñanzas de Jesús, carecería absolutamente de valor. De manera simplista, incluso se llega a presentar a dos dioses opuestos: el Dios del Antiguo Testamento, cargado de rasgos negativos, frente a Jesús, cuya vida y predicación anularía cualquier enseñanza bíblica anterior a él. A esta errónea y simplista visión se llega aislando determinados elementos de la Escritura para darles un valor absoluto y único. Es cierto que Jesús muestra oposición a la tradición de los antiguos, promovida por los escribas y los fariseos. Sin embargo, no hace lo mismo con la Ley. Si censura estas costumbres es porque fomentan el incumplimiento de la Ley y de la Palabra de Dios. Jesús nos dice que debe cumplirse «hasta la última letra o tilde de la ley».

La nueva Ley
¿En qué consiste entonces la novedad aportada por Jesucristo? Sobre todo en que la Ley y los Profetas adquieren pleno sentido a través del Señor. Jesús manifiesta su autoridad mediante el modo de presentarse ante los discípulos: al decir «se dijo… pero yo os digo», por un lado se sitúa como el nuevo legislador, se sitúa en el lugar de Dios. Ciertamente, la redacción admite una interpretación que contrapondría lo que se dijo frente a lo que Jesús dice. Sin embargo, el contenido no solo refrenda la enseñanza anterior a él, sino que le aporta mayor radicalidad. El Señor nos llama a una adhesión interna y total a la voluntad de Dios, que nazca de lo más profundo del corazón del hombre. No se trata únicamente de no matar, sino de no albergar en el interior ninguna violencia. Ese mismo dominio del corazón se nos pide en relación con el adulterio. Asimismo, se nos llama a una sinceridad perfecta, que no solo ha de concretarse en los momentos más solemnes de la vida, sino con el día a día de una vida transparente.



  Daniel A. Escobar Portillo
 Delegado episcopal de Liturgia Adjunto de Madrid




Evangelio

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley. El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos. Porque os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la gehenna del fuego. Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.
Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón. Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la gehenna. Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la gehenna.
Se dijo: “El que repudie a su mujer, que le dé acta de repudio”. Pero yo os digo que si uno repudia a su mujer –no hablo de unión ilegítima– y se casa con otra, comete adulterio.
También habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “cumplirás tus juramentos al Señor”. Pero yo os digo que no juréis en absoluto. Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno».

Mateo 15, 17- 37





Destacados del P. Ignacio Gaztelu en el cuarto día de Quinario




Alcanzamos este cuarto día del Quinario.
La Iglesia arrastra consigo estas heridas/llagas y hoy vamos a profundizar en otra, que es la falta de las vocaciones.

Hoy me acompaña Jesús, el seminarista mayor de los que tenemos, que si Dios quiere, será el próximo en ser ordenado.
Las dos lecturas nos hablan de la acción salvífica de Dios en los hombres. Dichoso el que está absuelto de su culpa, decía el salmo. El Señor nos ha dejado un instrumento con el cual se puede recuperar la santidad primera del bautismo. Con la confesión. Por eso hacen falta hombres que puedan celebrar este sacramento.

El santo cura de Ars reflexionaba ante sus fieles: ¿Quién es el que da la vida divina, quién el que trae al Señor, quien es el que bendice la unión, el que da el perdón, el que a la hora de la muerte nos da el viático....?  Siempre el sacerdote.

El sacerdote es una vasija de barro, somos débiles. Pero llevamos la gracia de Dios a los fieles. El Señor quiso escoger a los débiles. Y a veces en hombres tan torpes quiso el Señor poner su confianza. 

Recemos por los sacerdotes, para que sean santos, para que sean un puente entre Dios y los hombres.  Pedid por los que estamos y para que lleguen más. Hoy que vivimos esta escasez de vocaciones. Pedid por el seminario, por la perseverancia de los seminaristas. Para que no les falte nunca la ilusión. Para que busquen la gloria de Dios.  Y también por las vocaciones religiosas. Por los contemplativos. Es un tesoro tremendo para la Iglesia. Pero hay que pedirlo.  Hacen falta hombres y mujeres que cumplan con su vocación. Que haya lluvia de vocaciones.

Muchos y santos sacerdotes; porque un solo sacerdote santo hace más que cien que no lo sean. Como el santo cura de Ars a aquél niño: “tú me muestras el camino para llegar a Ars, yo te enseñaré el camino para llegar al cielo”.



viernes, 10 de febrero de 2017

Destacados del P. Ignacio Gaztelu en el tercer día de Quinario




Estamos pidiendo estos días para que las heridas de Cristo en su Iglesia sean sanadas. Hoy vamos a ver una herida/llaga bien honda: La falta de unidad.

Hemos sido creados con capacidad para amar a los demás. Y el Señor tuvo un corazón como el nuestro. Muy extendida es la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.

El que supera la barrera del egoísmo y del propio interés el Señor le regala una vida -a pesar de irse vaciando por los demás - cada día más llena.

Por eso todos los hombres debemos llamarnos hermanos: porque sólo uno es nuestro Padre Dios.

La lectura de hoy nos está hablando en el fondo de la formación de la familia. Dios instituye a la familia creando al ser humano hombre y mujer.
La familia es el primer lugar en el que hay que pedir que se mantenga la unidad. Todo lo de bueno hay en nosotros el Señor nos lo enseña en la familia. Es un lugar en el que el Señor nos ha hecho personas. Pero cuando una familia está insana, les hace mucho mal a sus miembros.

Hay que pedir mucho al Señor por la familia, que recibe muchos ataques hoy en día.

Quiso el Señor nacer en una familia. Para hacernos ver que ése es el lugar donde tiene que surgir el ser humano. Y hay que cuidarlo como un tesoro.

Los judíos se sentían un pueblo elegido. Pero la elección de Israel es para el servicio a los demás. 

La madre del Evangelio se acerca al Señor desde la humildad y Él tiene una respuesta sorprendente, pero ella le responde con compasión.

Lo primero que hizo Jesús en su vida pública fue elegir a una comunidad. El Señor nos invita a una vida en comunión. Podría Él haber elegido a todos iguales, pero nos quiere distintos. Caben todos en el plan de Dios. No hay nadie que para el Señor deba ser descartado.

Una tarea fundamental de la Iglesia es ser semilla, germen de unidad.El Señor pidió al Padre por la unidad: "que sean uno".

Que por su misericordia se haga presente esa unidad en este mundo.



miércoles, 8 de febrero de 2017

Destacados del P. Ignacio Gaztelu en el segundo día de Quinario




Continuamos estas meditaciones en las Cinco Llagas de Cristo que están en su Cuerpo Místico que es la Iglesia.

Hoy la Palabra de Dios nos invita a meditar en otra de las Llagas. 
Cuando se habla de lo que hace impuro al hombre se refiere al pecado.
Ya Pío XII nos dijo que el pecado de nuestro tiempo es la falta de conciencia de pecado.

Dios es bueno y todo lo que ha creado lo ha hecho como participación de su propia belleza y bondad. Lo que ocurre es que el hombre prefiere suplantar a Dios, que es el pecado primero, pero también es un pecado permanente.
Cuántos hoy en día quieren suplantar a la conciencia y decirnos lo que está bien y lo que está mal... hasta en qué momento comienza la vida.

Con valentía la Iglesia está llamada a defender la verdad, aunque se quede sola.
Hoy hay una confusión sobre la verdad. Es mejor quedarse solo en la verdad que ir con muchos a la mentira. No tiene que preocuparnos ser incomprendidos, perseguidos, porque ya esto le ocurrió al Señor.
Constantemente nos debatimos en ese combate contra el mal.

El que se pone en manos del que puede sanar está ya en camino de la curación.
Hay muchas personas que siendo enfermas -como nosotros, aunque en nuestro caso hemos comprendido nuestra fragilidad -, que viven en el pecado y no lo reconocen.
Nos invita la Iglesia a pensar en esto.

El mismo próximo cambio en el misal (“por muchos" en lugar de "por todos los hombres ") ya nos indica que Dios no salva a quien no quiere salvarse. Aunque Dios no se cansa de perdonarnos - acordémonos de la parábola del hijo pródigo- y no nos abandona, nos tiende la mano, sin embargo el Señor no va a avasallar nuestra libertad. El amor se propone y se espera, no se puede obligar. Como dice San Agustín: el que te creó sin tí, no te salvará sin tí.

Lo que falla en este mundo es que muchos no conocen la mano tendida del Señor. Por eso esto es una Llaga profunda. Por eso en cada oración y en cada Eucaristía pedimos por la conversión de los pecadores. También por nosotros. El Señor quiere que todos los hombres se salven y todos lleguen al conocimiento de la Verdad.

En lugar de quejarnos, ofrezcamos nuestra cruz por la conversión de los pecadores. Pidamos al Señor que por sus Benditas y Sagradas Llagas, que los pecadores lleguen al la comunión con la Santa Iglesia.