domingo, 20 de julio de 2014

Evangelio y comentario

XVI Domingo del Tiempo ordinario
Debemos estar alerta


El Evangelio de este domingo vuelve a presentar el mensaje de Jesús en parábolas. Es muy importante para Él mostrarnos la importancia del reino de Dios e intenta descubrirnos distintos aspectos del mismo a través de tres relatos. La parábola de la cizaña, que ocupa el lugar principal, nos expone la complejidad de que la propuesta del Reino fructifique en medio de los avatares de la Historia y las tentaciones del Maligno. La de la levadura en la masa, nos ilumina sobre la eficacia y el poder transformador de la promesa de Dios, llenándonos de esperanza. Y, finalmente, la parábola del grano de mostaza nos muestra la sorprendente lógica de Dios, que de una realidad muy pequeña, aparentemente inútil a los ojos de los hombres, puede hacer algo grande.

En la parábola de la cizaña, que como el domingo pasado el propio Jesús vuelve a explicar, el mismo Señor vuelve a tomar el papel de sembrador. Una vez más, contemplamos el interés por parte de Dios de que el hombre sea capaz de comprender, asumir y vivir su mensaje de salvación. Pero lo vemos de manera muy gráfica en el relato, ese interés se ve en muchas ocasiones contaminado por el mal que se nos presenta, en tantas ocasiones, a lo largo de la vida.

Es curioso ver la reacción de los criados de la parábola. Se hacen conscientes de la presencia del Tentador y de la existencia del mal y apelan al dueño del campo para que éste sea eliminado. Podríamos decir que buscan una situación idílica en la que todo sea favorable: entonces sí que podrá arraigar y brotar con fuerza la propuesta de Dios. Pero la propuesta de Cristo es muy realista, y la realidad, como decimos en Aragón, muy tozuda. En la vida del hombre, basta que nos remitamos cada uno a nuestra experiencia personal, se entremezclan el bien y el mal de manera constante. Esta realidad se convierte entonces en una prueba para nosotros, que nos sitúa en una disyuntiva muy aleccionadora: debo ser capaz con mi vida de apostar por el bien y rechazar el mal.

Lo que muchas veces constatamos en nuestra propia vida es que el bien, la construcción esperanzada del reino de Dios, supone esfuerzo, exige atención y cuidado constante. Por contra, el mal se propaga por sí solo. Basta sembrarlo -y esta siembra, por desgracia, nunca falta- para que crezca con fuerza inusitada, aunque al principio pase desapercibido. Éste se puede ir escondiendo en el corazón de las personas en forma de odio, maldad, celos, injusticias... El mal está presente de tal modo entre nosotros, y en ocasiones en nuestro corazón, que si lo dejamos fructificar nos puede llevar a la infelicidad temporal y, lo que es más dramático, a la infelicidad eterna.

Como nos explica el propio Jesús, la esperanza no puede faltar nunca en nuestro horizonte. La siembra de la buena semilla de trigo no nos va a faltar nunca. La presencia de Dios nos llena de vida. Él confía en nosotros y apuesta por el hombre. Pero debemos estar alerta e introducirnos, con la ayuda de Dios, en la dinámica de vencer el mal con sobreabundancia de bien. Gran reto para construir con determinación el reino de Dios, al que todos estamos llamados.

+ Carlos Escribano Subías
obispo de Teruel y Albarracín

Evangelio



Jesús propuso esta parábola: «El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga, apareció también la cizaña. Fueron los criados a decirle al amo: Señor, ¿no sembraste buena semilla? ¿De dónde sale la cizaña? Él les dijo: Un enemigo lo ha hecho. Los criados le preguntaron: ¿Vamos a arrancarla? Pero él les respondió: No. Podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega; cuando llegue, diré a los segadores: “Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero”».

Les propuso otra parábola: «El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece se hace un arbusto más alto que las hortalizas y vienen los pájaros a anidar en sus ramas».

Les dijo otra parábola: «El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, y basta para que todo fermente».

Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle: «Acláranos la parábola de la cizaña en el campo». Él les contestó: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo, el mundo; la buena semilla, los ciudadanos del Reino; la cizaña, los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra, el diablo; la cosecha, el fin del tiempo; y los segadores, los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será el fin del tiempo: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y arrancarán de su Reino a todos los malvados y los arrojarán al horno encendido; y los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga».

Mateo 13, 24-43

Nuestra Hermandad de las Cinco Llagas asistió al acto de clausura de una nueva edición de 'Noches Candelarias'

Nuestra Hermandad de las Cinco Llagas asistió –representada por nuestro Hermano Mayor Juan Lupión Villar- al acto de clausura a una nueva y brillante edición de ‘Noches Candelarias’ organizada por la Hermandad de la Candelaria. Una ponencia del sacerdote Enrique Soler Gil “sobre la unión de la religión y el arte desglosada desde un punto de vista del arte contemporáneo” dio contenido central a una sesión que registró un lleno absoluto en la iglesia de Santa Ana. Al término de dicha ponencia tuvo lugar la entrega de premios del certamen fotográfico ‘Noches Candelarias’ con el siguiente resultado:

- Primer premio: José Antonio Caballero Barba, con la fotografía ‘Cristo de la Viga entrando por Carpintería’.
- Segundo premio: Fernando Morales Franco, con la fotografía ‘Esperanza franciscana’.
- Tercer premio: José Antonio Corona Fernández, con la fotografía ‘Recogida en La Plata’.
- Premio especial memorial Paco Morales: Francisco Herrera García, con la fotografía ‘Luz y color: la Candelaria en su esplendor’.



sábado, 12 de julio de 2014

Evangelio y comentario

XV Domingo del Tiempo ordinario
Corazones abiertos


Jesús ha comenzado a anunciar la llegada del reino de los cielos. Sus palabras han provocado rechazo y aceptación por igual. Él tiene interés en que su mensaje sea accesible a sus oyentes y, a través de parábolas, intenta explicar lo que supone de verdad la presencia del Reino. Así, el Evangelio de este domingo nos narra la parábola del sembrador. A través de este sencillo, práctico y sugerente relato, el Señor quiere trasmitir una enseñanza a los que le escuchan. El lenguaje poético y simbólico al que recurre Jesús pretende interrogar al oyente sobre cómo se sitúa él mismo ante la llegada del Reino. Además, en esta ocasión Jesús no se conforma con proponer una historia y, de modo excepcional -no suele ser lo normal a lo largo de los evangelios-, Él mismo la explica.

El Señor se encuentra en la orilla del lago, subido en una barca y lanza su propuesta. Entender el mensaje exige una disposición mínima por parte del corazón de quien le escucha. En su relato, sólo una cuarta parte de la semilla esparcida brota y da fruto abundante. Es como si Dios, el Creador, expresase su dificultad a la hora de conectar con el hombre, la criatura. Dios nos sigue hablando hoy. Un corazón embargado por los afanes de la vida, endurecido por vivir sólo centrado en sí mismo, o rehén de una pertinaz superficialidad, se hace incapaz de percibir la presencia de Dios y de acoger su propuesta y su Palabra.

Parece que todo el interés que Dios pone para sublimar el corazón del hombre, éste lo desprecia, o lo deja desvanecerse como algo ajeno o indiferente. Los creyentes, que somos hijos de nuestro tiempo, podemos contagiarnos de los males que asolan la capacidad de abrirse a la trascendencia de nuestros contemporáneos. La parábola del sembrador se puede convertir, para nosotros, en un buen índice de cómo vivimos nuestra relación con Dios y si estamos acogiendo su mensaje y dando fruto. No nos debe preocupar que demos ciento, sesenta o treinta, lo importante es que podamos decir, como san Pablo: La gracia de Dios no ha sido estéril en mí.

Lo que tenemos por cierto es que, si nuestro corazón está preparado, seguro que fructificará. Así lo recuerda el profeta Isaías, comparando la fuerza de la palabra de Dios con la lluvia que hace germinar la semilla esparcida por el sembrador: «Así será la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo» (Is 55, 11). El Señor, a través del don de la fe que hemos recibido, ha puesto un germen en nuestro corazón que nos permite comprender y acoger la iniciativa de Dios y responder a ella.

La misma explicación de la parábola, a la que antes aludíamos por poco usual, expresa la comprensión de los misterios de Dios que el Espíritu Santo desarrolla en el corazón de la Iglesia. Los discípulos de Jesús preguntarán sobre el significado de las parábolas, pues no han recibido aún el Espíritu Santo y su entendimiento no se ha abierto plenamente. Eso sucederá en la Pascua y en Pentecostés, momentos de los que nosotros hemos sido ya partícipes y que nos ayudan a comprender la exigencia de ser evangelizadores y dar fruto abundante. Ser fieles al don de la fe recibida, nos capacita para participar con ilusión, generosidad y fecundidad en la construcción del reino de Dios.

+ Carlos Escribano Subías
obispo de Teruel y Albarracín

Evangelio


Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a Él tanta gente, que tuvo que subirse a una barca; se sentó y les habló en parábolas: «Salió el sembrador a sembrar. Un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso; apenas tenía tierra, y como no era profunda brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos ciento, otros sesenta, otros treinta. El que tenga oídos, que oiga».

Se acercaron los discípulos y le preguntaron: «¿Por qué les hablas en parábolas?» Él les contestó: «A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos, y a ellos no. Les hablo en parábolas, y miran, sin ver, y escuchan, sin oír ni entender... Dichosos vuestros ojos porque ven, y vuestros oídos porque oyen. Muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros, y no lo vieron, y oír lo que oís, y no lo oyeron. Oíd lo que significa la parábola del sembrador: si uno escucha la palabra del Reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, sucumbe. Lo sembrado entre zarzas significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno».

Mateo 13, 1-23


viernes, 4 de julio de 2014

Evangelio y comentario

XIV Domingo del Tiempo ordinario
Para volar alto



Después del Tiempo Pascual y de las solemnidades que hemos vivido los últimos domingos, celebramos este domingo el decimocuarto del Tiempo ordinario. En el Evangelio, Jesús se dirige al Padre utilizando un término familiar: Abba. Lo hace en cinco ocasiones en tan sólo tres versículos. Es como si Jesús nos ofreciese un modelo a la hora de relacionarnos con el Padre, de situarnos ante Él. La relación que adivinamos es intensa, estrecha, íntima y familiar. Relación que interpela nuestro modo de relacionarnos con Dios.

El trato del creyente con el Señor debe ser personal, abierto, agradecido. En el fondo, es poder constatar que hemos sido capaces de realizar la transición entre lo que significa un concepto teórico sobre lo que es Dios para nosotros, y la experiencia de Quién es Él. Transición que es necesario realizar para que pueda surgir el discipulado. Lo expresaba con gran fuerza el Papa Benedicto XVI en su encíclica Deus caritas est: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (n. 1).

Acoger la Persona de Jesús nos mueve a cumplir su palabra, a hacer vida su enseñanza. El Señor, en el Evangelio, recuerda que el Padre se ha revelado y nos ha trasmitido un mensaje que nos redime. Para poder entenderlo con todo su potencial, Jesús nos recuerda la necesidad de tener un corazón sencillo. Es la lógica de Dios que tan bien nos relata Santa María en el canto del Magníficat: «Dispersa a los soberbios de corazón.... y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos».

El corazón sencillo nos ayuda a encontrarnos con Jesús y su propuesta. Ese encuentro no nos aparta de nuestras responsabilidades, sino que nos ayuda a afrontarlas con el realismo que brota de la fe. La relación del creyente con Cristo se convierte entonces en luz en su camino, especialmente en los momentos de turbación y fatiga. No estamos solos con nuestro cansancio. Dios está a nuestro lado para robustecernos con su fuerza, para sostenernos con la grandeza infinita de su amor.

Así, descubrimos la paradoja del mensaje que Cristo nos trasmite en el Evangelio de este domingo. El Señor nos habla de llevar una carga; pero enseguida nos desvela que su yugo no es la imposición de una carga pesada ni de un código esclavizante. El yugo de Cristo es el yugo de la verdad que nos hace libres. Es la ley del amor, de la que el Señor es maestro, modelo y norma: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado».

San Agustín reflejó, en uno de sus sermones, la paradoja de la propuesta de Cristo: «Cualquier otra carga te oprime y te abruma, mas la carga de Cristo te alivia el peso. Cualquiera otra carga tiene peso, pero la de Cristo tiene alas. Si a un pájaro le quitas las alas, parece que le alivias el peso, pero cuanto más le quites este peso, tanto más le atas a la tierra. Ves en el suelo al que quisiste aliviar de un peso; restitúyele el peso de sus alas y verás cómo vuela» (Sermo 126, 12). Volar alto para alcanzar a un Dios personal que nos llama a seguir el mandamiento nuevo del amor.

+ Carlos Escribano Subías
obispo de Teruel y Albarracín

Evangelio



En aquel tiempo, Jesús exclamó:

«Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor.

Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».

Mateo 11, 25-30




Nuestra Hermandad de las Cinco Llagas, en la tradicional Procesión de Minerva