Fotos: N.HªDª María Ruiz-Henestrosa
BLOG OFICIAL DE LA HERMANDAD Y COFRADÍA DE NAZARENOS DE LAS SAGRADAS CINCO LLAGAS DE CRISTO, NUESTRO PADRE JESÚS DE LA VÍA-CRUCIS Y MARÍA SANTÍSIMA DE LA ESPERANZA
Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Jerez de la Frontera

lunes, 30 de noviembre de 2020
sábado, 28 de noviembre de 2020
Evangelio y comentario
Fuente: ALFA Y OMEGA
I
Domingo de Adviento (ciclo B)
La
presencia y la espera del Señor
Iniciamos un nuevo año litúrgico con este primer
domingo de Adviento. Aunque de modo inmediato pensar en esta época significa
vislumbrar ya la Navidad, recuerdo de la encarnación del Señor en la historia,
el sentido del Adviento es más hondo, puesto que dirige nuestra mirada también
hacia el retorno glorioso de Cristo al final de los tiempos. Así pues, la vida
de la Iglesia se desarrolla entre la primera venida del Señor, en humildad, y
la segunda, de modo glorioso. Entre tanto, el Señor no nos ha abandonado, sino
que permanece con nosotros, como comprobamos de modo especial en la celebración
de la Eucaristía y del resto de acciones litúrgicas. De hecho, la proclamación
del Evangelio, como culminación de la lectura de la Palabra de Dios, constituye
también un modo de presencia de Cristo entre nosotros (Cf. Concilio Vaticano
II, Sacrosanctum concilium 7). Por lo tanto, el primer mensaje que se nos
transmite al iniciar este tiempo es el de cercanía de Dios con nosotros. Frente
a la imagen de un Dios alejado, despreocupado de los problemas y sufrimientos
del hombre, el inicio de este tiempo nos confirma que desde que el Señor vino
por primera vez en la carne no nos ha abandonado. Y esta presencia en medio de
nosotros seguirá siendo constante hasta su retorno al final de la historia.
Vigilad y
velad
El primer domingo de Adviento se fija
especialmente en este último momento de los tiempos. Como si se nos quisiera
desvelar ya de modo anticipado los que sucederá en aquel día, se nos da un
claro mensaje: «vigilad» y «velad». En esto se podrían resumir las pocas frases
del Evangelio del domingo. Desde luego, no se trata de una novedad absoluta con
respecto a lo que hemos escuchado en los últimos domingos. Aún resuenan en
nuestro interior las parábolas de las diez vírgenes, la de los talentos o el
relato del juicio final. Algo es claro: iniciamos el nuevo año litúrgico
insistiendo en las mismas verdades con las que lo terminábamos. Esto indica que
el pensar en la venida del Señor al final de los tiempos no fue circunstancial
o insignificante, ni para los evangelistas, ni para las generaciones primeras
de cristianos. Por ende, merece la pena que reflexionemos una y otra vez sobre
lo que implica estar en vela y vigilar sin cesar. La segunda verdad con la que
inicia el pasaje evangélico es: «no sabéis cuándo es el momento». Sabemos que
desde siempre en el hombre ha existido una curiosidad por conocer el futuro y,
de modo particular, lo referente al fin del mundo. Pero la Palabra del Señor no
nos da una receta concreta para adivinarlo, sino la manera de vivir el día a
día, que significa aprovechar y hacer rendir aquello que hemos recibido. La
alusión al hombre que «se fue de viaje», «dio a cada uno de sus criados una
tarea», a la venida inesperada o a estar dormidos, es un eco de las parábolas
ya conocidas y más arriba recordadas.
Un mensaje de
esperanza
Lejos de la
angustia, la inquietud o la desesperación, la certeza de que el Señor ha de
venir debe provocar en nosotros el deseo de entregarnos y confiarnos a Él. La
segunda lectura de la Misa de este domingo nos da una práctica enseñanza a este
respecto. En ella se nos recuerda el don recibido, mientras aguardamos la
manifestación de nuestro Señor Jesucristo. Al mismo tiempo, se nos da un nítido
mensaje de confianza: «Él os mantendrá firmes hasta el final, para que seáis
irreprensibles el día de nuestro Señor Jesucristo». Por lo tanto, la espera del
Señor, que ha de venir, ha de traducirse en nuestra vida en un abandono
confiado y una respuesta cotidiana a cuanto hemos recibido. No somos nosotros,
sino que es Él quien nos sostiene y, a pesar de nuestra infidelidad, se
mantiene fiel, como nos recuerda en este domingo san Pablo. Así pues, si el
Evangelio subraya la necesidad de la vigilancia activa, el resto de lecturas
del domingo insisten en que el Señor se fija constantemente en su pueblo, sale
a su encuentro, cuida de él y lo salvará.
Daniel A. Escobar Portillo
Delegado episcopal de Liturgia de Madrid
Evangelio
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Estad atentos, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento. Es igual que un
hombre que se fue de viaje, y dejó su casa y dio a cada uno de sus criados su tarea,
encargando al portero que velara. Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá
el señor de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o
al amanecer: no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. Lo que
os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡Velad!».
Marcos 13, 33-37
jueves, 26 de noviembre de 2020
El Papa aprueba la beatificación de 127 mártires de Córdoba durante la Guerra Civil
Fuente: ABC
El Papa Francisco ha reconocido el «martirio» por «odio de la Fe» del sacerdote Juan Medina y otros 126 entre laicos y religiosos de la provincia de Córdoba y que fueron asesinados durante la Guerra Civil española (1936-1939), por lo que serán beatificados, informó ayer el Vaticano.
Al ser reconocido mártires no han necesitado
ningún milagro, sino el parecer favorable de los miembros de la Congregación
para las Causas de los Santos.
Además del sacerdote Juan Elías Medina, entre
los que serán beatos hay 79 sacerdotes, 5 seminaristas, 3 religiosos
franciscanos, una religiosa Hija del Patrocinio de María y 39 laicos.
Juan Elías Medina (1902-1936) nació en Castro del
Río el 16 de diciembre de 1902, fue ordenado sacerdote el 1 de julio de
1926. Fue encarcelado el 22 de julio de 1936 y en la mañana del 25 de
septiembre de 1936 fue sacado de la aldea de prisión con otros 14 compañeros y
asesinado a las puertas del cementerio, confesando su fe con la expresión Viva
Cristo Rey y perdonando a sus asesinos, escribe el Vaticano en la causa de
beatificación.
El postulador de la causa para la beatificación
destacó que entre los laicos hay dos matrimonios, uno de Villaralto y otro
de Puente Genil, todos de la diócesis de Córdoba.
Se espera que la beatificación se produzca en la
fecha establecida entre el obispo de Córdoba y el Vaticano en la
Mezquita-Catedral de Córdoba.
La mayoría de los futuros beatos pertenecían a la
Adoración Nocturna o a la Acción Católica y todos fueron asesinados «por
su condición de cristianos fervientes», explican en las motivaciones de la
causa de beatificación.
sábado, 21 de noviembre de 2020
Evangelio y comentario
Fuente: ALFA Y OMEGA
Solemnidad
de Cristo Rey (ciclo A)
«Venid
vosotros, benditos de mi Padre»
Hemos llegado al último domingo del año litúrgico.
En este día, desde hace más de 50 años se celebra la solemnidad de Cristo Rey,
una fiesta instituida años antes por Pío XI, en la que se busca presentar a
Jesucristo como Señor y Juez de la historia. En los pasados domingos se nos ha
introducido en la temática preponderante en el Evangelio de estos días: el
cristiano no mira solo al pasado de la acción de Dios o a cómo el Reino de los
cielos actúa en el presente. Desde la época de los primeros cristianos, en
continuidad con el pensamiento judío, la mirada del discípulo del Señor estuvo
fuertemente orientada hacia el futuro. Sin embargo, a menudo, lo que debía ser
sobre todo un deseo de avivar la esperanza en la salvación futura, prometida
por el Señor, se ha convertido también en una inquietante curiosidad por
adivinar el futuro, alejada de lo que supone la verdadera esperanza cristiana,
confiada en el Señor, que ha venido a salvarnos y al que no debemos temer. Eso
sí, debemos conocer los criterios con los que seremos juzgados al final de los
tiempos.
La venida del
Hijo del hombre
En las pasadas semanas hemos escuchado varias
parábolas en las cuales se nos ha llamado a una vigilancia activa ante la
espera del final de la historia, un momento del que no sabemos ni el día ni la
hora. Si recordamos las parábolas de las vírgenes prudentes y necias, o la de
los talentos, nos encontramos con un esquema similar al que aparece este
domingo: dos grupos de personas que se comportan de manera opuesta. Por una
parte, se encuentran los que actúan con prudencia, sensatez, respondiendo a
cuanto ha sido querido por Dios; por otra parte, los que son negligentes.
Mientras que los primeros reciben el premio, los segundos son arrojados al
castigo. La escena del juicio final que encontramos en el Evangelio prescinde
ya de la parábola, aunque no de ciertas imágenes presentes con anterioridad en
la Escritura. En un escenario solemne, el Hijo del hombre, —modo con el que
Jesús se refiere a sí mismo, retomando las escenas del profeta Daniel, donde el
Hijo del hombre vendría al final de los tiempos en gloria para juzgar a la
humanidad— rodeado de ángeles, se sentará en el trono de su gloria, ante el
cual serán reunidas todas las naciones. Si la alusión a las naciones recuerda
el carácter universal de la salvación de Dios, también nos asegura la potestad
absoluta de Jesucristo ante todo lo creado.
El modo de
reinar de Cristo
No es
sencillo actualmente asumir la existencia de un rey con poder absoluto. En
términos políticos se considera una realidad superada hace tiempo, sobre todo
cuando la autoridad real procedía del campo de batalla. Sin embargo, aunque la
Biblia adopta este tipo de imágenes guerreras, con frecuencia duras para
nuestra sensibilidad, el Evangelio nos explica desde el principio en qué
consiste el reinado de Jesús, presentándonos un modo de regir centrado no en un
dominio militar o meramente humano, sino basado en el servicio. El término más
familiar para comprenderlo es el del pastor. De ahí que el pasaje de este
domingo aluda a que Jesucristo separará a unos de otros «como un pastor separa
las ovejas de las cabras». En la profecía de Ezequiel, que se nos ofrece como
primera lectura de la Misa, se desarrollan las cualidades de este pastor, que
tiene, ante todo, la misión de velar por su rebaño, pero que asume, al mismo
tiempo, la misión de separar «entre ovejar y oveja, entre carnero y macho
cabrío». El criterio de ese juicio lo conocemos: las obras de amor y de
misericordia. En un relato que nos recuerda a la parábola del Buen Samaritano,
Jesús quiere concretar en qué consisten las obras de amor. De otro modo, se
correría el riesgo de hablar del amor como de un mero sentimiento o deseo, sin
una delimitación real en el hambriento, sediento, forastero, desnudo, enfermo o
encarcelado. En definitiva, el texto evangélico nos llama a concretar nuestras
acciones en obras reconocibles, ya que este será el modo en el que el Señor
también nos reconozca a nosotros en el día final.
Daniel A. Escobar Portillo
Delegado episcopal de Liturgia de Madrid
Evangelio
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus
discípulos: «Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con
Él, se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante Él todas las
naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las
cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces
dirá el rey a los de su derecha: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad
el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve
hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y
me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en
la cárcel y vinisteis a verme”. Entonces los justos le contestarán: “Señor,
¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?;
¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo
te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?”. Y el rey les dirá: “En
verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más
pequeños, conmigo lo hicisteis”. Entonces dirá a los de su izquierda: “Apartaos
de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles.
Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber,
fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo
y en la cárcel y no me visitasteis”. Entonces también estos contestarán:
“Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo
o en la cárcel, y no te asistimos?”. Él les replicará: “En verdad os digo: lo
que no hicisteis con uno de estos, los más pequeños, tampoco lo hicisteis
conmigo”. Y estos irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna».
Mateo 25, 31-46
jueves, 19 de noviembre de 2020
sábado, 14 de noviembre de 2020
Evangelio y comentario
Fuente: ALFA Y OMEGA
XXXIII
Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo A)
Hacer
rendir los talentos recibidos
La liturgia de estos días prosigue con la temática
en torno a la segunda venida del Señor al final de los tiempos, idea que nos
acompañará hasta bien entrado el Adviento. Es en este contexto donde mejor se
enmarca el pasaje evangélico de este domingo, cuyo contenido puede comprenderse
mejor en unidad con las demás lecturas del día. La parábola que presenta el
Señor inicia con el encargo que un hombre, al irse de viaje, realiza a sus
siervos. Fácilmente se capta que Jesús quiere mostrar que quien encomienda la
tarea es Él mismo, y que los siervos son sus discípulos. Los talentos
entregados serían los dones que cada uno posee. El primer paso que podemos dar,
a la luz de este texto, es recapacitar cuáles son estos talentos que el Señor
nos ha dado. Si para los contemporáneos del Señor el talento era una gran suma
de dinero, es evidente que Jesús quiere superar una concepción meramente
económica del talento, acercándose a un concepto más en línea con lo que
nosotros entendemos por tener talento. En concreto, podemos referirnos a dos
tipos de capacidades que hemos recibido de Dios: en primer lugar, aquellas
vinculadas con las condiciones naturales que poseemos, tales como el cuerpo, la
salud, las habilidades o la inteligencia; en segundo lugar, las riquezas que
proceden de la gracia de Dios. En este sentido, hemos recibido su Palabra, que
nos aporta una luz necesaria para actuar; los sacramentos, mediante los cuales
se nos confiere la gracia, y la fe, esperanza y caridad. La tradición ha hecho
especial énfasis en el don de la caridad, que nos impulsa a obrar siempre en
beneficio del otro y a huir del egoísmo, que suele manifestarse en la búsqueda
exclusiva de nuestros propios intereses.
Todos tenemos
algo que hacer
Pero para hacer rendir adecuadamente lo que el
Señor nos ha entregado no basta con saber reconocerlo o agradecerlo. Así lo
refleja la censura del Señor hacia el que escondió el talento bajo tierra. Lo
primero de lo que hay que ser conscientes es de que absolutamente todos tenemos
algo que hacer; y la tentación que nos acecha es poner excusas. Precisamente
cuando nos damos cuenta de que hemos recibido mucho de Dios nos sentimos
impulsados a actuar. Ello no implica que nuestro modo de vivir deba estar
dominado por el activismo o por realizar aquello que es visto por otros. Y de
aquí se deduce otra consecuencia relevante: con independencia de nuestra
situación siempre es posible poner en juego y hacer rendir nuestros talentos,
sean muchos o pocos. A menudo nos encontramos con personas con objetivas
limitaciones físicas, ya sea por la enfermedad o por la edad, que sienten que
poco pueden ya hacer en la vida. Junto con el dolor propio de su condición
pueden experimentar un sufrimiento de ánimo incluso mayor que la limitación
física, al considerarse un estorbo para su familia o para la misma sociedad. Es
tarea nuestra, pues, mostrar al que se siente abatido que también ha recibido
importantes dones del Dios, y que siempre, también desde lo oculto y no
aparente, es posible hacer fructificar los talentos recibidos.
Vigilancia sin
preocupación
Frecuentemente la idea de tener que rendir
cuentas de una gestión puede generar miedo o ansiedad, ante la inseguridad de
no saber si se ha estado a la altura de la misión encomendada. Precisamente en
este punto el pasaje evangélico alcanza la máxima tensión. Puede dar la impresión
de que la reacción del señor de la parábola es desproporcionada, ya que el
siervo ha actuado con una cierta prudencia. Sin embargo, el Evangelio destaca
dos puntos. El primero es que los dones recibidos solo adquieren su valor si se
utilizan adecuadamente. Aunque es Dios el que nos da todo cuanto somos y
tenemos, ello exige nuestra respuesta y colaboración. El segundo es que el
desconocimiento del momento en el que se nos exigirán cuentas no debe suscitar
miedo o indecisión. Aunque se nos insiste en la necesidad de la vigilancia, se
ha de leer a la luz de una visión de Dios generoso y misericordioso que nunca
hemos de olvidar.
Daniel A. Escobar Portillo
Delegado episcopal de Liturgia de Madrid
Evangelio
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta
parábola: «Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus siervos y los dejó al cargo
de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos, a otro dos, a otro uno, a cada
cual según su capacidad; luego se marchó. El que recibió cinco talentos fue
enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo
mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno fue a hacer un hoyo en la
tierra y escondió el dinero de su señor. Al cabo de mucho tiempo viene el señor
de aquellos siervos y se pone a ajustar las cuentas con ellos. Se acercó el que
había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: “Señor,
cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco”. Su señor le dijo:
“Bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo
importante; entra en el gozo de tu señor”. Se acercó luego el que había
recibido dos talentos y dijo: “Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado
otros dos”. Su señor le dijo: “Bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en
lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor”. Se acercó
también el que había recibido un talento y dijo: “Señor, sabía que eres
exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo
y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo”. El señor le
respondió: “Eres un siervo negligente y holgazán. ¿Conque sabías que siego
donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero
en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses.
Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará
y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese siervo
inútil echadlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de
dientes”».
Mateo 25, 14-30
jueves, 12 de noviembre de 2020
Suspensión temporal de los Rezos semanales
Ante la situación de descontrol en que se
encuentra en este momento la pandemia de covid, por decisión unánime de la Mesa
de Hermandad, quedan suspendidos provisionalmente los Rezos semanales hasta
nuevo aviso.
sábado, 7 de noviembre de 2020
Las Cinco Llagas decide aportar el cien por cien de su Bolsa de Caridad al Comedor El Salvador
Pese a que esta corporación de las Cinco Llagas
lleva más de diez años colaborando mensualmente con el Comedor El Salvador a
través de buena parte de la recaudación de la Bolsa de Caridad Pedro Guerrero
González de esta institución nazarena, cuyo cepillo se encuentra instalado en
la reja frontal de la Capilla del Voto de la iglesia de San Francisco, la
Hermandad, a raíz del lamentable robo de 6.000 euros que ha sufrido sor Teresa,
ha decidido destinar en lo sucesivo el cien por cien de los fondos de su bolsa
de caridad a dicho Comedor. Caridad somos todos. Recibid un fuerte abrazo en
Jesucristo Nuestro Señor.
Evangelio y comentario
Fuente: ALFA Y OMEGA
XXXII
Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo A)
«Salid
a su encuentro»
Llegados al mes de noviembre y en el contexto de
los últimos domingos del año litúrgico, nuestras celebraciones van
paulatinamente situando en primer plano la reflexión sobre la vida eterna. De
un modo más explícito que en otros períodos, no se oculta que nuestra vida
terrenal está limitada y que estamos destinados a una existencia junto con el
Señor, que supera los límites de la muerte física. Así pues, temas como la
muerte, la segunda venida de Cristo al final de los tiempos o el juicio final
adquieren un protagonismo que nos facilita una reflexión profunda, serena y
confiada sobre aquello que nos aguarda en cuestión de más o menos tiempo. Para
el cristiano que ha puesto su confianza en el Señor, la vida eterna se
convierte en un motivo de esperanza, a diferencia de quienes no creen en el
Señor, que corren el riesgo de vivir su finitud terrena con tristeza y hasta
desesperación. El pasaje de las vírgenes prudentes y sensatas se encuadra,
según la estructura del Evangelio de san Mateo, en el último de los cinco
grandes discursos del Señor, focalizado en los acontecimientos del final de los
tiempos. Este conjunto de comparaciones y parábolas, que en este evangelista
servirá como prólogo al relato de la Pasión, se inspira en temas similares
abordados sobre todo por san Marcos, con la parusía y la venida del Hijo del
hombre como puntos centrales. No es nueva en el Nuevo Testamento la adopción de
la imagen de la boda ni de Cristo como esposo de la misma. Hace pocos domingos
escuchábamos la comparación del Reino de Dios con un banquete de bodas. Pero,
incluso más allá del Evangelio, el Apocalipsis de san Juan, último libro de la
Biblia, contiene destacadas alusiones al banquete de bodas del Cordero. Frente
al cansancio, la apatía o la rutina que pudieron vivir los apóstoles, las
primeras comunidades cristianas o nosotros mismos, una imagen representativa de
la alegría humana sirve para vincular el Reino de Dios con la felicidad plena y
alimentar nuestra ilusión por su llegada. Por otra parte, la referencia a las
diez vírgenes y a la celebración nocturna se corresponde con la práctica
ceremonial corriente en tiempos de Jesús. La narración hace centrar la atención
en dos puntos: el encuentro con el esposo y la preparación que se ha de tener
para acceder con él al banquete de bodas. Ambas realidades se convierten para
el cristiano en una evidente alusión a Jesucristo, el esposo, que tarde o
temprano llegará, y a que nos ha de encontrar en condiciones para poder entrar
con Él en el Reino de los cielos.
«No sabéis el día ni la hora»
Junto al esposo que viene y a las vírgenes que lo
aguardan, el tercer elemento, que responde a lo que se ha de hacer, es el
aceite de las lámparas. Como es natural, no han sido pocas las interpretaciones
que los autores cristianos han dado al significado de este elemento que sirve
para proporcionar luz, alimentar o suavizar. De entre ellas, cobra especial
interés aquella que relaciona el aceite con las obras de caridad. Ello explica
que ese aceite no se pueda compartir con el resto de vírgenes, ya que las obras
de cada uno poseen un carácter personal e intransferible. Todos estamos
llamados a actuar prudentemente, lo cual significa corresponder con nuestras
acciones a la gracia recibida. De este modo, la vigilancia que se nos pide no
se refiere tanto a estar físicamente despiertos, sino a estar personalmente
preparados. De hecho, tanto las vírgenes necias como las prudentes están
dormidas cuando aparece el esposo. Por último, en la línea de los domingos
anteriores, el Evangelio destaca la llamada de todos al banquete –las diez
vírgenes están llamadas, en principio, a participar–. Sin embargo, es la
decisión del hombre, a través de su vida, la que hace posible que esta invitación
llegue a cumplimiento.
Daniel A. Escobar Portillo
Delegado episcopal de Liturgia de Madrid
Evangelio
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta
parábola: «Se parecerá el Reino de los cielos a diez vírgenes que tomaron sus
lámparas y salieron al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco
eran prudentes. Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite;
en cambio, las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El
esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una
voz: “¡Qué llega el esposo, salid a su encuentro!”. Entonces se despertaron
todas aquellas vírgenes y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias
dijeron a las prudentes: “Dadnos de vuestro aceite, que se nos apagan las
lámparas”. Pero las prudentes contestaron: “Por si acaso no hay bastante para
vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis”. Mientras
iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él
al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las
otras vírgenes, diciendo: “Señor, señor, ábrenos”. Pero él respondió: “En
verdad os digo que no os conozco”. Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni
la hora»
Mateo 25, 1-13
jueves, 5 de noviembre de 2020
¿Por quién darías tu vida?
Fuente: JOVENESCATOLICOS
Este sábado 7 de
noviembre, D.m, será beatificado en la Sagrada Familia de Barcelona un
joven mártir de la Guerra Civil, asesinado por defender su fe a los 19
años: Joan Roig Diggle.
Vale la pena detenerse y entrar en el corazón
de un joven cristiano, radical hasta la muerte, apasionado por Cristo, unidos
en un único corazón, Cristo y Joan. Su corta vida es un testimonio necesario
para todos los jóvenes. Siempre es necesario que nos recuerden cuánto vale
nuestra fe y testimonios como los de Joan nos ponen a prueba y nos hacen
descubrir a quién tenemos, de verdad, en el centro de nuestro corazón. «Digamos
de entrada que la figura del nuevo beato nos invita a ir a las cosas
esenciales».
Os dejamos aquí algunos fragmentos de la carta
pastoral que el arzobispo y cardenal de Barcelona, Juan José Omella, escribió
para dar a conocer quién es Joan Roig Diggle y animarnos a asemejarnos más
y más a Cristo a través de grandes modelos.
«¿Quién era Joan Roig y qué testimonio de vida puede
ofrecernos a nosotros, hombres y mujeres del s. XXI? Ojalá su testimonio
pueda suscitar en nosotros el deseo de seguir a Jesucristo con alegría y
generosidad, tal como lo hizo él.
Al amanecer del día 12 de septiembre de 1936 era
ejecutado, sin juicio previo, un joven cristiano de 19 años: Joan Roig Diggle,
hijo de Barcelona. La ejecución tuvo lugar cerca del cementerio de Santa
Coloma de Gramenet. El motivo de su muerte solo fue uno: Joan –o John, como le
llamaba Maud, su madre, inglesa de nacimiento– era un joven cristiano de
corazón y de hechos. Vivía una profunda amistad con Jesús, que esparcía
con ardor entre todos aquellos que se le acercaban, comenzando por el grupo
de vanguardistas de la Federació de Joves Cristians de Catalunya (FJCC) en El
Masnou –«la Acción Católica catalana», que agrupaba a niños y adolescentes de
entre 10 y 14 años– y del cual él era responsable. Joan, hombre de oración
y verdadero apóstol, vivió como testigo del amor a Dios y a los demás, y murió
como mártir de la fe en Jesucristo.
Pocos instantes antes de abandonar el domicilio
familiar en El Masnou, donde había ido a prenderle un pelotón de hombres de la
FAI –organización anarquista radical–, Joan Roig se abrazó a su madre y con voz
dulce le dijo: «God is with me!» («¡Dios está conmigo!»). De
hecho, hacía poco que el joven fejocista se había administrado a sí mismo la
Eucaristía. Había recibido el cuerpo precioso de Cristo y, por lo tanto, realmente,
¡Dios estaba con él! Estaba y había estado durante los diecinueve años de vida
que le fueron concedidos. Poco cuenta la edad si la persona posee una madurez
espiritual que orienta la vida y emerge con fuerza a la hora de la tribulación
y del combate supremo que es el martirio.
Podemos decir que Joan Roig entra en la pasión
de manera similar al que es Maestro y Señor, en cuyo rebaño él es una pequeña
oveja. Jesús acepta la voluntad de Dios y se pone en sus manos: «como
quieres Tú».
Joan, que sale de su casa en El Masnou detenido
dentro de un coche, es un joven cristiano que entra en su pasión y que se
acerca al martirio de manera consciente y pacífica, sin miedo ni temor, con el
corazón limpio de sombras y estorbos. El mal se vence con el bien y el
amor, y el Bien supremo es la presencia de Dios y de Cristo en el corazón de
aquel joven que seguirá el camino de la cruz de Jesús hasta el final, hasta el
punto de dar la vida. «¡Dios está conmigo!», «God is with me!».
Este es su secreto.
En otras palabras, el secreto de Joan Roig Diggle es
su espiritualidad. Joan es un chico espiritual porque vive una
familiaridad constante con las cosas de Dios: está unido a Él, se siente
cercano a Jesús, se comporta con docilidad al Espíritu.
El centro de la vida espiritual es el amor
incondicional hacia el Padre del cielo, aquel que nos ha creado por amor y nos
sostiene con su bondad. La persona creyente no se pertenece a sí misma ni
se pone en el centro de las cosas ni de las situaciones. El creyente decide
poner en Dios todo el corazón, toda el alma, toda la mente, todas las fuerzas
(cf. Mc 12,30), todo el amor. Entonces, se salva. La fortaleza
del corazón viene de la fuerza del amor.
Aquellas personas que viven de manera coherente,
alegre, sencilla, honesta y generosa, que no piensan solo en ellos y que
alegran la vida de quienes están a su lado. Joan Roig era un «santo anónimo»,
que, aún en palabras del Papa, vivía con amor y ofrecía el propio testimonio en
las tareas de cada día. Su muerte como mártir nos permite descubrir su
santidad, arraigada en su corazón y que se manifestó de manera extraordinaria
el día en que dio la vida como discípulo de Jesús.
La alegría es hija de la santidad y el deseo de
llevar una vida santa según el Evangelio comienza cuando tomamos conciencia del
designio que Dios tiene para cada uno de nosotros».
Joan vivía en constante presencia de Dios, vivía en
unión íntima con la Trinidad. Y por eso, cuando empezó la persecución religiosa
lo primero que hizo fue intentar salvar la iglesia a la que asistía
diariamente. Además, el día antes de morir su director espiritual le concedió
custodiar la Sagrada Eucaristía en su casa para distribuirlo cuando fuera
necesario. Cuando vio que estaban a punto de entrar en su casa para arrestarle
comulgó por última vez, estaba preparado para su pasión. La Eucaristía es, realmente,
al fuerza de los mártires, la fuerza de todo cristiano. Decía
frecuentemente el futuro beato «no sabría cómo vivir sin comulgar».
«La unión con Dios y con Jesús es el fundamento de
la vida interior y, por ello, escribe que la persona «vencerá el mal, no con
sublimaciones, ni con luchas sino con la caridad». Joan Roig estaba preparado
interiormente para ese momento de martirio. Y ¿cómo mueren los mártires? Como
Jesucristo, el Maestro, siguiendo sus huellas, es decir, perdonando. El joven
murió perdonando a sus verdugos. El martirio viene a ser una extensión,
una consecuencia de esta fe «más preciosa que el oro» cuando se pone en el
crisol de la prueba (1Pe 1,7)».
Después de este breve testimonio, ¿cómo vives
tu vida? ¿Cómo vives tu fe? ¿Serías capaz de morir por Cristo? ¿Eres capaz de
morir por Cristo en las pequeñas pruebas diarias? ¿Cuánto depende tu vida de la
Eucaristía?
Beato Joan Roig
Diggle intercede por nosotros y haz de nosotros jóvenes fieles a la voluntad
amorosa de Dios.
miércoles, 4 de noviembre de 2020
martes, 3 de noviembre de 2020
Recomendación libresca: ¡Ay de mí si no evangelizare!
¡Ay
de mí si no evangelizare!
recoge una serie de reflexiones homiléticas sobre el evangelio del domingo de
los tres ciclos, fundamentadas en los textos bíblicos del día correspondiente,
los santos Padres, el Magisterio de la Iglesia, las vidas de santos y el
pensamiento de grandes personajes afines al cristianismo. Todas estas
reflexiones tratan la problemática del hombre actual y el sentir del
posconcilio, y procuran ser fieles al mensaje que nos brinda la Palabra, con un
lenguaje sencillo y sin perderse en divagaciones inútiles.
La lectura de este libro permitirá al
sacerdote preparar sus predicaciones e invitará al lector común a meditar sobre
la palabra de Dios y a vivir, con mayor hondura y entusiasmo, su propia fe.
Leonardo
García Martín, O.F.M.
(Segovia 1940) es sacerdote franciscano. Ha sido consiliario provincial de la
Juventud en la provincia franciscana de Castilla. Actualmente desarrolla su
labor en la Parroquia de San Pedro Bautista de Alcorcón (Madrid), donde fueron
pronunciadas las homilías que este libro recoge. Ha fundado la Orden
Franciscana Seglar en Madrid, de la que es asistente local. Es también
coordinador de los grupos bíblicos existentes en la parroquia y participa en
las diversas actividades parroquiales.