BLOG OFICIAL DE LA HERMANDAD Y COFRADÍA DE NAZARENOS DE LAS SAGRADAS CINCO LLAGAS DE CRISTO, NUESTRO PADRE JESÚS DE LA VÍA-CRUCIS Y MARÍA SANTÍSIMA DE LA ESPERANZA
Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Jerez de la Frontera

jueves, 30 de abril de 2020
miércoles, 29 de abril de 2020
Carta del Papa Francisco para el mes de mayo
Publicamos
a continuación la carta del Santo Padre y las dos oraciones a la Virgen que el Papa
Francisco envía a todos los fieles para el mes de mayo de 2020.
CARTA
DEL SANTO PADRE
a todos los fieles para el mes de mayo de 2020
Queridos hermanos y hermanas:
Se aproxima el mes de mayo, en el que el pueblo de
Dios manifiesta con particular intensidad su amor y devoción a la Virgen María. En
este mes, es tradición rezar el Rosario en casa, con la familia. Las
restricciones de la pandemia nos han “obligado” a valorizar esta dimensión doméstica,
también desde un punto de vista espiritual.
Por eso, he pensado proponerles a todos que
redescubramos la belleza de rezar el Rosario en casa durante el mes de mayo.
Ustedes pueden elegir, según la situación, rezarlo juntos o de manera personal,
apreciando lo bueno de ambas posibilidades. Pero, en cualquier caso, hay un
secreto para hacerlo: la sencillez; y es fácil encontrar, incluso en internet,
buenos esquemas de oración para seguir.
Además, les ofrezco dos textos de oraciones a la Virgen que pueden recitar
al final del Rosario, y que yo mismo diré durante el mes de mayo, unido
espiritualmente a ustedes. Los adjunto a esta carta para que estén a disposición
de todos.
Queridos hermanos y hermanas: Contemplar juntos el
rostro de Cristo con el corazón de María, nuestra Madre, nos unirá todavía más
como familia espiritual y nos ayudará a superar esta prueba. Rezaré por
ustedes, especialmente por los que más sufren, y ustedes, por favor, recen por
mí. Les agradezco y los bendigo de corazón.
Oración
1
Oh María, tú resplandeces siempre en nuestro
camino como un signo de salvación y esperanza. A ti nos encomendamos, Salud de
los enfermos, que al pie de la cruz fuiste asociada al dolor de Jesús,
manteniendo firme tu fe.
Tú, Salvación del pueblo romano, sabes lo que
necesitamos y estamos seguros de que lo concederás para que, como en Caná de
Galilea, vuelvan la alegría y la fiesta después de esta prueba.
Ayúdanos, Madre del Divino Amor, a conformarnos a
la voluntad del Padre y hacer lo que Jesús nos dirá, Él que tomó nuestro
sufrimiento sobre sí mismo y se cargó de nuestros dolores para guiarnos a través
de la cruz, a la alegría de la resurrección. Amén.
Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios,
no desprecies nuestras súplicas en las necesidades, antes bien líbranos de todo
peligro, oh Virgen gloriosa y bendita.
Oración
2
«Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios».
En la dramática situación actual, llena de
sufrimientos y angustias que oprimen al mundo entero, acudimos a ti, Madre de
Dios y Madre nuestra, y buscamos refugio bajo tu protección.
Oh Virgen María, vuelve a nosotros tus ojos
misericordiosos en esta pandemia de coronavirus, y consuela a los que se
encuentran confundidos y lloran por la pérdida de sus seres queridos, a veces
sepultados de un modo que hiere el alma. Sostiene a aquellos que están
angustiados porque, para evitar el contagio, no pueden estar cerca de las
personas enfermas. Infunde confianza a quienes viven en el temor de un futuro incierto
y de las consecuencias en la economía y en el trabajo.
Madre de Dios y Madre nuestra, implora al Padre de
misericordia que esta dura prueba termine y que volvamos a encontrar un
horizonte de esperanza y de paz. Como en Caná, intercede ante tu Divino Hijo, pidiéndole
que consuele a las familias de los enfermos y de las víctimas, y que abra sus
corazones a la esperanza.
Protege a los médicos, a los enfermeros, al
personal sanitario, a los voluntarios que en este periodo de emergencia
combaten en primera línea y arriesgan sus vidas para salvar otras vidas. Acompaña
su heroico esfuerzo y concédeles fuerza, bondad y salud.
Permanece junto a quienes asisten, noche y día, a
los enfermos, y a los sacerdotes que, con solicitud pastoral y compromiso evangélico,
tratan de ayudar y sostener a todos.
Virgen Santa, ilumina las mentes de los hombres y
mujeres de ciencia, para que encuentren las soluciones adecuadas y se venza
este virus.
Asiste a los líderes de las naciones, para que actúen
con sabiduría, diligencia y generosidad, socorriendo a los que carecen de lo
necesario para vivir, planificando soluciones sociales y económicas de largo
alcance y con un espíritu de solidaridad.
Santa María, toca las conciencias para que las
grandes sumas de dinero utilizadas en la incrementación en el perfeccionamiento de armamentos sean
destinadas a promover estudios adecuados para la prevención e futuras catástrofes
similares.
Madre amantísima, acrecienta en el mundo el
sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo
que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos
en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria. Anima la
firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio y la constancia en la oración.
Oh María, Consuelo de los afligidos, abraza a
todos tus hijos atribulados, haz que Dios nos libere con su mano poderosa de
esta terrible epidemia y que la vida pueda reanudar su curso normal con
serenidad.
Nos encomendamos a Ti, que brillas en nuestro
camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clementísima, oh piadosa, oh
dulce Virgen María! Amén.
martes, 28 de abril de 2020
Foto de antiguos enseres de nuestra Hermandad compartida por N. H. D. José Soto en las redes sociales
Concretamente, algunas de las tallas de las capillas de los respiraderos del antiguo paso de María Santísima de la
Esperanza.
lunes, 27 de abril de 2020
El Papa envía respiradores y material sanitario a hospitales de España
El pontífice también ha donado material a Rumanía
e Italia
Fuente: Grupo Mira
El Papa ha enviado respiradores y material
sanitario que sirve para la asistencia de pacientes contagiados por el Covid-19 a hospitales de Rumanía,
Italia y España, tres de los países más golpeados por la pandemia, en el día en
que se celebra la onomástica de San Jorge.
Según ha informado el portal de noticias del
Vaticano, Vatican News, además de la maquinaria necesaria para la respiración
asistida, también se hará entrega de mascarillas y gafas protectoras para el
personal sanitario de las Unidades de Cuidados Intensivos (UCI).
Serán un total de tres los respiradores de última
generación que recibirán hospitales de Madrid. El resto del material sanitario
donado por el pontífice se repartirá entre la ciudad de Suceava, en Rumanía,
donde llegarán cinco respiradores y un hospital de Lecce, región de Apulia sur
de Italia, donde llegarán dos.
domingo, 26 de abril de 2020
Homenaje a los capellanes
Tengamos en cuenta la silenciosa muerte de los capellanes de
hospital; más de 130 sacerdotes infectados y 20 fallecidos por Covid-19, a los que nunca nadie
nombra, invisibles como los sanitarios, dando consuelo y cariño a los enfermos
y moribundos hasta el final. Ellos también están en primera línea y dan su vida
por cada uno de nosotros, y ni salen en
los telediarios ni dan ruedas de prensa.
No sólo de respiradores vive el hombre...
sábado, 25 de abril de 2020
Evangelio y comentario
Fuente: ALFA Y OMEGA
La Palabra como camino de conversión
III Domingo de Pascua (ciclo
A)
La
decepción convertida en alegría
Son varias las notas que distinguimos en los relatos de
las apariciones del Señor a sus discípulos tras la Resurrección. Dos
de ellas destacan especialmente: la dificultad para reconocer al Señor y la
tristeza o miedo que sufren quienes saben que pocos días antes ha sido
crucificado Jesús. Así pues, el paso de la tristeza a la alegría o de la
decepción a la esperanza es palpable en quienes han tenido la suerte de vivir
ese especial encuentro con el Maestro. Pero sería incompleta una visión del
Evangelio de san Juan sin ver qué unifica la experiencia de quienes se topan
con el Señor, ahora resucitado. Estaríamos equivocados si pensáramos que Juan
dedica parte de su Evangelio solo a recordar a través de diferentes episodios
cómo los discípulos adivinan quién les habla. Los relatos de las apariciones
van más allá de meros descubrimientos o de cambios en el estado de ánimo. Se
trata de auténticos encuentros que provocarán una verdadera conversión en el
corazón de los discípulos. Ese cambio del corazón es lo que busca el Señor y el
verdadero fruto de la acción de Dios en los hombres. La pregunta «¿no ardía
nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las
Escrituras?» refleja a la perfección que alguien puede ser transformado por un
encuentro. Por otro lado, estamos ante una experiencia y una reacción
profundamente humana: cuando estamos a gusto con alguien, desearíamos que ese
momento se prolongase indefinidamente. Lo que ocurre en este pasaje nos sirve
para valorar la conversión como algo siempre positivo, puesto que no pocas
veces corremos el riesgo de pensar que la conversión consiste más en un proceso
de lucha y superación de nuestros pecados que en una experiencia de gozoso
encuentro con quien nos quiere.
El Evangelio sitúa a los dos discípulos en el trayecto
entre Jerusalén y Emaús. El sentido del camino era el de la fuga, puesto que en
Jerusalén había tenido lugar la muerte del Señor y allí vivía la comunidad de
la que ahora Cleofás y su compañero de viaje se quieren despegar. Probablemente
no existe en la Escritura
un texto en el que se muestre un desengaño tan grande. Se dedican varias líneas
a describir un fracaso, acentuado por una narración con formas verbales en
pasado: lo que pudo ser y no fue. Sin embargo, a partir de ahí comienza algo
nuevo. Precisamente, el lamento da pie a Jesús para explicar la Escritura. Y Jesús no
recurre a pasajes que no tuvieran que ver con lo que planteaban sus amigos,
sino que, en primer lugar, los escucha y luego, conectando con el relato de
ellos, recurre a los pasajes de la
Escritura pertinentes. Con ello se nos muestra que la Palabra de Dios tiene la
virtud de abrirnos la mente para reconocer a Jesucristo en nuestra vida, su
presencia y su cercanía. En tiempos en los que no es fácil participar en la
celebración habitual de los sacramentos es necesario más que nunca reconocer el
valor de la Palabra
de Dios para que, a través de nuestro trato asiduo con ella, podamos decirle al
Señor, como los discípulos de Emaús, «quédate con nosotros». Con esta expresión
se plasma el deseo de recibir al Señor en nuestra vida. En un tiempo en el que la Iglesia ha querido
subrayar el valor de la
Palabra de Dios mediante un domingo dedicado a la Palabra de Dios, las
circunstancias dolorosas que vivimos pueden servirnos para recurrir más a la Escritura y reavivar en
nosotros el deseo de la participación plena en los sacramentos, cuando sea
posible. El pasaje concluye con el retorno a Jerusalén, al seno de la
comunidad. La vuelta a la
Iglesia y el deseo de comunicar a los demás lo que nos ha
sucedido son los dos indicadores de la sinceridad de nuestra conversión.
Daniel A. Escobar Portillo
Delegado episcopal de Liturgia de Madrid
Delegado episcopal de Liturgia de Madrid
Evangelio
Aquel mismo día (el primero de la semana), dos
de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante
de Jerusalén unos 60 estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que
había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y
se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él
les dijo: «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?». Ellos
se detuvieron con aire entristecido, Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le
respondió: «Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha
pasado allí estos días». Él les dijo :«¿Qué?». Ellos le contestaron: «Lo de
Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y
ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes
para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que Él
iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde
que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han
sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo
encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición
de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al
sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a Él no lo
vieron».
Entonces Él les dijo: «¡Qué necios y torpes
sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías
padeciera esto y entrara así en su gloria?».
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos
los profetas, les explicó lo que se refería a Él en todas las Escrituras.
Llegaron cerca de la aldea adonde iban y Él simuló que iba a seguir caminando;
pero ellos lo apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el
día va de caída». Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa tomó el
pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les
abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista. Y se
dijeron el uno al otro: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el
camino y nos explicaba las Escrituras?». Y, levantándose en aquel momento, se
volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros,
que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a
Simón». Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían
reconocido al partir el pan.
Lucas 24, 13-35
viernes, 24 de abril de 2020
Formación cofrade: ¿Sabes qué es el ABACÁ?
El Diccionario
cofradiero de Juan Carrero Rodríguez lo define como “Cinturón realizado con
el filamento de esa planta o de pita. Lo llevan los nazarenos que van con
túnica de cola en algunas cofradías que lo tienen estipulado así en el atuendo
de su túnica, sujeto por unas correas con hebillas; su anchura es de unos 12 a 25 cm ., pudiendo ir en su
color natural o teñido de color amarillo. En la parte media de los laterales,
lleva una presilla de cuerda del mismo material, para acoger el cirio cuando se
pone en alto o la cola de la túnica”.
Como curiosidad, en nuestra cofradía el cinturón
de nuestro hábito nazareno es de este material, en su color natural, con un ancho, por Regla, de 20 cm . En otras Hermandades también
puede ir teñido de rojo, como es el caso de la jerezana Hermandad del Amor.
Algunos esparteros llaman a este material cordelillo
o sisal para diferenciarlo del esparto, mientras que a la presilla a la que alude el Diccionario
Cofradiero se le podría llamar también cerero.
Cinturón de abacá |
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Plantaciones de abacá |
jueves, 23 de abril de 2020
miércoles, 22 de abril de 2020
martes, 21 de abril de 2020
UN PLAN PARA RESUCITAR
Una meditación del Papa Francisco
(El Papa eligió para publicar esta
meditación la revista española “Vida Nueva”, que lo ha publicado en su último
número).
De pronto, Jesús salió a su encuentro y las
saludó, diciendo: ‘Alégrense’” (Mt 28, 9). Es la primera palabra del Resucitado
después de que María Magdalena y la otra María descubrieran el sepulcro vacío y
se toparan con el ángel. El Señor sale a su encuentro para transformar su duelo
en alegría y consolarlas en medio de la aflicción (cfr. Jr 31, 10). Es el
Resucitado que quiere resucitar a una vida nueva a las mujeres y, con ellas, a
la humanidad entera. Quiere hacernos empezar ya a participar de la condición de
resucitados que nos espera.
Invitar a la alegría pudiera parecer una
provocación, e incluso, una broma de mal gusto ante las graves consecuencias
que estamos sufriendo por el COVID-19. No son pocos los que podrían pensarlo,
al igual que los discípulos de Emaús, como un gesto de ignorancia o de
irresponsabilidad (cfr. Lc 24, 17-19). Como las primeras discípulas que iban al
sepulcro, vivimos rodeados por una atmósfera de dolor e incertidumbre que nos
hace preguntarnos: “¿Quién nos correrá la piedra del sepulcro?” (Mc 16, 3).
¿Cómo haremos para llevar adelante esta situación que nos sobrepasó
completamente? El impacto de todo lo que sucede, las graves consecuencias que
ya se reportan y vislumbran, el dolor y el luto por nuestros seres queridos nos
desorientan, acongojan y paralizan. Es la pesantez de la piedra del sepulcro que
se impone ante el futuro y que amenaza, con su realismo, sepultar toda
esperanza. Es la pesantez de la angustia de personas vulnerables y ancianas que
atraviesan la cuarentena en la más absoluta soledad, es la pesantez de las
familias que no saben ya cómo arrimar un plato de comida a sus mesas, es la
pesantez del personal sanitario y servidores públicos al sentirse exhaustos y
desbordados… esa pesantez que parece tener la última palabra.
Sin embargo, resulta conmovedor destacar la
actitud de las mujeres del Evangelio. Frente a las dudas, el sufrimiento, la
perplejidad ante la situación e incluso el miedo a la persecución y a todo lo
que les podría pasar, fueron capaces de ponerse en movimiento y no dejarse
paralizar por lo que estaba aconteciendo. Por amor al Maestro, y con ese
típico, insustituible y bendito genio femenino, fueron capaces de asumir la
vida como venía, sortear astutamente los obstáculos para estar cerca de su
Señor. A diferencia de muchos de los Apóstoles que huyeron presos del miedo y
la inseguridad, que negaron al Señor y escaparon (cfr. Jn 18, 25-27), ellas,
sin evadirse ni ignorar lo que sucedía, sin huir ni escapar…, supieron
simplemente estar y acompañar. Como las primeras discípulas, que, en medio de
la oscuridad y el desconsuelo, cargaron sus bolsas con perfumes y se pusieron
en camino para ungir al Maestro sepultado (cfr. Mc 16, 1), nosotros pudimos, en
este tiempo, ver a muchos que buscaron aportar la unción de la
corresponsabilidad para cuidar y no poner en riesgo la vida de los demás. A
diferencia de los que huyeron con la ilusión de salvarse a sí mismos, fuimos
testigos de cómo vecinos y familiares se pusieron en mar-cha con esfuerzo y
sacrificio para permanecer en sus casas y así frenar la difusión. Pudimos
descubrir cómo muchas personas que ya vivían y tenían que sufrir la pandemia de
la exclusión y la indiferencia siguieron esforzándose, acompañándose y
sosteniéndose para que esta situación sea (o bien, fuese) menos dolorosa. Vimos
la unción derramada por médicos, enfermeros y enfermeras, reponedores de
góndolas, limpiadores, cuidadores, transportistas, fuerzas de seguridad,
voluntarios, sa-
cerdotes, religiosas, abuelos y educadores y
tantos otros que se animaron a entre-gar todo lo que poseían para aportar un
poco de cura, de calma y alma a la situa-ción. Y aunque la pregunta seguía
siendo la misma: “¿Quién nos correrá la piedra del sepulcro?” (Mc 16, 3), todos
ellos no dejaron de hacer lo que sentían que podían y tenían que dar.
Y fue precisamente ahí, en medio de sus
ocupaciones y preocupaciones, don-de las discípulas fueron sorprendidas por un
anuncio desbordante: “No está aquí, ha resucitado”. Su unción no era una unción
para la muerte, sino para la vida. Su velar y acompañar al Señor, incluso en la
muerte y en la mayor desesperanza, no era vana, sino que les permitió ser
ungidas por la
Resurrección : no estaban solas, Él estaba vivo y las precedía
en su caminar. Solo una noticia desbordante era capaz de romper el círculo que
les impedía ver que la piedra ya había sido corrida, y el perfume derramado
tenía mayor capacidad de expansión que aquello que las amenazaba. Esta es la
fuente de nuestra alegría y esperanza, que transforma nuestro accionar:
nuestras unciones, entregas… nuestro velar y acompañar en todas las formas
posibles en este tiempo, no son ni serán en vano; no son entregas para la
muerte.
Cada vez que tomamos parte de la Pasión del Señor, que
acompañamos la pa-sión de nuestros hermanos, viviendo inclusive la propia
pasión, nuestros oídos escu-charán la novedad de la Resurrección : no
estamos solos, el Señor nos precede en nuestro caminar removiendo las piedras
que nos de proporcionar. El Espíritu, que no se deja encerrar ni
instrumentalizar con esquemas, modalidades o estructuras fijas o caducas, nos
propone sumarnos a su movimiento capaz de “hacer nuevas todas las cosas” (Ap
21, 5). En este tiempo nos hemos dado cuenta de la importancia de “unir a toda
la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral”.
Cada acción individual no es una acción aislada,
para bien o para mal, tiene consecuencias para los demás, porque todo está
conectado en nuestra Casa común; y si las autoridades sanitarias ordenan el
confinamiento en los hogares, es el pueblo quien lo hace posible, consciente de
su corresponsabilidad para frenar la pandemia. “Una emergencia como la del
COVID-19 es derrotada en primer lugar con los anti-cuerpos de la solidaridad”.
Lección que romperá todo el fatalismo en el que
nos habíamos inmerso y permitirá volver a sentirnos artífices y protagonistas
de una historia común y, así, responder mancomunadamente a tantos males que
aquejan a millones de herma-nos alrededor del mundo. No podemos permitirnos
escribir la historia presente y futura de espaldas al sufrimiento de tantos. Es
el Señor quien nos volverá a preguntar “¿dónde está tu hermano?” (Gen. 4, 9) y,
en nuestra capacidad de respuesta, ojalá se revele el alma de nuestros pueblos,
ese reservorio de esperanza, fe y cari-dad en la que fuimos engendrados y que,
por tanto tiempo, hemos anestesiado o silenciado. Si actuamos como un solo
pueblo, incluso ante las otras epidemias que nos acechan, podemos lograr un
impacto real. ¿Seremos capaces de actuar responsablemente frente al hambre que
padecen tantos, sabiendo que hay alimentos para todos? ¿Seguiremos mirando para
otro lado con un silencio cómplice ante esas guerras alimentadas por deseos de
dominio y de poder? ¿Estaremos dispuestos a cambiar los estilos de vida que
sumergen a tantos en la pobreza, promoviendo y animándonos a llevar una vida
más austera y humana que posibilite un reparto equitativo de los recursos?
¿Adoptaremos como comunidad internacional las medidas necesarias para frenar la
devastación del medio ambiente o seguiremos negando la evidencia? La
globalización de la indiferencia seguirá amenazando y tentando nuestro caminar…
Ojalá nos encuentre con los anticuerpos necesarios de la justicia, la caridad y
la solidaridad. No tengamos miedo a vivir la alternativa de la civilización del
amor, que es “una civilización de la esperanza: contra la angustia y el miedo,
la tristeza y el desaliento, la pasividad y el cansancio. La civilización del
amor se construye cotidianamente, ininterrumpidamente. Supone el esfuerzo
comprometido de todos. Supone, por eso, una comprometida comunidad de
hermanos”.
En este tiempo de tribulación y luto, es mi deseo
que, allí donde estés, puedas hacer la experiencia de Jesús, que sale a tu
encuentro, te saluda y te dice: “Alégrate” (Mt 28, 9). Y que sea ese saludo el
que nos movilice a convocar y amplificar la buena nueva del Reino de Dios. Esta
buena noticia hizo que esas mujeres volvieran sobre sus pasos a buscar a los
Apóstoles y a los discípulos que permanecían escondidos para contarles: “La
vida arrancada, destruida, aniquilada en la cruz ha despertado y vuelve a latir
de nuevo”.
Esta es nuestra esperanza, la que no nos podrá ser
robada, silenciada o contaminada. Toda la vida de servicio y amor que ustedes
han entregado en este tiempo volverá a latir de nuevo. Basta con abrir una
rendija para que la Unción
que el Señor nos quiere regalar se expanda con una fuerza imparable y nos
permita con-templar la realidad doliente con una mirada renovadora. Y, como a
las mujeres del Evangelio, también a nosotros se nos invita una y otra vez a
volver sobre nuestros pasos y dejarnos transformar por este anuncio: el Señor,
con su novedad, puede siempre renovar nuestra vida y la de nuestra comunidad
(cfr. Evangelii gaudium, 11). En esta tierra desolada, el Señor se empeña en
regenerar la belleza y hacer renacer la esperanza: “Mirad que realizo algo
nuevo, ya está brotando, ¿no lo notan?” (Is 43, 18b). Dios jamás abandona a su
pueblo, está siempre junto a él, especialmente cuando el dolor se hace más
presente. Si algo hemos podido aprender en todo este tiempo, es que nadie se
salva solo. Las fronteras caen, los muros se derrumban y todos los discursos
integristas se disuelven ante una presencia casi imperceptible que manifiesta
la fragilidad de la que estamos hechos. La Pascua nos convoca e invita a hacer memoria de
esa otra presencia discreta y respetuosa, generosa y reconciliadora capaz de no
romper la caña quebrada ni apagar la mecha que arde débil-mente (cfr. Is 42,
2-3) para hacer latir la vida nueva que nos quiere regalar a todos. Es el soplo
del Espíritu que abre horizontes, despierta la creatividad y nos renueva en
fraternidad para decir presente (o bien, aquí estoy) ante la enorme e impostergable
tarea que nos espera. Urge discernir y encontrar el pulso del Espíritu para
impulsar junto a otros las dinámicas que puedan testimoniar y canalizar la vida
nueva que el Señor quiere generar en este momento concreto de la historia. Este
es el tiempo favorable del Señor, que nos pide no conformarnos ni contentarnos
y menos justificarnos con lógicas sustitutivas o paliativas que impiden asumir
el impacto y las graves consecuencias de lo que estamos viviendo. Este es el
tiempo propicio de animarnos a una nueva imaginación de lo posible con el
realismo que solo el evangelio nos puede proporcionar. El Espíritu, que no se
deja encerrar ni instrumentalizar con esquemas, modalidades o estructuras fijas
o caducas, nos propone sumar-nos a su movimiento capaz de “hacer nuevas todas
las cosas” (Ap 21, 5).
En este tiempo nos hemos dado cuenta de la
importancia de “unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo
sostenible e integral”. Cada acción individual no es una acción aislada, para
bien o para mal, tiene consecuencias para los demás, porque todo está conectado
en nuestra Casa común; y si las autoridades sanitarias ordenan el confinamiento
en los hogares, es el pueblo quien lo hace posible, consciente de su
corresponsabilidad para frenar la pandemia. “Una emergencia como la del
COVID-19 es derrotada en primer lugar con los anticuerpos de la solidaridad”.
Lección que romperá todo el fatalismo en el que nos habíamos inmerso y
permitirá volver a sentirnos artífices y protagonistas de una historia común y,
así, responder mancomunadamente a tantos males que aquejan a millones de
herma-nos alrededor del mundo. No podemos permitirnos escribir la historia
presente y futura de espaldas al sufrimiento de tantos. Es el Señor quien nos
volverá a preguntar “¿dónde está tu hermano?” (Gn, 4, 9) y, en nuestra
capacidad de respuesta, ojalá se revele el alma de nuestros pueblos, ese
reservorio de esperanza, fe y caridad en la que fuimos engendrados y que, por
tanto tiempo, hemos anestesiado o silencia-do.
Si actuamos como un solo pueblo, incluso ante las
otras epidemias que nos acechan, podemos lograr un impacto real. ¿Seremos
capaces de actuar responsablemente frente al hambre que padecen tantos,
sabiendo que hay alimentos para todos? ¿Seguiremos mirando para otro lado con
un silencio cómplice ante esas guerras alimentadas por deseos de dominio y de
poder? ¿Estaremos dispuestos a cambiar los estilos de vida que sumergen a
tantos en la pobreza, promoviendo y animándonos a llevar una vida más austera y
humana que posibilite un reparto equitativo de los recursos? ¿Adoptaremos como
comunidad internacional las medidas necesarias para frenar la devastación del
medio ambiente o seguiremos negando la evidencia? La globalización de la
indiferencia seguirá amenazando y tentando nuestro caminar… Ojalá nos encuentre
con los anticuerpos necesarios de la justicia, la caridad y la solidaridad. No
tengamos miedo a vivir la alternativa de la civilización del amor, que es “una
civilización de la esperanza: contra la angustia y el miedo, la tristeza y el
desaliento, la pasividad y el cansancio. La civilización del amor se construye
cotidianamente, ininterrumpidamente. Supone el esfuerzo comprometido de todos.
Supone, por eso, una comprometida comunidad de hermanos”.
En este tiempo de tribulación y luto, es mi deseo
que, allí donde estés, puedas hacer la experiencia de Jesús, que sale a tu
encuentro, te saluda y te dice: “Alégrate” (Mt 28, 9). Y que sea ese saludo el
que nos movilice a convocar y amplificar la buena nueva del Reino de Dios.
domingo, 19 de abril de 2020
Entrevista al Cardenal Robert Sarah, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino
Fuente: INFOVATICANA
Mientras el mundo entero está siendo contagiado
por el coronavirus, el cardenal Robert Sarah, confinado en el
Vaticano, analiza las causas de esta crisis absolutamente inédita.
¿Qué le inspira la crisis del coronavirus?
Este virus ha actuado como un indicador. En pocas
semanas, la gran quimera de un mundo materialista que se creía todopoderoso
parece haberse hundido. Hace unos días, los políticos nos hablaban de
crecimiento, pensiones, reducción del paro. Se sentían seguros de sí mismos. Y
he aquí que un virus, un virus microscópico, ha puesto de rodillas a este mundo
ufano, que se contemplaba a sí mismo ebrio de autosatisfacción porque se creía
invulnerable. La crisis actual es una parábola, que nos revela cuán
inconsistente, frágil y vacío es todo lo que nos hacían creer. Nos decían:
¡podéis consumir de manera ilimitada! Pero la economía se ha hundido y las
bolsas caen en picado. Hay fracasos por doquier. Nos prometían llevar más allá
de los límites la naturaleza humana por medio de una ciencia triunfalista. Nos
hablaban de vientres de alquiler, procreación asistida, transhumanismo,
humanidad potenciada. Nos vanagloriábamos de un hombre de síntesis y una
humanidad que las biotecnologías convertirían en invencible e inmortal. Y, en
cambio, henos aquí, enloquecidos, confinados por un virus del que nos sabemos
casi nada. El término epidemia había sido superado, era un término medieval. De
repente, se ha convertido en nuestra cotidianidad.
Creo que esta epidemia ha dispersado el humo de la
quimera. El hombre autodenominado todopoderoso aparece en su cruda realidad.
Aquí está, desnudo. Su debilidad y su vulnerabilidad son patentes. El hecho de
estar confinados en casa nos permitirá, espero, volver de nuevo a lo esencial,
redescubrir la importancia de nuestra relación con Dios y, por ende, de la
centralidad de la oración en la existencia humana. Y, con la conciencia de
nuestra fragilidad, en confiar en Dios y su misericordia paterna.
¿Es una crisis de civilización?
He repetido a menudo, especialmente en mi último
libro, Se
hace tarde y anochece, que el gran error del hombre moderno es su
rechazo a la dependencia. El hombre moderno se concibe a sí mismo como un
individuo radicalmente independiente. No quiere depender de las leyes de la
naturaleza. Se niega a depender de los demás comprometiéndose a vínculos
definitivos como el matrimonio. Considera una humillación depender de Dios. Se
concibe sin deber nada a nadie. Negarse a pertenecer a una red de dependencia,
herencia y filiación nos condena a entrar desnudos en la jungla de la
competitividad de una economía abandonada a sí misma.
Sin embargo, todo esto no es más que una quimera.
La experiencia del confinamiento ha permitido que muchos redescubran que
dependemos real y concretamente los unos de los otros. Cuando todo se
desmorona, solo quedan los vínculos del matrimonio, la familia y la amistad.
Hemos descubierto de nuevo que somos miembros de una nación y, como tales,
estamos unidos por lazos invisibles pero reales. Y, sobre todo, hemos
redescubierto que dependemos de Dios.
¿Hablaría usted de crisis espiritual?
¿Ha observado usted la ola de silencio que se ha
extendido sobre Europa? Bruscamente, en pocas horas, inclusos nuestras ciudades
llenas de bullicio se han calmado. Nuestras calles, llenas de gente y coches,
están desiertas, silenciosas. Muchos se han encontrado solos, en silencio, en
pisos que se han transformado en eremitorios o celdas monacales.
¡Qué paradoja! Se ha necesitado un virus para
callarnos. Y, de repente, hemos tomado conciencia de que nuestra vida era
frágil. Nos hemos dado cuenta de que la muerte no era algo lejano. Hemos
abierto los ojos. Lo que nos preocupaba: economía, vacaciones, polémicas
mediáticas, ha pasado a un inútil segundo plano. Es imposible no plantearse la
cuestión de la vida eterna cuando cada día nos informan del número de
contagiados y fallecidos. Hay quien entra en pánico, lleno de temor. Otros
rechazan las evidencias y se dicen: es un mal momento que hay que pasar, todo
volverá a ser como antes.
¿Y si, de manera sencilla, en este silencio, en
esta soledad, este confinamiento, osáramos rezar? ¿Si osáramos transformar
nuestra familia y nuestro hogar en iglesia doméstica? Una iglesia es un lugar
sagrado que nos recuerda que, en este hogar de oración, hay que vivirlo todo
intentando orientar todas las cosas y todas las decisiones hacia la gloria de
Dios. ¿Y si, simplemente, osáramos aceptar nuestra finitud, nuestros límites,
nuestra debilidad de criaturas? Me atrevo a invitar a todos a dirigirse a Dios,
hacia el Creador, el Salvador. Dado que la muerte está presente de manera tan
masiva, invito a todos a plantearse la pregunta: ¿la muerte es realmente el
final de todo? ¿O es un pasaje, ciertamente doloroso, pero que desemboca en la
vida? Por esto, Cristo resucitado es nuestra gran esperanza. Dirijamos nuestra
mirada hacia Él. Acerquémonos a Él, que es la Resurrección y la Vida. Quien cree en
Él, aunque muera, vivirá; y quien viva y crea en Él no morirá nunca (cf. Jn 11,
25-26). ¿Acaso no somos como Job? Sin nada, con las manos vacías y el corazón
inquieto, ¿qué nos queda? La cólera contra Dios es absurda. Nos queda la
adoración, la confianza y la contemplación del misterio.
Si nos negamos a creer que somos el resultado de
un deseo amoroso de Dios todopoderoso, entonces todo esto será muy duro, y no
tendrá sentido. ¿Cómo vivir en un mundo en el que un virus ataca por azar y
abate a los inocentes? Solo hay una respuesta: la certeza de que Dios es amor y
que no es indiferente a nuestro sufrimiento. Nuestra vulnerabilidad abre
nuestro corazón a Dios e inclina a Dios a ser misericordioso con nosotros.
Creo que ha llegado el momento de atreverse a
decir estas palabras de fe. El tiempo del falso pudor y de las dudas
pusilánimes ha terminado. El mundo espera de la Iglesia una palabra
fuerte, la única palabra que da esperanza y confianza, la palabra de la fe en
Dios, la palabra que Jesús nos ha confiado.
¿Qué tienen que hacer los sacerdotes en esta
situación?
El papa ha sido claro. Los sacerdotes deben hacer
todo lo que puedan para permanecer cerca de sus fieles. Deben hacer todo lo que
esté en su poder para asistir a los moribundos, sin dificultar la labor del
personal sanitario y las autoridades civiles. Nadie tiene el derecho de privar
a un enfermo o a un moribundo de la asistencia espiritual de un sacerdote. Es
un derecho absoluto e inalienable. En Italia, el clero ha pagado un alto
precio. Setenta y cinco sacerdotes han muerto asistiendo a los enfermos.
Creo también que numerosos sacerdotes han
redescubierto su vocación a la oración y a la intercesión en nombre de todo el
pueblo. El sacerdote está hecho para estar constantemente ante Dios, para
adorarlo, glorificarlo y servirlo. Así, en los países confinados, los
sacerdotes se encuentran en la situación introducida por Benedicto XVI.
Aprenden a pasar sus jornadas en oración, en soledad y en silencio, que ofrecen
por la salvación de los hombres. Si físicamente no pueden sostener la mano de
cada moribundo como ellos desearían, descubren que, en la adoración, pueden
interceder por cada persona. Me gustaría que los enfermos, las personas solas y
las personas en dificultad sintieran esta presencia sacerdotal misteriosa. En
estos días terribles, nadie está solo, nadie es abandonado. El Buen Pastor vela
cerca de cada uno. En nombre de cada uno, la Iglesia vela e intercede como una madre. Los
sacerdotes redescubren su paternidad espiritual a través de la oración
continua. Redescubren su identidad profunda: no son animadores de reuniones o
de comunidades, sino hombres de Dios, hombres de oración, adoradores de la Majestad de Dios, hombres
contemplativos.
A veces, a causa del confinamiento, celebran la
misa en soledad. Entonces es cuando pueden medir la grandeza inmensa del
sacrificio eucarístico, que no necesita una asistencia numerosa para dar fruto.
Por la misa, el sacerdote llega al mundo entero. Como Moisés y Jesús mismo, los
sacerdotes redescubren la potencia de su intercesión, su función de mediadores
entre Dios y los hombres. Ciertamente, cuando celebran la eucaristía ya no
tienen al pueblo de Dios ante ellos. Entonces, que dirijan su mirada hacia
Oriente. Porque «desde Oriente viene la propiciación. Es de allí de donde viene
el hombre cuyo nombre es Oriente, que se ha convertido en mediador entre Dios y
los hombres. Por ello, estáis invitados a mirar para siempre hacia oriente,
donde surge para vosotros el Sol de la justicia, donde la luz siempre surgirá
para vosotros», dice Orígenes en una homilía sobre el Levítico. Tendremos que
recordar todo esto cuando acabe la crisis, para no volver a caer en una
inquietud vana.
¿Y los fieles?
Los cristianos experimentan de manera muy concreta
la comunión de los santos, ese vínculo misterioso que une a todos los
bautizados en la oración silenciosa y el cara a cara con Dios. Es importante
redescubrir cuán preciosa puede ser la costumbre de leer la Palabra de Dios, de
recitar el rosario en familia o de consagrar tiempo a Dios, en una actitud de
entrega de uno mismo, de escucha y adoración silenciosa. Habitualmente,
valoramos la utilidad de una persona con relación a su capacidad de influencia,
de acción, es decir, de agitación. De repente, todos estamos al mismo nivel.
Desearíamos ser útiles, servir para algo. Pero lo único que podemos hacer es
rezar, animarnos mútuamente, apoyarnos los unos a los otros. Ha llegado el
momento de redescubrir la oración personal y de volver a escuchar a Jesús
diciéndonos: «Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta
y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te
lo recompensará» (Mt 6, 6). Ha llegado el momento de redescubrir la oración en
familia, de que los padres aprendan a bendecir a sus hijos. Los cristianos,
privados de la eucaristía, se dan cuenta de la gracia que era la comunión para
ellos. Los animo a poner en práctica la adoración en sus casas, porque no hay
vida cristiana sin vida sacramental. El Señor está presente en nuestras
ciudades y pueblos. A veces, también se les pide a los cristianos ser heroicos:
cuando los hospitales piden voluntarios, cuando hay que ocuparse de personas
solas o que viven en la calle.
¿Qué es lo que debe cambiar?
Algunos dicen que nada volverá a ser como antes.
Lo espero. Sin embargo, temo que, si el hombre no vuelve con todo su corazón a
Dios, todo volverá a ser como antes y el camino del hombre hacia el abismo será
ineludible.
Nos damos cuenta de cómo el consumismo mundial ha
aislado a los individuos, convirtiéndolos en consumidores abandonados a la
jungla del mercado y la finanza. La globalización, promesa de felicidad, ha
revelado ser un engaño. En los tiempos de prueba, las naciones y las familias
se unen. Y las coaliciones de interés se dispersan. La crisis actual demuestra
que una sociedad no puede estar basada en los vínculos económicos. Tomamos
conciencia de nuevo de ser una nación, con sus fronteras, que podemos abrir o
cerrar para la defensa, la protección y la seguridad de nuestra población. En
el fundamento de la vida de la ciudad, encontramos vínculos que nos preceden:
los de la familia y la solidaridad nacional. Es hermoso verlos resurgir de
nuevo. Es hermoso ver a los más jóvenes ocuparse de los ancianos. Hace unos
meses se hablaba de eutanasia y había quienes querían deshacerse de los
enfermos graves o de los discapacitados. Hoy en día, las naciones se movilizan
para proteger a los ancianos. Vemos resurgir en los corazones el espíritu del
don de sí mismo y del sacrificio. Tenemos la impresión de que la presión
mediática nos había obligado a ocultar lo mejor de nosotros mismos. Nos habían
enseñado a admirar a los “vencedores”, a los “lobos”, a los que llegan a la
cima eliminado a quienes obstaculizan su camino. Y he aquí que, repentinamente,
admiramos y aplaudimos con respeto y gratitud a los cuidadores, el personal
sanitario, los médicos, los voluntarios y los héroes de lo cotidiano. De
improviso, nos atrevemos a aclamar a los que sirven a los más débiles. Nuestro
tiempo tenía sed de héroes y santos, pero la ocultaba avergonzado.
¿Seremos capaces de conservar esta escala de
valores? ¿Seremos capaces de refundar nuestras ciudades sobre otra cosa que no
sea el crecimiento, el consumo y el anhelo de dinero? Creo que seríamos
culpables si, cuando salgamos de esta crisis, cayéramos en los mismos errores.
Esta crisis demuestra que la cuestión de Dios no es solo una cuestión de
convicción privada, sino que interroga los fundamentos de nuestra civilización.
La última vez que usted ha tomado la palabra fue
con ocasión de la salida de su libro, escrito con la participación de Benedicto
XVI. ¿Qué opinión tiene sobre ese periodo agitado?
Me impresionó mucho la violencia y las calumnias
groseras que se desencadenaron tras la salida del libro Desde la
profundidad de nuestros corazones. Con Benedicto XVI quisimos abrir un
debate de fondo, una reflexión serena, objetiva y teológica sobre el sacerdocio
y el celibato, apoyándonos en la
Revelación y los datos históricos, y nos encontramos cara a
cara con acusaciones llenas de odio, falaces y difamadoras. Se ha intentado
manchar la reputación de las personas. Se intentó descalificarnos haciéndonos
pasar por naífs, víctimas de una manipulación editorial. Leí muchas invectivas
e injurias, pero poca reflexión teológica y pastoral y, sobre todo, vi un
comportamiento cristiano escaso.
Sin embargo, con Benedicto XVI hacíamos propuestas
audaces de reforma del modo de vida de los sacerdotes. Nadie ha respondido ni
comentado a las que, creo, son las páginas más importantes de nuestra
reflexión, las que atañen a la renuncia necesaria a los bienes materiales por
parte de los sacerdotes, las que llaman a una reforma basada en la búsqueda de
santidad y la vida de oración por parte de los sacerdotes, las que invitan a
«mantenerse delante de Ti y a servirTe». El sacerdote debe ser una persona
recta, vigilante, que se mantiene firme. A todo esto, se añade la necesidad de
servir a Dios y a los hombres. Nuestro libro es espiritual, teológico y
pastoral, pero los medios y unos cuantos autoproclamados expertos lo han
convertido en una lectura política y dialéctica. Ahora que las polémicas
estériles se han disipado, ¿podríamos leerlo de verdad? ¿Podríamos discutir
pacíficamente?
Por supuesto, he sufrido mucho en ese periodo, me
han afectado mucho los ataques contra Benedicto XVI. Pero en el fondo, lo que
más me ha herido ha sido constatar hasta qué punto el odio, la sospecha y la
división han penetrado en la
Iglesia sobre una cuestión tan fundamental y capital para la
supervivencia del cristianismo: el celibato sacerdotal.
El gran ausente a las reacciones ha sido Benedicto
XVI. ¿Sabe cómo se ha sentido durante ese periodo?
Profundamente apenado. Sin embargo, ha asumido su
sufrimiento, en el silencio, en la oración y el ofrecimiento de él mismo para
la santificación de la
Iglesia.
En su exhortación postsinodal, el papa Francisco
ni siquiera ha abordado la cuestión del celibato de los sacerdotes. ¿Está usted
satisfecho?
El papa Francisco ha sido fiel a sí mismo y a los
tesoros de la Iglesia.
Mucho antes de que tuviera lugar el sínodo sobre la Amazonia había afirmado:
«Prefiero dar mi vida que cambiar la ley del celibato». Con Benedicto XVI hemos
escrito este libro sin saber si la exhortación apostólica se publicaría antes o
después. Nuestra reflexión ha querido ser autónoma, sin ningún vínculo con las
conclusiones del sínodo. La hemos escrito en un espíritu de profunda obediencia
filial al Santo Padre. Nuestro deseo era cumplir con nuestro deber de obispos:
aportar al papa y a nuestros hermanos en el episcopado una reflexión tranquila y
madura, en la oración. En cuanto salió de la imprenta hice entrega de este
libro al Santo Padre. Nuestro deseo era apoyar a los sacerdotes quebrantados y
heridos por el cuestionamiento del sacerdocio. Todos los días recibo
testimonios sorprendentes de sacerdotes y obispos que me dicen cuánto les han
consolados esas líneas, que les llevan a los fundamentos de su vida sacerdotal
entregada por la Iglesia.
¿Diría usted, entonces, que algunos han tenido la
tentación de utilizar la
Amazonia como pretexto para hacer reivindicaciones ideológicas?
Al día siguiente de la publicación de la
exhortación apostólicaQuerida Amazonia del papa Francisco, algunos
prelados manifestaron su decepción y su desprecio. No estaban preocupados por
los pueblos de la Amazonia ,
sino decepcionados porque la
Iglesia , según ellos, debería haber aprovechado dicha ocasión
para ponerse al mismo nivel que el mundo moderno. En ese momento vimos que la
cuestión del Amazonas había sido instrumentalizada. Se había utilizado las
dificultades de los pobres para promover proyectos ideológicos. Tengo que
confesar que ver tal cinismo me entristece profundamente. En lugar de trabajar
para hacer descubrir a los pueblos de la Amazonia la hondura y la riqueza únicas de la
persona de Jesucristo y de su mensaje de salvación, lo que se quería era
“amazonizar” a Jesucristo adhiriéndole a las creencias y prácticas de los
indígenas del Amazonas, proponiéndoles un sacerdote a escala humana adaptado a
su situación. Los pueblos de la
Amazonia , como los de África, necesitan un Cristo
crucificado, «escándalo para los judíos, necedad para los gentiles», verdadero
Dios y verdadero hombre, que ha venido para salvar a los hombres marcados por
el pecado, dándoles la Vida
y reconciliándolos entre ellos y con Dios, haciendo la paz por la sangre de su
Cruz. Él viene a salvar a cada hombre profundamente marcado por el pecado.
¿Cómo analizar la tendencia a oponerse a las
corrientes, es decir, a otros hombres, en el seno de la Iglesia ? Cuando salió el
libro, hubo quien incluso dijo que era una “guerra de papas”…
Me apena y entristece. Esta enfermedad que
consiste en reducir a la
Iglesia a un campo de batalla político acaba extendiéndose a
los fieles y al clero mismo. En los medios de comunicación y las redes
sociales, cada uno comenta, juzga y, a veces, condena o insulta. Esta actitud
está causada por un enfoque naturalista. Muchos no ven que la Iglesia es, ante todo, un
misterio. Es la continuación en la tierra de la presencia de Cristo. La Iglesia debe ser el lugar
de la caridad, de la comunión y de la unidad en la fe. Si no encontramos de
nuevo un poco de bondad, Cristo no estará en medio de nosotros y la Iglesia será infecunda. Si
el odio, la sospecha y el resentimiento se filtran entre nosotros, moriremos.
¿Cómo podemos ser creíbles si entre nosotros no hay un mínimo de caridad? ¿Cómo
podemos ser creíbles si no sabemos pedirnos mutuamente perdón?
La unidad de la Iglesia está basada, ante todo, en la oración. Si
no rezamos juntos, siempre estaremos divididos. Me gustaría que los sínodos
fueran, más que nada, tiempos de oración común y no un campo de batalla
ideológico o político. Me gustaría que la vida de la curia romana estuviera
marcada, sobre todo, por una vida común de oración y adoración. Me gustaría que
la vida de toda la Iglesia
fuera, ante todo, una vida de oración común. Estoy convencido de que la oración
es nuestro primer deber como sacerdotes. De la oración nacerá la unidad. De la
oración surge la verdad.
La unidad de los católicos no es un simple afecto
sentimental, sino que se funda sobre lo que tenemos en común: la Revelación que Cristo
nos ha dejado. Si cada uno depende de su opinión, su novedad, entonces la
división se extenderá por doquier. El origen de nuestra unidad nos precede. La
fe es una, es ella la que nos une. El verdadero enemigo de la unidad es la
herejía. Me asombra constatar que el subjetivismo enloquece los debates. Si
creemos en la verdad podemos buscarla juntos, podemos incluso tener debates
francos entre teólogos y nuestros corazones permanecerán apaciguados. Sabemos
que al final la verdad surgirá. Al contrario, cuando cuestionamos la
objetividad intangible de la fe, entonces todo se transforma en rivalidad entre
las personas y en luchas de poder. La dictadura del relativismo, al destruir la
confianza pacífica en la verdad revelada, impide un clima de serena caridad
entre los hombres.
Tomemos el ejemplo de la ordenación de hombres
casados. Dos tercios de los obispos del sínodo la reclaman para la Amazonia. El papa
Benedicto XVI y usted la temen…
No debemos tener miedo. La Iglesia es como la barca
de los apóstoles descrita en el Evangelio: a menudo en medio de la tempestad, a
veces al borde del naufragio, pero nunca hundida. Cristo está en la barca con
nosotros, aunque parezca que esté dormido. Deseo pedir a los cristianos que
permanezcan tranquilos y confiados. La fe no cambia, los sacramentos no
cambian. Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y siempre. La vida divina se
transmite a pesar de nuestros errores y pecados. Los sacerdotes a veces
discuten. Dios es más poderoso que nuestras mezquindades humanas. Si cada uno
defiende su opinión, su novedad, su manera de inculturar la Revelación y los
tesoros de la Tradición
de la Iglesia ,
entonces la división se extenderá por todas partes y la división se instalará
entre los fieles. Le debemos al pueblo cristiano una enseñanza clara, firme y
estable. ¿Cómo aceptar que las conferencias episcopales se contradigan? ¡Allí
donde reine la confusión, Dios no puede habitar!
La unidad de la fe supone la unidad del magisterio
en el espacio y el tiempo. Cuando se nos da una enseñanza nueva, siempre debe
ser interpretada en continuidad con la enseñanza anterior. Si introducimos
rupturas y revoluciones, rompemos la unidad que ha guiado a la Santa Iglesia a
través de los siglos. Esto no significa que estemos condenados al fijismo. Sin
embargo, toda evolución debe ser una comprensión mejor y una profundización del
pasado. La hermenéutica de la reforma en la continuidad que Benedicto XVI ha
enseñado tan claramente es una condición sine qua non de la
unidad.
Los que anuncian con gran estruendo el cambio y la
ruptura no buscan el bien del rebaño. Nuestra unidad se forjará alrededor de la
verdad de la doctrina católica. No hay otros medios. ¿Acaso hay otro regalo más
maravilloso que se pueda ofrecer a la humanidad que no sea la verdad del
Evangelio, y un sacerdocio como el que vivieron Cristo y los apóstoles?
¿Qué opina del proceso sinodal en curso en
Alemania? Algunos cardenales han denunciado el riesgo de “protestantización” de
la Iglesia
alemana. ¿Qué opina usted?
Lo que está pasando en Alemania es terrible. Da la
impresión de que las verdades de la fe y los mandamientos del Evangelio van a
ser votados. ¿Con qué derechos podemos decidir renunciar a una parte de la
enseñanza de Cristo? Sé que muchos católicos alemanes sufren por esta
situación. Como ha dicho frecuentemente Benedicto XVI, la Iglesia alemana es
demasiado rica. Con el dinero sentimos la tentación de hacerlo todo: cambiar la Revelación , crear otro
magisterio, una Iglesia que ya no es una, santa, católica y apostólica, sino
alemana. El riesgo para ella es creerse una institución del mundo. ¿Cómo no
acabar, entonces, pensando como el mundo? Me gustaría invitar a mis hermanos
alemanes a hacer la experiencia de la pobreza, a renunciar a las subvenciones
del Estado. Una Iglesia pobre no tendrá miedo de la radicalidad del Evangelio.
Creo que, a menudo, nuestro vínculo con el dinero o el poder secular nos
convierte en timoratos o cobardes a la hora de anunciar la buena nueva. Detrás
de este combate se plantea la cuestión de la naturaleza sobrenatural de la fe.
Ser cristiano no es solo un complemento espiritual a una vida secular, un
aspecto del desarrollo personal del que son amantes los hombres contemporáneos
estresados. Ser cristiano es dejar que Dios mismo haga irrupción en nuestra
vida y nos cambie. No mercadeamos con el conjunto de creencias y prácticas
espirituales. Recibimos íntegra y totalmente el acontecimiento sobrenatural de la Revelación divina, que
se impone a nosotros, que transforma nuestras vidas.
Respecto a las cuestiones internas de la Iglesia , existe hoy en día
una serie de debates. El papa Francisco ha declarado que no tiene miedo a un
cisma. ¿Usted tampoco? ¿Cómo conseguir la unidad?
La unidad solo es posible si se da prioridad a la
oración y la adoración. Juntos aprenderemos la fidelidad total a la doctrina
católica vivida en la caridad más grande.
Vivimos una crisis profunda. Pero esta crisis es,
primero de todo, una crisis de fe y una profunda crisis del sacerdocio. Los
crímenes abominables cometidos por sacerdotes son el síntoma más aterrador.
Cuando Dios no está en el centro, cuando la fe no determina la acción, cuando
ya no es lo que nos guía, cuando ya no irriga la vida de los hombres, entonces
delitos como esos son posibles. Como dice Benedicto XVI: «¿Por qué la pedofilia
ha alcanzado tal proporción? En el fondo, la razón es la ausencia de Dios».
Efectivamente, hemos formado a sacerdotes sin enseñarles que el único pilar de
su vida es Dios, sin hacerles experimentar que su vida solo tiene sentido a
través de Dios y por Dios. Privados de Dios, solo les ha quedado el poder.
Algunos se han hundido en la lógica diabólica del abuso de autoridad y los
crímenes sexuales. Si un sacerdote no hace experiencia a diario de que no es
más que un instrumento, entonces corre el riesgo de embriagarse con una
sensación de poder. Si la vida de un sacerdote no es una vida consagrada,
entonces corre el gran riesgo de engañarse y de desviarse.
El rostro de la Iglesia ha sido mancillado por el pecado de sus
hijos. Pero hoy aparece de nuevo el verdadero rostro de la Iglesia : resplandece en
esos sacerdotes valientes que asisten a los moribundos poniendo en peligro sus
vidas, en esos sacerdotes que llevan a su pueblo en la oración silenciosa e
íntima.
Los cristianos se han debilitado por su falta de
fe. Algunos cristianos parece que quieren privarse de esta luz. Se obligan a
mirar al mundo con ojos secularizados. ¿Por qué? ¿Es un deseo de ser aceptados
por el mundo? ¿Un deseo de ser como todo el mundo?
Me pregunto si, en el fondo, esta actitud no
esconde simplemente el miedo que nos causa el negarnos a escuchar lo que Jesús
mismo nos dijo: «Vosotros sois la sal de la tierra. […] Vosotros sois la luz
del mundo» (Mt 5, 13-14). ¡Qué responsabilidad! ¡Qué carga! Renunciar a ser la
sal de la tierra es condenar al mundo a permanecer soso y sin gusto; renunciar
a ser la luz del mundo es condenarlo a la oscuridad. ¡No somos nosotros los que
tenemos que resolverlo!
¿Qué hay que hacer?
Muchos cristianos sienten repugnancia a
testimoniar la fe o a llevar la luz al mundo. Nuestra fe es tibia, como un
recuerdo que, poco a poco, se difumina. Se convierte en una bruma fría. Y
entonces ya no nos atrevemos a afirmar que ella es la única luz del mundo. Y,
sin embargo, no tenemos que ser testimonios de nosotros mismos, sino que
testimoniamos a Dios que ha venido a nuestro encuentro y se ha revelado.
¡Ha llegado el momento de arrancar a los
cristianos del relativismo, ambiente que anestesia sus corazones y adormece el
amor! A nuestra apatía ante las desviaciones doctrinales se añade la tibieza
que se ha instalado entre nosotros. No es extraño ver errores graves en la
enseñanza de las universidades católicas, o en las publicaciones oficialmente
cristianas. ¡Nadie reacciona! Estemos atentos, un día los fieles nos pedirán
cuentas. Nos acusarán ante Dios de haberles entregado a los lobos y haber
desertado nuestra tarea de pastores que defienden a sus rebaños.
Nuestra fe condiciona nuestro amor hacia Dios.
Defender la fe es defender a los más débiles, los más humildes, permitiendo que
amen a Dios de verdad. Está en juego la salvación de las almas, de las nuestras
y de las de nuestros hermanos. El día en que ya no ardamos de amor por nuestra
fe, el mundo morirá de frío puesto que estará privado de su bien más precioso.
¿Quién se alza hoy en día para anunciar a las
ciudades de Occidente la fe que están esperando? ¿Quién se alza para anunciar
el Evangelio a los musulmanes? Buscan la fe sin saberlo. Se convierten al islam
porque Occidente les ofrece, como única religión, la sociedad de consumo. ¡No
podemos llamarnos creyentes y vivir, en práctica, como ateos!
Usted está en el corazón de la Iglesia y de su centro de
toma de decisiones, el Vaticano. ¿Qué opina sobre la Iglesia , hoy?
El centro de la Iglesia no es la administración vaticana. El
centro de la Iglesia
está en el corazón de cada hombre que cree en Jesucristo, que reza y adora. El
centro de la Iglesia
está en el corazón de los monasterios. El centro de la Iglesia está, sobre todo,
en cada tabernáculo porque Jesús está presente. No podemos juzgar a la Iglesia con criterios
mundanos. Las encuestas no tienen nada que ver con ella. La Iglesia no está para
influir en el mundo. La
Iglesia repite las palabras de Jesús: «Yo para esto he nacido
y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que
es de la verdad escucha mi voz» (Jn 18, 37). Los cristianos siempre serán
indignos de esta misión, pero la
Iglesia siempre estará allí para testimoniar a Cristo.
Publicado por Charlotte d’Ornellas en Valeurs Actuels.
Traducción de Verbum Caro para InfoVaticana.
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