BLOG OFICIAL DE LA HERMANDAD Y COFRADÍA DE NAZARENOS DE LAS SAGRADAS CINCO LLAGAS DE CRISTO, NUESTRO PADRE JESÚS DE LA VÍA-CRUCIS Y MARÍA SANTÍSIMA DE LA ESPERANZA
Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Jerez de la Frontera

martes, 31 de mayo de 2022
domingo, 29 de mayo de 2022
sábado, 28 de mayo de 2022
Falleció el cardenal Sodano, secretario de Estado de dos Papas
Anoche falleció
el cardenal Angelo Sodano, a los 94 años, quien desde hacía tiempo estaba
ingresado en el Hospital Columbus-Gemelli de Roma tras haber contraído
Covid-19. Como secretario de Estado, dirigió la diplomacia vaticana en
mediaciones internacionales e iniciativas de paz durante 15 años.
Fuente: Vatican News
El cardenal Angelo Sodano, decano emérito del Colegio cardenalicio,
secretario de Estado de San Juan Pablo II y de Benedicto XVI, falleció anoche
en Roma a la edad de 94 años. El purpurado, que padecía neumonía, se encontraba
ingresado en el Hospital Columbus-Gemelli desde la noche del 9 de mayo, tras
dar positivo al Covid-19.
El cardenal Sodano fue secretario de Estado del Vaticano de 1991 a 2006
y decano del Colegio cardenalicio de 2005 a 2019. Era el segundo de seis hijos.
Había nacido en Isola d'Asti, en la región italiana de Piamonte, el 23 de
noviembre de 1927.
Sus padres, Giovanni y Delfina Sodano, pertenecían a una familia rural
piamontesa que realizó notables aportaciones a la vida de la Iglesia y del
Estado. Su padre también fue diputado al Parlamento italiano de 1948 a 1963,
durante tres legislaturas. El joven Angelo completó sus estudios filosóficos y
teológicos en el seminario episcopal de Asti, mientras en Roma obtuvo su doble
titulación: en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana y en derecho
canónico en la Pontificia Universidad Lateranense.
El 23 de septiembre de 1950 fue ordenado sacerdote en la catedral de
Asti. La enseñanza de la teología dogmática y el apostolado entre los jóvenes
estudiantes caracterizaron los primeros años de su ministerio. En 1959 fue
llamado por el cardenal Angelo dell'Acqua, entonces sustituto de la Secretaría
de Estado, al servicio de la Santa Sede. Asistió a los cursos de la Pontificia
Academia Eclesiástica, y luego fue destinado a las nunciaturas apostólicas de
Ecuador, Uruguay y Chile, como secretario de nunciatura. En 1968 regresó a
Roma, donde trabajó durante una década en el Consejo para los Asuntos Públicos
de la Iglesia. Como miembro de las Misiones de la Santa Sede, visitó Rumanía,
Hungría y Alemania del Este.
El 30 de noviembre de 1977, San Pablo VI lo nombró arzobispo titular de
Nova di Cesare y nuncio apostólico en Chile. Unas semanas más tarde, el 15 de
enero de 1978, recibió la ordenación episcopal de manos del cardenal Antonio
Samorè en la Colegiata de San Secondo de Asti. Trabajó en el país sudamericano
durante diez años: visitó casi todas las diócesis y colaboró en la conclusión
exitosa de la mediación pontificia entre Chile y Argentina.
En 1988, San Juan Pablo II lo llamó para sustituir al cardenal Achille
Silvestini en el cargo de secretario del entonces Consejo para los Asuntos
Públicos de la Iglesia. Un año más tarde, cuando entró en vigor la Constitución
Apostólica Pastor Bonus, Sodano asumió el título de secretario para
las Relaciones con los Estados, dedicándose en particular a la Comisión
Pontificia para Rusia, de la que era presidente.
Representó a la Santa Sede en diversas reuniones internacionales, como
las de los ministros de Asuntos Exteriores de la Conferencia de Seguridad y
Cooperación en Europa. En diciembre de 1990 asumió el cargo de pro-secretario
de Estado, convirtiéndose en secretario de Estado el 29 de junio de 1991, un
día después de ser creado cardenal. En el 2002 fue elegido vicedecano del
Colegio de cardenales. Sus títulos cardenalicios fueron los de Santa Maria
Nuova, in commendam desde 1991; de la iglesia suburbicaria de Albano, desde el
10 de enero de 1994 y de la iglesia suburbicaria de Ostia, desde el 30 de abril
de 2005.
Participó en el cónclave que eligió a Benedicto XVI en el 2005, quien,
apenas subió al trono papal, el 30 de abril de 2005, lo reconfirmó como
secretario de Estado y aprobó su elección como decano del Colegio cardenalicio,
cargo que hasta entonces ocupaba el propio cardenal Joseph Ratzinger. Unos
meses después, el Papa aceptó su renuncia al cargo de secretario de Estado y le
sucedió el cardenal Tarcisio Bertone.
En el 2019 Francisco aceptó la renuncia del cardenal Sodano del cargo
de decano del Colegio cardenalicio. Previamente, por designación pontificia,
participó en el 2014 en la III Asamblea General Extraordinaria del Sínodo de
los Obispos sobre "Los desafíos pastorales sobre la familia en el contexto
de la evangelización" y un año después en la XIV Asamblea General
Ordinaria sobre "La vocación y la misión de la familia en la Iglesia y en
el mundo contemporáneo".
Con el fallecimiento del cardenal Angelo Sodano, el Colegio
cardenalicio queda formado por 208 cardenales, de los cuales 117 son electores
y 91 no electores.
domingo, 22 de mayo de 2022
viernes, 20 de mayo de 2022
jueves, 19 de mayo de 2022
Se suspenden los rezos semanales del día de hoy
Ante la altísima incidencia de casos de
covid y gripe A entre los miembros de nuestra corporación, quedan suspendidos
los rezos de hoy jueves. La próxima semana, D.M., podremos reunirnos de nuevo
en torno a nuestros Sagrados Titulares.
martes, 17 de mayo de 2022
domingo, 15 de mayo de 2022
miércoles, 11 de mayo de 2022
El pasado jueves día 5 celebramos Santa Misa de acción de gracias cuya íntegra homilía del padre Santiago Gassín compartimos con todos los hermanos
¡Alabado
sea Jesucristo!
A Dios
se le deben dar gracias siempre y en todas partes. La Sagrada Escritura nos
exhorta a la gratitud en todas sus páginas: “¿cómo podré pagar al Señor todo
el bien que me ha hecho?” reza el Salmo 115. Y San Pablo nos recuerda con
frecuencia: “Dad gracias siempre por todo a nuestro Dios y Padre, en nombre
de Nuestro Señor Jesucristo.” A los Filipenses escribirá: “Por nada os
inquietéis, sino que en todo tiempo, en la oración y en la plegaria, sean
presentadas a Dios nuestras peticiones acompañadas de acción de gracias”
(Flp. 4,6).
Queridos
hermanos, esta tarde estamos aquí celebrando esta Santa Misa, precisamente,
dando gracias a Dios. Alguno podría quizá, pensar, con criterios humanos que
este año no se debería celebrar esta Misa porque no tenemos motivos para dar
gracias a Dios y estaría errando. Porque, ¡claro que tenemos que dar gracias,
en todo y por todo! Porque, como dice
San Pablo, todo es para bien de los que aman al Señor, aunque a veces no lleguemos
a comprender cómo puede ser esto. Afirmaba el gran San Agustín comentando este
pensamiento de San Pablo: “A los que aman a Dios, todo contribuye para su
mayor bien: Dios endereza absolutamente todas las cosas para su provecho, de
suerte que aún a quienes se desvían y extralimitan, les hace progresar en la
virtud. Porque se vuelven más humildes y experimentados… las aflicciones y
tribulaciones que a veces sufrimos nos sirven de advertencia y corrección”.
¿Qué hemos
de hacer, pues, en las dificultades?
Sacar provecho
de ellas, aprender y con la ayuda de Dios y ayuda mutua, fraterna, sostenida
por la fe y la caridad, superarlas y dar gracias a Dios.
Permitidme,
por favor, que os diga no sólo como sacerdote, sino también como cofrade – que lo
soy desde niño porque así lo aprendí en esta tierra nuestra-, que en el mundo
de las hermandades y cofradías y, desgraciadamente, también en todos los ámbitos
de la Iglesia, corremos el riesgo muchas veces de interpretar problemas,
situaciones, dificultades, con criterios y actitudes meramente humanos, como si
se tratara de una entidad civil, de una asociación de vecinos, de un partido
político. Nos olvidamos de iluminar las situaciones con la luz de la fe, a la
luz del Evangelio, para dejar que entren por las rendijas del alma y de la Hermandad
los criterios mundanos, o sea, que, en lugar de iluminarlo todo con la fe y de
impregnar nuestras palabras y obras con la caridad de Cristo, le seguimos el
juego al maligno, que es el padre de la mentira y de la división.
Nos olvidamos
de que estamos aquí para dar culto al Señor y a Nuestra Madre Santísima, con la
estación de penitencia, pero también con los cultos litúrgicos anuales, con el
testimonio de una vida santa y cristiana, iluminada y sostenida por unos principios
morales y de virtud inspirados en el Evangelio y la doctrina perenne de nuestra
Madre la Iglesia.
En estas
ocasiones cada cual hemos de hacer examen de conciencia y, puesto que todo es
para bien de los que aman al Señor, como dice San Pablo, nuestra mayor preocupación
ha de ser que todos y cada uno de nosotros nos encontremos en el grupo de los
que aman al Señor. Ese Señor que, como recuerdo de su Dolorosa Pasión habiendo
resucitado íntegramente, conserva, sin embargo, en su Cuerpo glorioso únicamente
cinco perlas preciosas, cinco rubíes resplandecientes, como cinco estrellas
rutilantes cuyo fulgor no se apaga (sus Cinco Llagas): cinco trofeos de su victoria
sobre la muerte, el demonio y el pecado.
Esas Cinco
Llagas que nos recuerdan que, en las contrariedades de la vida, Él lo sigue
dando todo por nosotros, porque nos sigue amando infinitamente y comprende
nuestra debilidad. Esas Cinco Llagas que están recordándole constantemente a
Dios Padre el precio que su Hijo pagó por nuestro rescate. Demos gracias a Dios
por esas Cinco Llagas que besaría con tanta delicadeza y amor María Santísima
Nuestra Madre y Nuestra Esperanza. Ella nos guía a puerto seguro en todas las
tempestades de la vida, en la que habéis vivido como hermandad y en las que
cada uno tiene que ir navegando a lo largo de los años.
No quisisteis
dejarla sola. Tampoco ella os abandonará. Es posible que, por habernos fijado
demasiado en las dificultades, asome a veces la desesperanza o el cansancio en
la lucha. Sois herederos de una preciosa tradición que es también vida. Es el
momento de recurrir a María, invocando su nombre. Y lo hacemos concluyendo con
una preciosa exhortación de San Bernardo, cantor de la Virgen: “Si se
levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas con los escollos de la
tentación, mira a la estrella, llama a María. Si te agitan las olas de la soberbia,
de la ambición o de la envidia, mira a la estrella, llama a María. Si la ira,
la avaricia o la impureza impelen violentamente la nave de tu alma, mira a
María. Si turbado con la memoria de tus pecados, confuso ante la fealdad de tu
conciencia, temeroso ante la idea del juicio, comienzas a hundirte en la cima
sin fondo de la tristeza o en el abismo de la desesperación, piensa en María. En
los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María. No
se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón y para conseguir su
ayuda intercesora no te apartes tú de los ejemplos de su virtud. No te
descaminarás si la sigues, no desesperarás si le ruegas, no te perderás si en Ella
piensas. Si Ella te tiene de su mano, no caerás; si te protege, nada tendrás
que temer; no te fatigarás si es tu guía; llegarás felizmente al puerto si Ella
te ampara”. Así sea.
domingo, 8 de mayo de 2022
Evangelio y comentario
Fuente: ALFA Y OMEGA
IV
Domingo de Pascua (ciclo C)
El
centro de la misión
En este tiempo pascual contemplamos de
una manera especial a Jesús resucitado: Él es el Cordero que fue inmolado en la
cruz (cf. Ap 5, 6-12), pero con la Resurrección ha llegado a ser
Pastor, que guía a su rebaño y alimenta a sus ovejas a través de nuevos
pastores elegidos y entregados por Él. Jesús es el Viviente que, como «Pastor
de los pastores» (1 Pe 5, 4), está entre el Padre –del cual es Hijo–, y
los creyentes en Él, su querida manada
El cuarto domingo de Pascua es conocido
tradicionalmente como el domingo del Buen Pastor, porque el Evangelio que se
proclama es siempre una parte del capítulo 10 de Juan, el discurso que Jesús
pronuncia proclamándose el Buen Pastor. El Evangelio de
este domingo es un pasaje corto, pero importante. Se sitúa en el horizonte de
dos grandes fiestas judías: los Tabernáculos (cf. Jn 7,
1-10, 21) y la Dedicación (cf. Jn 10, 22-39). En un momento significativo, en
las inmediaciones del templo de Jerusalén, Jesús se arroga el sacerdocio, el
pastoreo divino. La fiesta de los Tabernáculos (cf. Lv 23,
15-21) recordaba también la consagración del templo por Salomón, se celebraba
en otoño, y era una fiesta popular, llena de luces y luminarias. Sin embargo,
la fiesta de la Dedicación se celebraba unos meses después, en invierno, con un
carácter más serio, más litúrgico, recordando la nueva consagración del templo
después de que el rey seléucida Antíoco IV Epífanes lo profanó y los macabeos
reconquistaron Jerusalén y purificaron el templo (cf. 1
Mac 4, 56-59; 2
Mac 10, 6-8). Entre esas dos fiestas, o tal vez en la primera, la
fiesta de los Tabernáculos, Jesús, mientras todo el pueblo lee solemnemente
lecturas sacerdotales, mientras se proclama el sacerdocio y el culto del
templo, Él grita: «Yo soy el Buen Pastor». Se declara sacerdote y pastor. Él
habla de la gratuidad en unos versículos antes del texto evangélico de este
domingo: «Yo no soy un asalariado» (cf. Jn 10, 11-14). Él paga con la vida su
trabajo. Porque Él es el Hijo del Padre. Porque las ovejas son suyas –son sus
hermanas, y de alguna manera sus hijas–: las conoce una a una y las quiere
entrañablemente, y las defiende del lobo a costa de su vida. No huye, da la
cara por ellas.
Jesús se declara como el verdadero
Pastor, el único y definitivo. Por parte de Jesús esto significa, en primer
lugar, conocer a las ovejas. Y conocer en el lenguaje bíblico es amar. Jesús
conoce, es decir, ama. En segundo lugar, da la vida eterna. Es decir, ese
conocimiento, ese amor, esa unión, contagia la vida eterna que Él posee. Y es
el Pastor que conduce hacia el Padre.
¿Y qué supone esta proclamación de Jesús
por parte de las ovejas? En primer lugar escuchar. Ellas reconocen y escuchan
(«Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor», Dt 6,
4). En segundo lugar, le siguen, van tras Él, no lo abandonan. Y en tercer
lugar, no dejan que nadie las arrebate de su mano. Son sus ovejas, se las ha
entregado el Padre, no las ha escogido Él. No se dejan arrebatar, porque son
del Señor y se las ha dado el Padre.
Meditemos en este domingo sobre el Buen
Pastor, y pidámosle vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada: elegidos
por Él, consagrados por el Espíritu Santo, para pastorear y enriquecer al
pueblo cristiano. El Buen Pastor, Jesucristo, es el Sacerdote eterno. Y por eso
es el Pastor definitivo que nos conduce al Padre. Él es nuestro Pastor
(cf. Sal 23), que nos guía incluso por valles de tinieblas,
sufriendo esa oscuridad de la noche con nosotros, con tal de que no nos
perdamos y de que lleguemos al Padre. Como pastor y sacerdote, Él ejerce su
misión intercediendo por nosotros, porque Él es el mediador (cf. 1
Tim 2, 5; Hb 8,
6-7).
El Buen Pastor dirige, conduce, habla,
mediante sus amigos íntimos, elegidos, a los que ha dado el Espíritu, los ha
ungido, y los ha constituido ministros sacerdotales de su sacerdocio, pastores
en Él. Los sacerdotes son los amigos íntimos del Pastor, colaboradores ungidos
por el Espíritu en su pastoreo. ¡Qué bonita es la vida del pastor cuando
entiende en qué consiste el pastoreo! ¡Qué felicidad colaborar con el Señor, y
tener cada vez más intimidad con Jesús a través de la misión pastoral!
Este domingo del Buen Pastor es un día
para orar por las vocaciones sacerdotales y por los sacerdotes: por su
fidelidad, por su santidad, para que el Espíritu Santo los proteja de esas
grandes tentaciones en momentos difíciles que pueden romper la Iglesia y
escandalizar, creando odio en el mundo. Valoremos el servicio pastoral de los
sacerdotes, recemos por las vocaciones al sacerdocio, y agradezcamos a los
jóvenes que, a pesar de todo, se atreven a dar este paso con nobleza, con
limpieza de corazón y con generosidad.
JUAN ANTONIO RUIZ RODRIGO
Director de la Casa de Santiago
de Jerusalén
Evangelio
En aquel tiempo, dijo Jesús: «Mis ovejas
escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida
eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Lo que mi
Padre me ha dado es más que todas las cosas, y nadie puede arrebatar nada de la
mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno».
Juan 10, 1-6
sábado, 7 de mayo de 2022
miércoles, 4 de mayo de 2022
domingo, 1 de mayo de 2022
Evangelio y comentario
Fuente: ALFA Y OMEGA
III
Domingo de Pascua (ciclo C)
El
centro de la misión
La escena que se narra en el Evangelio
de este domingo tiene lugar en el lago Tiberíades, donde los apóstoles han
buscado refugio después de todos los acontecimientos acaecidos con Jesús,
especialmente su Pasión y su muerte. Los apóstoles viven momentos de
incertidumbre, sin saber muy bien qué camino tienen que tomar.
Dado que varios de ellos eran pescadores
no es de extrañar que vuelvan a un lugar y una actividad que les ofrece
seguridad. En aquel mismo lugar, un tiempo atrás, cuatro de ellos habían vivido
un encuentro especial con Jesús y este les había llamado a ser sus discípulos
(Mt 4, 18-22; Mc 1, 16-20; Lc 5, 1-11). Respondieron con generosidad porque
sintieron en lo hondo de su ser que aquello era algo bello por lo que merecía
la pena dejarlo todo.
Ahora, siete de los apóstoles han vuelto
al lago y han echado las redes al mar, «pero aquella noche no pescaron nada».
Echar las redes es su modo de vivir y saben hacerlo; tienen experiencia, pero
aquella noche no han tenido éxito. Se les ha echado encima el amanecer y, a
pesar del agotamiento, todavía están intentando pescar algo. En ese momento
aparece una persona en la orilla, a la que no logran reconocer porque está a un
centenar de metros de distancia. Les hace una pregunta: «Muchachos, ¿no tenéis
nada que comer?». Jesús sabe bien que no tienen pescado, pero pregunta. Es algo
evidente. Sin embargo lo que Jesús busca es poner de manifiesto que aquello en
lo que los discípulos están poniendo su seguridad no puede saciar su hambre de
felicidad.
La acción se sitúa en la noche, que ya
está a punto de amanecer, aunque todavía es noche. En esa noche donde se
experimenta la impotencia y la inutilidad. Y ahí es donde se oye la llamada del
Señor: «Echad las redes a la derecha de la barca». Les está pidiendo que
cambien de dirección, que salgan de sus inercias, de lo fácil, de lo
acostumbrado. ¿Acaso la barca no se ha movido hacia todos los lados durante la
noche? ¿Acaso los peces han girado conforme ellos giraban? Pero a pesar de todo
los apóstoles siguieron la sugerencia y echaron las redes a la derecha. ¿Qué
ocurrió? «Echaron la red y no podían arrastrarla por la abundancia de peces».
«Simón Pedro sacó la red a tierra, llena de peces grandes: ciento cincuenta y
tres». El número es significativo porque en los bestiarios de la época griega
se indicaba que en el mar Mediterráneo había precisamente 153 clases de peces
diferentes. Es un número que simboliza, por tanto, la totalidad. Hemos pasado
de la nada a la plenitud.
En el mismo lugar, sirviéndose de las
mismas redes que antes, ahora los apóstoles obtienen frutos abundantes de
pesca. De no tener nada, de utilizar las redes para simplemente sobrevivir, los
apóstoles han pasado a tener pescado en abundancia. ¿Qué ha cambiado? Sencillamente
que ahora Cristo está presente y ellos, siguiendo su voz, han obrado de otro
modo con los mismos instrumentos.
También nosotros, sin cambiar de lugar,
con las mismas redes en las que apoyamos nuestra existencia, pero usadas de
otro modo, nuestra vida puede tener un sabor diferente. Esa persona de la que
quizás no estemos contentos nos puede llenar de gozo; ese estudio o trabajo que
nos produce hastío nos puede ayudar a realizarnos; la historia de nuestra
relación con la familia, quizás jalonada de momentos muy oscuros, puede ser
fuente de paz… Solo tenemos que obedecer a Cristo y lanzar las redes a la
derecha, en otra dirección.
¿Quién ordena a los apóstoles que echen
las redes a la derecha? ¿Quién los espera en la orilla con pan y pez, es decir,
con el banquete –o sea, con la Eucaristía–? Jesús resucitado, el Señor. El
centro de los discípulos es comer su cuerpo, su carne, y beber su sangre (cf.
Jn 6).
El discípulo amado –no Pedro– es el
primero que reconoce al Señor. Aunque Juan 21 –que es el epílogo de todo el
Evangelio– se centra en el pastoreo de Pedro, sin embargo el primero que
contempla y adora es el discípulo amado. Y desde el amor se va a plantear la
misión de Pedro, desde una dimensión muy honda. En ese diálogo con Pedro, Jesús
no le pregunta si le gusta el pastoreo, si le interesan las ovejas. Pedro tiene
sus intereses, sus limitaciones. Pero hay un eje del que se deriva la vocación
de Pedro, la llamada de Jesús, y la vocación de todo cristiano en este momento
de la historia: «¿Me amas más que estos?», es decir, ¿has dado un paso adelante
en tu vinculación conmigo, en tu reconocimiento afectivo, en la hondura de tu
amor? Porque solo nuestra unión con el Señor servirá para que Él pueda
pronunciar nuestro nombre, para que pueda encargarnos de alguna dimensión de la
evangelización y de la pastoral cristiana, para que colaboremos con Él en
apacentar este mundo. Ese es el centro.
JUAN ANTONIO RUIZ RODRIGO
Director de la Casa de Santiago
de Jerusalén
Evangelio
En aquel tiempo, Jesús se apareció otra
vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera:
estaban juntos Simón Pedro, Tomás, apodado el Mellizo; Natanael el de Caná de
Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. Simón Pedro les dice: «Me
voy a pescar». Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo». Salieron y se
embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando
Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.
Jesús les dice: «Muchachos, ¿tenéis pescado?». Ellos contestaron: «No». Él les
dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis». La echaron, y no
podían sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo a quien Jesús amaba
le dice a Pedro: «Es el Señor». Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que
estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se
acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos doscientos
codos, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con
un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice: «Traed de los peces que acabáis
de coger». Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red
repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se
rompió la red. Jesús les dice: «Vamos, almorzad». Ninguno de los discípulos se
atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se
acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Esta fue la tercera vez
que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos.
Juan 21, 1-14