BLOG OFICIAL DE LA HERMANDAD Y COFRADÍA DE NAZARENOS DE LAS SAGRADAS CINCO LLAGAS DE CRISTO, NUESTRO PADRE JESÚS DE LA VÍA-CRUCIS Y MARÍA SANTÍSIMA DE LA ESPERANZA
Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Jerez de la Frontera

domingo, 28 de mayo de 2017
Con flores a la Esperanza Franciscana
Evangelio y comentario
Fuente: ALFA Y OMEGA
La Ascensión del Señor guarda una estrecha relación con la Resurrección. Pascua ,
Ascensión y Pentecostés corresponden a la única obra de salvación que el Señor
nos comunica. El subir no tiene la connotación local o
geográfica, sino que se trata de un símbolo de la glorificación plena del Señor
Resucitado. En los discursos de despedida, Jesús subraya la importancia de su
regreso al Padre, como punto culminante de su misión. En la conclusión del
Evangelio de Mateo se pone de manifiesto que la finalidad de toda la obra de
Jesús es la salvación del hombre, es decir, llevar al hombre a Dios. Pero esa
misión no se realiza únicamente mediante la transmisión de una doctrina
excelente o de una sabiduría nunca antes vista. Ciertamente, el Señor es un
maestro que enseña a sus discípulos, pero al mismo tiempo toca la realidad del
hombre y actúa como un pastor que acerca a las ovejas al redil. Por eso, para
acercarnos al Padre no nos indica simplemente cómo hacerlo, sino que su propia
vida nos lo muestra, viviendo personalmente este camino por nosotros. Por
nosotros descendió del cielo y por nosotros asciende ahora a él, tras haberse
hecho semejante a los hombres y haber sido humillado hasta la muerte de cruz.
El máximo abajamiento contrasta con la plenitud de gloria que el Señor recibirá
tras la
Resurrección. Pues bien, la contemplación del itinerario de
abajamiento y exaltación de Jesús permite comprender que nuestra vida no se
dirige inexorablemente hacia el dolor, el sufrimiento y la muerte como destino
último. Y este es el fundamento de la esperanza cristiana. Hablamos de
esperanza porque tenemos un modelo claro en Jesucristo. Tenemos la esperanza de
llegar al lugar adonde el Señor ha subido. Así lo dice la oración primera de la Misa del día: «La Ascensión de Jesucristo,
tu Hijo, es ya nuestra victoria, y adonde ya se ha adelantado gloriosamente
nuestra Cabeza, esperamos llegar también los miembros de su cuerpo». Esto
implica que Cristo, como cabeza de la Iglesia , tiene autoridad sobre todo. De aquí nace
la esperanza del cielo y también de la misión que realizamos en la tierra. El
Evangelio lo afirma cuando el Señor dice: «Se me ha dado todo poder en el cielo
y en la tierra».
VII Domingo de Pascua. Solemnidad de la Ascensión del Señor
(ciclo A)
«Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra»
La misión apostólica
En virtud de su poder, Jesús envía a los apóstoles en
misión por todo el mundo, asegurándoles su presencia todos los días, hasta el
fin del mundo. El motivo que domina las lecturas de hoy es el anuncio que han
de llevar a cabo los apóstoles hasta los confines de la tierra, contando con la
asistencia del Espíritu Santo. Esto significa que la Ascensión del Señor no
es únicamente un acontecimiento digno de ser contemplado con admiración. Las
palabras del Evangelio incluyen un mandato, que comienza por «id y haced
discípulos a todos los pueblos». La historia testimonia que los apóstoles y sus
sucesores los obispos, apoyados en el poder de Jesús han proseguido por todo el
orbe la tarea, iniciada por Jesucristo, de hacer discípulos a todos los pueblos
«bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,
enseñándoles a guardar todo lo que os he enseñado».
Hasta el final de los
tiempos
Resulta reconfortante oír del Señor «yo estoy con vosotros
todos los días, hasta el final de los tiempos». De este modo, la Ascensión ni aleja a
Jesús de nosotros ni impide su presencia en su Iglesia, sino que lleva a sus
últimas consecuencias cuanto significa el nombre de Emmanuel, Dios-con-nosotros.
El Señor nos acompaña, pues, en todos los momentos de nuestra vida, y,
especialmente cuando dirigimos nuestra oración litúrgica, Él intercede por
nosotros ante el Padre, con la fuerza del Espíritu Santo. Esto significa
concluir las oraciones «Por Jesucristo, Nuestro Señor»: orar al Padre por
mediación de Jesucristo. Es especialmente alentador, asimismo, oír estas
palabras de Jesús en los momentos y lugares en los que la Iglesia es perseguida.
Durante los 2.000 años de cristianismo han sido muchos los cristianos que,
llegado el momento de la persecución, de la prueba y del martirio, han podido
rememorar esta promesa del Señor, que perdura a través de los siglos.
Ciertamente, puede extrañarnos el modo en el que el Cristo ejerce el poder,
puesto que no interviene para impedir la persecución a sus fieles. Sin embargo,
a pesar de la prueba, podemos estar seguros de que tenemos siempre con nosotros
a quien ha vencido al mal, al pecado y a la muerte.
Daniel A. Escobar Portillo
Delegado episcopal de Liturgia Adjunto de Madrid
Delegado episcopal de Liturgia Adjunto de Madrid
Evangelio
En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea,
al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero
algunos dudaron. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: «Se me ha dado todo poder
en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos,
bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo;
enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con
vosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos».
Mateo 28, 16-20
domingo, 21 de mayo de 2017
Ofrenda floral a María Santísima de la Esperanza con motivo del mes de la Virgen
Nueva jornada de FORMACIÓN AFECTIVO-SEXUAL los próximos días 2 y 3 junio
Es necesaria la inscripción, aunque no conlleva ningún
coste. Toda la información en la web
www.familiayvidajerez.org
Evangelio y comentario
Fuente: ALFA Y OMEGA
VI Domingo de Pascua (ciclo
A)
El anuncio de otro Paráclito
A pesar de que quedan varios días para celebrar el día de
Pentecostés, la liturgia nos prepara ya para esta solemnidad. Todas las
lecturas aluden a la presencia del Espíritu Santo. En la primera, los apóstoles
Pedro y Juan se dirigen a Samaría para imponer las manos a los bautizados, que
reciben de este modo el Espíritu Santo. En la segunda lectura, Pedro señala que
Jesús murió en la carne, pero ha sido vivificado en el Espíritu. De modo
especial, el Evangelio anuncia la llegada del Espíritu Santo. Jesús mismo
promete que pedirá al Padre que mande a los suyos el Espíritu, designado como
«otro Paráclito». El término paráclito equivale al latino advocatus, es decir, abogado defensor. Jesús habla de «otro»
paráclito porque el primero es él mismo, que vino con la finalidad de defender
al hombre del acusador por excelencia, que es Satanás. Jesús pronuncia este
discurso tras la Última Cena, ya que sabe que no puede quedarse para siempre
con los apóstoles, puesto que asumió una vida humana, que es limitada. Y la
asumió, sobre todo, para transformar la muerte humana en camino para la vida
eterna. Por eso, en el momento en que Cristo, tras cumplir su misión, vuelve al
Padre, este envía al Espíritu como defensor y consolador, para permanecer para
siempre con los creyentes, habitando dentro de ellos. Al ser eterno, el
Espíritu puede quedarse para siempre con todos los discípulos de Cristo.
Amar al Señor para recibir al Espíritu
De esta manera, siempre es posible mantener una relación
de intimidad entre Dios Padre y los discípulos de Jesucristo. Primero por la
mediación del Señor y más adelante por la acción y la presencia del Espíritu
Santo. Por eso dice el Evangelio: «Yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo
en vosotros». Sin embargo, esta relación no es automática. Exige de nuestra
libertad. Si Jesús era visible en cuanto hombre, no lo es el Espíritu Santo. Se
trata de una realidad interior imposible de percibir por medio de los sentidos.
Es necesario, pues, estar unidos interiormente con el
Espíritu. Por eso el Evangelio afirma que «el mundo no puede recibirlo, porque
no lo ve ni lo conoce». Cuando se habla «del mundo», el pasaje se refiere al
conjunto de las tendencias pecadoras de la humanidad, no a cuanto de bueno y
bello hay en el universo. El mal no conoce al Espíritu porque es una realidad
antagónica a él. Sin embargo, el discípulo de Cristo, quien se ha dejado
transformar por Jesús, tiene la capacidad de conocer y recibir su Espíritu. Al
comienzo del pasaje aparece la condición «si me amáis» para recibir al
Paráclito, que vuelve a repetirse al final del episodio evangélico: «El que me
ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él». El
Señor insiste en la relación entre la observancia de sus mandamientos y el amor
hacia él. Una vez más se muestra que para entrar en relación con Dios es
necesario pasar por la mediación del Hijo. Solo así es posible recibir y
comunicar todo lo que el Padre nos quiere dar.
El Espíritu Santo en la Iglesia
La llegada del Espíritu Santo no es un acontecimiento
complementario para la historia de la salvación, sino que supone la plenitud de
la Encarnación
y de la Redención ,
y se encuentra entre los contenidos de la promesa de la Nueva Alianza , hecha
por Dios a través de Jeremías y, sobre todo, de Ezequiel: «Os daré un corazón
nuevo y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón
de piedra y os daré un corazón de carne. Os infundiré mi espíritu» (Ez
36,26-27).
La presencia y la acción del Espíritu Santo en la Iglesia continúa hasta el
día de hoy. Su asistencia constante posibilita la eficacia de cualquier acción
llevada a cabo por los pastores o los miembros de la Iglesia , ya sea de
gobierno pastoral, de santificación, de enseñanza o de caridad. De hecho,
cuando decimos que la Iglesia
está viva, no lo afirmamos por utilizar un lenguaje expresivo o metafórico,
sino porque hay alguien que constantemente sigue infundiéndole su aliento. Lo
afirmamos, de hecho en el credo: «Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de
vida». De no tener presente esta realidad, corremos el riesgo de reducir a la Iglesia a una organización
más de entre las que existen en la sociedad o de reducir su actividad al fruto
de esfuerzos humanos. Cuando Jesús promete en el Evangelio a sus discípulos no
dejarlos huérfanos, les está diciendo que él estará siempre presente a través
de su Espíritu.
Daniel A. Escobar Portillo
Delegado episcopal de Liturgia Adjunto de Madrid
Delegado episcopal de Liturgia Adjunto de Madrid
Evangelio
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si me
amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro
Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no
puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis,
porque mora con vosotros y está en vosotros. No os dejaré huérfanos, volveré a
vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y
viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y
vosotros en mí y yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda,
ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me
manifestaré a él».
Juan 14, 15-21
sábado, 13 de mayo de 2017
Los secretos del éxito de Fátima
![]() |
Bendición de la primera piedra del monumento del Sagrado Corazón de Jesús, el 13 de mayo de 1931 |
Fuente: ALFA Y OMEGA
Fátima es mucho más que los tres secretos
revelados por la Virgen
a los pastorcitos videntes. Es un prodigio místico capaz de atraer a miles de
personas, católicas o no. ¿Cómo fue posible que la palabra de tres niños analfabetos
haya cambiado el curso de
«¡Ni un milagro nos puede salvar!»,
escribían los obispos en enero de 1917. En mayo, «la irrupción de lo
sobrenatural determinaría el resurgimiento católico»
Texto: Andrés Beltramo
Álvarez
Actual delegado
del Pontificio Consejo de la
Cultura , entre 1998 y 2008 el clérigo presidió la comisión
encargada de editar todos los documentos referidos a las visiones de Fátima
(1917-1930). Unos 15 tomos que incluyeron cartas, certificados, actas y
artículos a favor y en contra del fenómeno que cumplirá un siglo el próximo 13
de mayo.
Ese día el Papa
Francisco declarará santos a dos de los tres pastorcitos, los hermanos
Francisco y Jacinta Marto. Lo hará durante una Misa en la explanada del
santuario ubicado en la Cova
da Iria, el valle rural donde los videntes advirtieron por primera vez a una
mujer vestida de luz el mediodía de aquel 13 de mayo de 1917.
Pasó poquísimo
tiempo entre la primera visión de los niños y el repentino clamor popular que
produjo la noticia entre la población portuguesa. «Fue una cosa increíble: en
mayo estaban los tres, pero después, en junio, se presentaron unas 60 personas
y en octubre, para la última visión, eran ya 50.000 según los periodistas
–incluso no católicos– que estaban presentes. Todo sin que la Iglesia se moviese, algo
extraordinario», destacó Moreira Azevedo en un encuentro con periodistas en
Roma, preparatorio a la visita del Papa a Portugal.
Este asombroso
movimiento popular desbordó a la estructura eclesiástica. La Virgen anticipó a los
pequeños que sufrirían mucho, y así ocurrió. Lo primero que padecieron fue la
incomprensión de sus respectivas familias. La más escéptica fue la madre de
Lucía dos Santos que, junto con el párroco local, hizo de todo por convencer a
su hija para que volviese sobre sus pasos. Pero la niña, de 10 años, siempre
replicó: «Mamá, tú me enseñaste a ser verdadera y yo soy verdadera, porque vi».
Paradójicamente
fueron las publicaciones contrarias a la Iglesia , «masones y anticlericales», los
propagandistas más importantes de Fátima. Ellos explicaban lo que estaba
ocurriendo, mientras los periódicos católicos guardaban silencio. «Estos
decían: mientras no exista una declaración de la Iglesia sobre la veracidad
[del fenómeno], nosotros no hablamos», afirmó Moreira.
Tiempo de persecución a la
Iglesia
El contexto
histórico y eclesiástico tuvo su peso en el impacto social de las visiones. A
inicios del siglo pasado, Portugal atravesaba un periodo de inestabilidad. En
1910 cayó la monarquía y se impuso la primera república. Fue un tiempo de
persecución violenta contra la
Iglesia. La mitad de los obispos del país estaba en el
exilio. «La república era un fenómeno urbano, de una élite que no correspondía
a la mayoría de la nación», agregó el sacerdote.
Tras siete años
de tensiones y anticlericalismo, los mismos clérigos parecían haber perdido la
esperanza. Tanto que, en enero de 1917, publicaron una carta pastoral en la que
instaron a todos los fieles a involucrarse en cuestiones sociales y políticas.
Dos años antes se había fundado el partido Centro Católico, pero no lograba
cosechar el consenso de la feligresía porque se le acusaba de ser republicano.
Los prelados terminaron su carta con una expresión premonitoria: «¡Ni siquiera
un milagro nos puede salvar!». «No esperaban que, en mayo de ese mismo año, la
irrupción de lo sobrenatural determinaría el resurgir del ánimo católico en
Portugal», precisó Moreira Azevedo.
El funcionario
vaticano arrojó otra clave: la
Virgen se apareció en un momento de «gran aspiración de la
gente por algo espiritual». De esa forma se explica la «fortuna» de Fátima, en
un tiempo en el que existen informaciones de «otras supuestas manifestaciones»
en diversos lugares del país. Pero la profundidad del mensaje revelado a los
videntes marcó la diferencia.
Escepticismo eclesial
Mientras la respuesta
popular fue inmediata, la
Iglesia se tomó su tiempo antes de digerir lo que estaba
ocurriendo. Uno de los primeros eclesiásticos en convencerse de la veracidad de
las visiones fue el canónigo Manuel Nunes Formigão. Inicialmente escéptico,
cambió de opinión tras un diálogo con los pastorcitos en septiembre de 1917, y
en 1919 comenzó a publicar una serie de relatos que después compiló en el libro
Las grandes maravillas de Fátima, que firmó con el seudónimo de Visconde de
Montelo.
El párroco de
Fátima, algunos días después de las visiones, se entrevistó con los niños y
realizó una pequeña investigación. Pero jamás envió sus apuntes al patriarcado
de Lisboa, del cual dependía su templo. 15 días antes de la primera
manifestación de la Virgen ,
el Vaticano había dictaminado que la diócesis de Leiria (que incluía Cova da
Iria y sus inmediaciones) sería restaurada, tras una anterior supresión. Por
eso, el sacerdote prefirió esperar la llegada del nuevo obispo, quien tomaría
posesión en 1920. José Alves Correia Da Silva, responsable de la diócesis de
Leiria-Fátima de 1920 a
1957, fue fundamental para el fenómeno. También escéptico en sus inicios,
pronto se convenció de la veracidad y decidió comprar los terrenos donde hoy se
encuentra el santuario dedicado a la Virgen. Lo hizo pocos meses después del inicio de
su pontificado y antes de constituir, en 1922, la comisión oficial cuyas
pesquisas le permitieron declarar oficialmente la autenticidad en 1930.
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El Cardenal Benedetto Aloisi Masella, legado pontificio, corona a la Virgen de Fátima, el 13 de mayo de 1946 |
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Un grupo de fieles durante el milagro del sol, el 13 de octubre de 1917 |
Evangelio y comentario
Fuente: ALFA Y OMEGA
V Domingo de Pascua (ciclo
A)
El camino, la verdad y la vida
El pasaje evangélico de hoy comienza con el mandato que el
Señor dirige a sus discípulos: creer en Dios y creer en él. No se trata de dos
actos de fe distintos, sino más bien de la total adhesión a la acción de Dios
por medio de su Hijo.
De sobra son conocidas las persecuciones que durante 2.000
años ha sufrido la
Iglesia. En todas ellas hay un elemento común: la existencia
de mártires, palabra que, como sabemos, significa testigo. El mártir es precisamente
el que ha dado la vida por llevar hasta las últimas consecuencias el precepto
de creer en Dios y en Jesucristo. Y esto consiste en unir por completo el
destino del hombre con el de Cristo, a través de la misma forma de muerte: el
derramamiento de la sangre. Con ello, se percibe de un modo radical que la fe
tiene implicaciones que afectan incluso al destino final de la vida terrena del
hombre.
La pretensión de absoluto
Pero, ¿qué es lo que ha provocado a lo largo de los siglos
la ira de quienes han agredido a los cristianos? ¿Jesucristo? Actualmente, ni
siquiera la persona más atea del planeta valora la figura de Cristo como la de
un perturbador de la convivencia humana o como la de alguien que haya influido
negativamente en la historia de la humanidad. Hoy en día no se pone en tela de
juicio, por ejemplo, la bondad del mandato del amor al prójimo, incluso a los
enemigos. Esta prescripción es considerada como parte del acervo cristiano
también por los no creyentes.
Sin embargo, pensemos en las primeras persecuciones, las
que nos relata el libro de los Hechos de los Apóstoles, leído durante el tiempo
pascual. El punto que provoca la indignación contra las primeras comunidades es
la aparición de Jesús como rostro de Dios. «Quien me ha visto a mí ha visto al
Padre». Una cosa es valorar positivamente parte de las enseñanzas del Señor a
sus seguidores y otra muy distinta situar a Jesús en el lugar de Dios. Esta
postura es la que llevó a Cristo a la cruz y, por consiguiente, la que
encaminará a los cristianos al martirio. La segunda afirmación que causa
escándalo es «yo soy el camino y la verdad y la vida», un enunciado que, por
familiar que nos parezca, tiene la clave de discernimiento entre quien está
dispuesto a seguir a Cristo y la de quien o bien mira con indiferencia nuestra
fe o bien pretende aniquilarla. El motivo es que Jesús se presenta con una
pretensión de absoluto, algo que incordia tanto en los primeros siglos como en
nuestros días. Jesús no requiere de nosotros un mero asentimiento ideológico a
su mensaje ni, menos aún, escoger de este lo que más nos guste; entre otras
cosas porque Dios no se ha revelado para mostrarnos simplemente una filosofía o
un sistema de pensamiento superior al resto. Nos pide reconocerlo como quien, a
través de su encarnación, muerte y resurrección, nos ha dado a conocer el amor
de Dios, liberándonos para siempre del pecado y de la muerte.
La promesa de las obras mayores
Desde la fe en su persona y su misión tiene sentido la
promesa a los discípulos de realizar obras incluso mayores que las de él. «En
verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo
hago, y aún mayores». Solo creyendo en Cristo y permaneciendo unidos a él es
posible continuar su acción ininterrumpida en la historia. La tarea principal
de la Iglesia
es justamente anunciar a Jesucristo como camino, verdad y vida. Reconocerlo
como camino supone aceptarlo como la mediación necesaria para llegar al Padre;
mirarlo como verdad lleva a huir de cualquier tipo de relativismo, tan arraigado
en nuestra sociedad contemporánea; percibirlo como la vida nos da la capacidad
de mirar nuestro destino definitivo a la luz de quien ya ha vencido a la muerte
y, por eso mismo, puede darnos parte en su resurrección.
Daniel A. Escobar Portillo
Delegado episcopal de Liturgia Adjunto de Madrid
Delegado episcopal de Liturgia Adjunto de Madrid
Evangelio
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No se turbe
vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre
hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un
lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para
que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el
camino». Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el
camino?». Jesús le responde: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va
al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre.
Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto». Felipe le dice: «Señor, muéstranos al
Padre y nos basta». Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no
me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú:
“Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo
que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él
mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no,
creed a las obras.
En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también
él hará las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre».
Juan 14, 1-12
Jubiloso natalicio
El pasado jueves 11 de mayo -festividad de San Evelio-, a las 20,45 horas vino al mundo el pequeño Gonzalo Jabalera Moreno, pesando 3,300 Kgrs.
miércoles, 10 de mayo de 2017
viernes, 5 de mayo de 2017
Evangelio y comentario
Fuente: ALFA Y OMEGA
IV Domingo de Pascua (ciclo
A). Domingo del Buen Pastor
Jesucristo como puerta y pastor
Desde el libro del Génesis, el primer libro del Antiguo
Testamento, la imagen del pastor que conduce el rebaño se encuentra fuertemente
arraigada en la
Sagrada Escritura. La cultura israelita estaba dominada por
una sociedad de pastores. Por eso no será extraño escuchar a lo largo de la Biblia alusiones constantes
hacia este oficio. Por una parte, el pastor es el jefe que guía el rebaño. Es
un hombre fuerte, capaz de defender a las ovejas contra las fieras. Pero al
mismo tiempo se preocupa cuidadosamente por el estado de su rebaño. Se adapta a
su situación y, si es oportuno, lleva a las ovejas en sus brazos. Su autoridad
se fundamenta, por lo tanto, en el conocimiento, en la entrega y en el amor a
su rebaño. Este es el motivo por el cual en el Antiguo Oriente los reyes eran
considerados como los pastores de un gran rebaño, al que habían de cuidar. Esta
imagen será asumida por la
Escritura para describir la relación de Israel con Dios o del
pueblo de Dios con Cristo o sus enviados.
Una relación de conocimiento y amor
San Juan considera la Iglesia bajo el cayado de Jesucristo, el único
pastor. El evangelista parte de que nadie puede querer lo que no conoce. Para
que exista amor verdadero, ha de haber un conocimiento previo. El Evangelio que
nos ofrece la liturgia de este Domingo del Buen Pastor trata de describir los
rasgos más significativos de la relación entre Cristo-Pastor y su rebaño. La
relación es tan profunda que es difícil de romper. Y el fundamento de este
vínculo es el conocimiento recíproco y el amor. Y este conocimiento y amor
mutuo es capaz de crear una nueva existencia en el hombre. Si se mantiene la
relación, se nos garantiza la vida: «He venido para que tengan vida y la tengan
abundante», concluye el pasaje de san Juan.
La actitud del rebaño hacia Cristo, el Pastor, es descrita
mediante dos verbos: escuchar y seguir. Para seguir al Señor es necesario
escuchar su Palabra, para poder alimentar la fe y posibilitar que esta aumente
día tras día. Si estamos atentos a la voz del Señor, podemos valorar nuestro
obrar, de manera que se adecúe a la voluntad del Señor. A partir de la escucha,
podemos seguir al Señor. Pensemos en los discípulos que vivían con el Señor. Para
iniciar el camino junto a Jesús tuvieron que escucharlo. Solo a partir de ahí
comenzaban un itinerario de vida junto a él.
Pasar por la puerta: el Bautismo y la vida cristiana
Jesús se presenta a sí mismo como el único mediador. Así
lo explicita cuando afirma: «Yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han
venido antes de mí son ladrones y bandidos». El Señor nos dice que para llegar
a conocer a Dios es necesario pasar por Él, que es su hijo y el verdadero
pastor del rebaño. Para los cristianos, la puerta se nos abre en el momento del
Bautismo. Por eso es útil poner en relación el pasaje evangélico con la primera
lectura de hoy, tomada de los Hechos de los Apóstoles. Cuando, tras el anuncio
de la resurrección, los judíos preguntan a los apóstoles qué han de hacer,
Pedro contesta: «Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre
de Jesús». El Bautismo se presenta como el modo esencial de pasar por la
puerta. A partir de ahí, toda la vida del cristiano ha de ser una respuesta al
sacramento que ha recibido. Por eso, Cristo es también referencia para la moral
cristiana. No vivimos un comportamiento o una moral cristiana sin más, sino
porque estamos respondiendo a un don recibido previamente: el de haber sido
conocidos y amados por el verdadero y único pastor del rebaño. Si Jesucristo es
modelo de vida para nosotros, el seguimiento a su persona consiste en hacer
cuanto él hizo.
Daniel A. Escobar Portillo
Delegado episcopal de Liturgia Adjunto de Madrid
Delegado episcopal de Liturgia Adjunto de Madrid
Evangelio
En aquel tiempo, dijo Jesús: «En verdad, en verdad os
digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta
por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es
pastor de las ovejas. A este le abre el guarda, y las ovejas atienden a su voz,
y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado
todas las suyas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque
conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no
conocen la voz de los extraños».
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron
de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús: «En verdad, en verdad os digo: yo soy
la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y
bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por
mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra
sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y
la tengan abundante».
Juan 10, 1-10
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