Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Jerez de la Frontera

Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Jerez de la Frontera

domingo, 19 de enero de 2020

Aviso importante: con motivo del Ciclo Memorial Manuel Martínez Arce, los rezos semanales de los próximos viernes 24 y 31 de enero darán comienzo a las 20,00 horas en la Capilla del Voto, comenzando las conferencias del mencionado ciclo tras los mismos







Recordatorio: El próximo viernes, 24 de enero, a las 21,15 horas en la Capilla del Voto de San Francisco tendrá lugar la igualá de la Cuadrilla del paso de María Santísima de la Esperanza








La Hermandad de las Cinco Llagas felicita a doña Mª del Carmen Alonso González por su reciente elección como Hermana Mayor de la Hermandad del Santísimo Cristo de la Expiración








Presentado el cartel oficial de la Semana Santa de Jerez 2020

Fuente: UUHH






El pasado viernes 17 de enero a las 20,30 horas y en los Museos de la Atalaya, tuvo lugar el acto de presentación del que ya es el cartel de la Semana Santa de Jerez de 2020, obra de don Manuel Cuervo.
El acto fue conducido por el periodista y cofrade don Francisco Aleu, quien fue dando paso a las distintas intervenciones, de la Banda de música Municipal de Jerez y la cantaora Lidia Hernández acompañada al piano por doña Rosario Montoya «la Reina Gitana».

Tras la presentación al público presente, de la obra dedicada a la Virgen de la Esperaza de la Yedra, con un recuerdo a su advocación de Dolores simbolizada por el corazón atravesado y un ancla que representa a todas las advocaciones marianas de la ciudad que llevan el nombre de Esperanza, ha tomado la palabra el autor, don Manuel Hurtado Hermano Mayor de la Yedra y por parte del Ayuntamiento de nuestra ciudad don Francisco Cama,s concejal de Cultura cerrando el turno de palabra, el presidente del Consejo Directivo de la Unión de Hermandades de Jerez, don Dionisio Díaz. Representó a nuestra Hermandad en el acto el Teniente Hermano Mayor don José Barrera Jiménez.


sábado, 18 de enero de 2020

Evangelio y comentario

Fuente: ALFA Y OMEGA

II Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo A)
«Lo he visto y he dado testimonio»

Durante el tiempo de Navidad, ya concluido, las lecturas de la celebración eucarística se han tomado principalmente del cuarto evangelista. Nadie como san Juan resume con tanta claridad lo que hemos conmemorado durante las pascuas ya pasadas. La conclusión del Evangelio de este domingo vuelve a recordar la razón por la cual el discípulo amado se siente con autoridad para plasmar por escrito lo que afirma. «Yo lo he visto» es fundamental para comprender la revelación de Dios como un acontecimiento no solo real e histórico, sino también como algo de lo cual se puede dar testimonio, puesto que ha sido realizado a los ojos de todos. El carácter público de la manifestación de Dios ha influido en gran medida en el modo con el cual la Iglesia desde el primer momento desarrolló su misión. Con las naturales precauciones de los momentos de persecución, siempre se ha huido de un anuncio de Jesucristo llevado a cabo de modo secreto, oculto o únicamente destinado a una élite o a un conjunto de privilegiados. El carácter universal de la revelación es, por lo tanto, indudable, como escucharemos este domingo.

El que quita el pecado del mundo
El pasaje evangélico se encuadra entre el prólogo de san Juan, escuchado varias veces durante la Navidad, y el primero de los signos-milagros de Jesús narrados por este evangelista. Nos encontramos frente a un texto con la función de ser un puente entre el anuncio de la realidad de que el Verbo se ha hecho carne (texto que volvemos a escuchar en el versículo del Aleluya) y el comienzo de la misión pública del Señor.
Suele ser habitual representar a Juan Bautista precisamente como aquí aparece: señalando a Jesús como «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Para comprender el significado de Jesucristo como cordero tenemos que acudir al elemento sacrificial por excelencia para los judíos. La primera escena bíblica relevante del cordero la encontramos en los orígenes, cuando Abrahán, dispuesto a sacrificar a su hijo, inmola en su lugar un carnero, anticipo del único sacrificio realmente válido en Jesucristo. Pero será el cordero pascual, asociado a la liberación del pueblo israelita de Egipto, el que con mayor fuerza se vincule con Jesucristo, definitivo salvador del pecado y de la muerte. Con todo, no sería completa la comprensión de Cristo como cordero sin aludir al concepto de siervo, presente en la primera lectura de este domingo. Aunque el profeta Isaías designa como siervo a Israel, esta idea será aplicada a Jesucristo. Este es el sentido de las expresiones «por medio de ti me glorificaré» o «te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra». Estamos ante un conjunto de locuciones que retoman las fiestas que hemos estado celebrando hace pocos días: la manifestación de la gloria de Dios, tanto al pueblo elegido como a todas las naciones, a todos «los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo», como recuerda san Pablo, defensor acérrimo de la propagación de la fe a todos los pueblos.

Bautizar con Espíritu Santo
El Evangelio indica un signo de reconocimiento de Jesucristo: el Espíritu que baja del cielo como una paloma y se posa sobre Él. El carácter sacrificial de la imagen del Señor como cordero y como siervo no se acaba únicamente con su inmolación en la cruz. El Cordero es destinado por el Espíritu a quitar el pecado del mundo. Precisamente, gracias a la eficacia del definitivo sacrificio pascual de Cristo en la cruz, los cristianos, de ahora en adelante, recibiremos un Bautismo que no solo tiene un valor de purificación y de penitencia, como el que realizaba el Bautista. Jesús será quien bautizará ahora con Espíritu Santo. Para nosotros eso implicará algo que sobrepasa un simple lavado de nuestras culpas; significará que somos hechos hijos adoptivos del Padre gracias a que se nos asocia a su Hijo único Jesucristo.
En este domingo, en el que escuchamos la Palabra de Dios por boca de algunos de los testigos más señalados de Cristo –Juan Bautista, Juan Evangelista, Isaías o Pablo–, se nos anima, en definitiva, a proseguir la cadena de testimonios que aseguran que Jesucristo es quien nos libera del pecado y nos incorpora a su propia vida de íntima unión con el Padre.



  Daniel A. Escobar Portillo
 Delegado episcopal de Liturgia de Madrid




Evangelio

En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel».
Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”. Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios».


Juan  1, 20-34





sábado, 11 de enero de 2020

Evangelio y comentario

Fuente: ALFA Y OMEGA

Solemnidad del Bautismo del Señor (ciclo A)
«Este es mi Hijo amado»

Con la fiesta del Bautismo del Señor cerramos el tiempo litúrgico de Navidad, un período en el que hemos celebrado ante todo la manifestación del Hijo de Dios como Salvador de los hombres, tanto de los pertenecientes al pueblo de Israel como de los gentiles. A través de distintas escenas, durante estos días hemos visto al Niño siendo visitado, reconocido y adorado por los pastores o por los Magos. Todos estos pasajes han pretendido mostrar una primera realidad: para descubrir al Salvador es preciso encontrarse con Él. Creer como consecuencia de ver forma parte de un acontecimiento que celebramos gracias a que existen testigos que nos lo han contado. A pesar de que, tras la celebración de la Epifanía, han pasado muchos años hasta encontrar a Jesús junto al Jordán para ser bautizado por Juan, conmemoramos un mismo acontecimiento: el comienzo de la salvación de Dios a los hombres, con el acento puesto ahora en su función como Mesías.

«Conviene que así cumplamos toda justicia»
Aunque los tres Evangelios sinópticos contienen el pasaje del Bautismo de Jesús en el Jordán, únicamente Mateo incluye un diálogo entre Jesús y Juan Bautista, en el que se muestra la resistencia de este último a bautizar al Señor. La razón que Jesús aduce para ser bautizado es que «conviene que así cumplamos toda justicia». Para comprender esta afirmación es preciso concebir a Dios como el justo. Esto significa no solo una condición de su ser, sino algo que afecta a los hombres: hace justicia o justifica a quienes confían en Él, como nos recuerda principalmente san Pablo. Para llevar a cabo esta justificación Jesús pasará por un bautismo, que tiene el significado de inmersión. La imagen inmediata asociada a este término es el sumergirse en el agua. Sin embargo, el Bautismo del Señor es el anticipo de una realidad muy profunda, que se concretará en el introducirse hasta las últimas consecuencias en nuestra propia realidad de pecadores para, de este modo, hacernos partícipes de su misma vida. Se trata de una consecuencia más de la Encarnación de Dios, del descendimiento de Dios hacia los hombres, del acercamiento y cercanía máxima entre el Señor y nosotros. Junto con esta dinámica de abajamiento y solidaridad con el hombre va unida la completa obediencia del Hijo hacia el Padre. En realidad, toda la vida de Jesucristo estará marcada por la confianza y la disposición a realizar cuanto desea el Padre. Por eso escuchamos, como primera lectura de este domingo, el primero de los cánticos del Siervo, de Isaías, donde se anuncia la misión que ha de llevar a cabo del Siervo de Yahvé.

Jesús, ungido por el Espíritu Santo
El Evangelio de este domingo llega a su punto culminante con la manifestación del Espíritu de Dios sobre Jesús, en forma de paloma, y la voz que afirma: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco». Aparte de recordar y ver cumplido, de nuevo, el canto de la primera lectura, Jesús aparece como ungido por el Espíritu Santo. Desde antiguo la unción iba aparejada a la misión que debían cumplir determinadas personas relevantes, especialmente los reyes y los sacerdotes, quienes realizaban un designio divino. Jesús no será ya ungido por nadie, sino por el mismo Espíritu Santo, que desciende en forma de paloma. Y por esta unción recibirá la misión de introducir a los creyentes en el conocimiento de Dios para dar acceso a la vida divina a quienes recibirán el nuevo bautismo inaugurado por la Muerte y Resurrección de Cristo. Por eso, en la fiesta del Bautismo del Señor, los cristianos hacemos memoria de nuestro propio Bautismo. Este recuerdo se puede enfatizar este día y todos los domingos al comienzo de la celebración eucarística con la bendición y aspersión del agua bendita. Con ello somos conscientes de que también nosotros participamos en la misión del Señor y hemos sido ungidos por el Espíritu Santo.



  Daniel A. Escobar Portillo
 Delegado episcopal de Liturgia de Madrid




Evangelio

En aquel tiempo, vino Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?». Jesús le contestó: «Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia». Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una luz de los cielos que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco»


Mateo 3, 13-17







viernes, 3 de enero de 2020

El próximo viernes, 10 de enero, a las 20,30 horas en la iglesia conventual de San Francisco celebraremos Santa Misa de Hermandad







Evangelio y comentario

Fuente: ALFA Y OMEGA


II Domingo después de Navidad (ciclo A)
«Y habitó entre nosotros»

La profundidad de la celebración del acontecimiento de la encarnación y el nacimiento del Salvador nos lleva no solo a celebrar el día de Navidad con hasta cuatro formularios de Misas distintas, dependiendo de las distintas horas a las que tienen lugar. Durante más de dos semanas prolongamos un tiempo en el que, incluso, algunas lecturas se repiten. Es el caso del pasaje evangélico de este domingo, que corresponde al comienzo del Evangelio de san Juan, escuchado ya en la Misa del día 25 de diciembre. ¿Por qué, a pesar del interés de la liturgia actual por variar las lecturas para ofrecer una imagen más amplia de la vida y de la misión del Señor, repetimos en tan poco tiempo un pasaje bíblico? Sin duda, por la profundidad de lo que ese texto encierra. Pero no únicamente por eso: una de las expresiones más comunes en los textos litúrgicos de estos días es la contemplación y otros vocablos más o menos vinculados con este término, como admiración, admirable, en un contexto que hace alusión al asombro que provoca la visión de lo que ha sucedido. Pero, ¿cómo es posible descubrir, ver o asombrarse por algo? Aquí aparece el otro gran término de estos días: la luz.
Tenemos las calles, las casas y las iglesias llenas de luces. Hasta en lugares donde el cristianismo no constituye, al menos en la práctica, la confesión mayoritaria, se siguen iluminando las ciudades para señalar que estamos inmersos en unas fiestas que guardan una fundamental relación con la luz. Desde que el cristianismo se fue extendiendo en el primer milenio, se quiso enfatizar que esa luz es Jesucristo, el Verbo de Dios hecho carne. El texto evangélico de este domingo afirma con rotundidad: «El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo viviente». Sabemos que la celebración más importante del año, la Vigilia Pascual, tiene lugar en la noche, y que, desde el punto de vista popular, la Misa del Gallo, ha constituido durante siglos el punto culminante de las celebraciones de estos días. No podemos olvidar, pues, que la afirmación «la luz brilla en la tiniebla», del prólogo de san Juan, constituye el fundamento bíblico de la mayor presencia de luz de estas fechas.

La cercanía de Dios con el hombre
Si la verdadera luz, que es Cristo, posibilita poder ver, descubrir, admirar y sorprenderse por lo que Dios ha hecho en el hombre, lo que ha sucedido, el admirable intercambio, tiene aún mayor relevancia. El Evangelio comienza situando el Verbo, la Palabra, junto a Dios y siendo Dios; y concluye señalando que Jesucristo, Dios unigénito, es ese Verbo y quien nos ha dado a conocer al Padre. En definitiva, durante estos días estamos relatando a través de distintas imágenes –algunas más tiernas, como el belén, y otras más profundas, como el Evangelio del próximo domingo– la realidad de un acercamiento unilateral de Dios hacia el hombre. La función de ese Verbo, de esa Palabra, no es otra que hablar al hombre. En medio del silencio –otro de los temas tradicionalmente unidos a la noche santa de la Navidad– Dios se ha aproximado al hombre. Ello ha supuesto un gran paso en el vínculo entre Dios y el hombre. La relación de Dios con su pueblo hasta entonces consistía en una constante alternancia de encuentros y desencuentros, de fidelidades e infidelidades del hombre hacia Dios. Ahora estamos celebrando que Dios ha dado ya un paso que ha cambiado para siempre el vínculo entre Dios y el hombre: Dios ha venido a habitar entre nosotros. De ahí la gran relevancia que tiene la imagen del niño en el pesebre. Un recién nacido es la descripción más precisa del tomar carne, del encarnarse para que se pueda producir el admirable intercambio: Dios se hace hombre para que el hombre pueda alcanzar a Dios, para darnos «el poder de ser hijos de Dios», como señala san Juan.
En suma, se trata de un texto repleto de conceptos menos concretos que en los acostumbrados Evangelios dominicales, pero que es un resumen del alcance de la salvación de Dios que nos ha venido con Cristo, y cuyo comienzo celebramos de modo especial en Navidad.



  Daniel A. Escobar Portillo
 Delegado episcopal de Liturgia de Madrid




Evangelio

En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.
Él estaba en el principio junto a Dios.
Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho.
En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió.
Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él.
No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz.
El verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre viniendo al mundo.
En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no la conoció.
Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron.
Pero a cuantos la recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre.
Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y grita diciendo:
«Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo».
Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia.
Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo.
A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.


Juan 1, 1-18







miércoles, 1 de enero de 2020

El pasado sábado recibimos la visita del Cartero Real


Foto: N.H.D. Juan Lupión

Foto: N.H.D. Marco A. Velo


Foto: N.H.D. Ernesto Romero