BLOG OFICIAL DE LA HERMANDAD Y COFRADÍA DE NAZARENOS DE LAS SAGRADAS CINCO LLAGAS DE CRISTO, NUESTRO PADRE JESÚS DE LA VÍA-CRUCIS Y MARÍA SANTÍSIMA DE LA ESPERANZA
Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Jerez de la Frontera
domingo, 19 de enero de 2020
Presentado el cartel oficial de la Semana Santa de Jerez 2020
Fuente: UUHH
El pasado viernes 17 de enero a las 20,30 horas y en
los Museos de la Atalaya ,
tuvo lugar el acto de presentación del que ya es el cartel de la Semana Santa de Jerez
de 2020, obra de don Manuel Cuervo.
El acto fue conducido por el periodista y cofrade don Francisco
Aleu, quien fue dando paso a las distintas intervenciones, de la Banda de música Municipal de
Jerez y la cantaora Lidia Hernández acompañada al piano por doña Rosario Montoya «la Reina Gitana».
Tras la presentación al público presente, de la obra dedicada ala Virgen de la Esperaza de la Yedra , con un recuerdo a su
advocación de Dolores simbolizada por el corazón atravesado y un ancla que
representa a todas las advocaciones marianas de la ciudad que llevan el nombre
de Esperanza, ha tomado la palabra el autor, don Manuel Hurtado Hermano Mayor
de la Yedra y
por parte del Ayuntamiento de nuestra ciudad don Francisco Cama,s concejal de
Cultura cerrando el turno de palabra, el presidente del Consejo Directivo de la Unión de Hermandades de
Jerez, don Dionisio Díaz. Representó a nuestra Hermandad en el acto el Teniente
Hermano Mayor don José Barrera Jiménez.
Tras la presentación al público presente, de la obra dedicada a
sábado, 18 de enero de 2020
Evangelio y comentario
Fuente: ALFA Y OMEGA
II Domingo del Tiempo
Ordinario (ciclo A)
«Lo he visto y he dado
testimonio»
Durante el tiempo de Navidad, ya concluido, las lecturas
de la celebración eucarística se han tomado principalmente del cuarto
evangelista. Nadie como san Juan resume con tanta claridad lo que hemos
conmemorado durante las pascuas ya pasadas. La conclusión del Evangelio de este
domingo vuelve a recordar la razón por la cual el discípulo amado se siente con
autoridad para plasmar por escrito lo que afirma. «Yo lo he visto» es fundamental
para comprender la revelación de Dios como un acontecimiento no solo real e
histórico, sino también como algo de lo cual se puede dar testimonio, puesto
que ha sido realizado a los ojos de todos. El carácter público de la
manifestación de Dios ha influido en gran medida en el modo con el cual la Iglesia desde el primer
momento desarrolló su misión. Con las naturales precauciones de los momentos de
persecución, siempre se ha huido de un anuncio de Jesucristo llevado a cabo de
modo secreto, oculto o únicamente destinado a una élite o a un conjunto de
privilegiados. El carácter universal de la revelación es, por lo tanto,
indudable, como escucharemos este domingo.
El que quita el pecado del mundo
El pasaje evangélico se encuadra entre el prólogo de san Juan,
escuchado varias veces durante la
Navidad , y el primero de los signos-milagros de Jesús
narrados por este evangelista. Nos encontramos frente a un texto con la función
de ser un puente entre el anuncio de la realidad de que el Verbo se ha hecho
carne (texto que volvemos a escuchar en el versículo del Aleluya) y el comienzo
de la misión pública del Señor.
Suele ser habitual representar a Juan Bautista
precisamente como aquí aparece: señalando a Jesús como «el Cordero de Dios que
quita el pecado del mundo». Para comprender el significado de Jesucristo como
cordero tenemos que acudir al elemento sacrificial por excelencia para los
judíos. La primera escena bíblica relevante del cordero la encontramos en los
orígenes, cuando Abrahán, dispuesto a sacrificar a su hijo, inmola en su lugar
un carnero, anticipo del único sacrificio realmente válido en Jesucristo. Pero
será el cordero pascual, asociado a la liberación del pueblo israelita de
Egipto, el que con mayor fuerza se vincule con Jesucristo, definitivo salvador
del pecado y de la muerte. Con todo, no sería completa la comprensión de Cristo
como cordero sin aludir al concepto de siervo, presente en la primera lectura
de este domingo. Aunque el profeta Isaías designa como siervo a Israel, esta
idea será aplicada a Jesucristo. Este es el sentido de las expresiones «por
medio de ti me glorificaré» o «te hago luz de las naciones, para que mi
salvación alcance hasta el confín de la tierra». Estamos ante un conjunto de
locuciones que retoman las fiestas que hemos estado celebrando hace pocos días:
la manifestación de la gloria de Dios, tanto al pueblo elegido como a todas las
naciones, a todos «los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro
Señor Jesucristo», como recuerda san Pablo, defensor acérrimo de la propagación
de la fe a todos los pueblos.
Bautizar con Espíritu Santo
El Evangelio indica un signo de reconocimiento de
Jesucristo: el Espíritu que baja del cielo como una paloma y se posa sobre Él.
El carácter sacrificial de la imagen del Señor como cordero y como siervo no se
acaba únicamente con su inmolación en la cruz. El Cordero es destinado por el
Espíritu a quitar el pecado del mundo. Precisamente, gracias a la eficacia del
definitivo sacrificio pascual de Cristo en la cruz, los cristianos, de ahora en
adelante, recibiremos un Bautismo que no solo tiene un valor de purificación y
de penitencia, como el que realizaba el Bautista. Jesús será quien bautizará
ahora con Espíritu Santo. Para nosotros eso implicará algo que sobrepasa un
simple lavado de nuestras culpas; significará que somos hechos hijos adoptivos
del Padre gracias a que se nos asocia a su Hijo único Jesucristo.
En este domingo, en el que escuchamos la Palabra de Dios por boca
de algunos de los testigos más señalados de Cristo –Juan Bautista, Juan
Evangelista, Isaías o Pablo–, se nos anima, en definitiva, a proseguir la
cadena de testimonios que aseguran que Jesucristo es quien nos libera del
pecado y nos incorpora a su propia vida de íntima unión con el Padre.
Daniel A. Escobar Portillo
Delegado episcopal de Liturgia de Madrid
Delegado episcopal de Liturgia de Madrid
Evangelio
En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia
él, exclamó: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este
es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de
mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar
con agua, para que sea manifestado a Israel».
Y Juan dio testimonio diciendo: «He
contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él.
Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel
sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza
con Espíritu Santo”. Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que este es el
Hijo de Dios».
Juan 1, 20-34
viernes, 17 de enero de 2020
miércoles, 15 de enero de 2020
domingo, 12 de enero de 2020
sábado, 11 de enero de 2020
Evangelio y comentario
Fuente: ALFA Y OMEGA
Solemnidad del Bautismo del
Señor (ciclo A)
«Este es mi Hijo amado»
Con la fiesta del Bautismo del Señor cerramos el tiempo
litúrgico de Navidad, un período en el que hemos celebrado ante todo la
manifestación del Hijo de Dios como Salvador de los hombres, tanto de los
pertenecientes al pueblo de Israel como de los gentiles. A través de distintas
escenas, durante estos días hemos visto al Niño siendo visitado, reconocido y
adorado por los pastores o por los Magos. Todos estos pasajes han pretendido
mostrar una primera realidad: para descubrir al Salvador es preciso encontrarse
con Él. Creer como consecuencia de ver forma parte de un acontecimiento que
celebramos gracias a que existen testigos que nos lo han contado. A pesar de
que, tras la celebración de la
Epifanía , han pasado muchos años hasta encontrar a Jesús
junto al Jordán para ser bautizado por Juan, conmemoramos un mismo
acontecimiento: el comienzo de la salvación de Dios a los hombres, con el
acento puesto ahora en su función como Mesías.
«Conviene que así cumplamos toda justicia»
Aunque los tres Evangelios sinópticos contienen el pasaje
del Bautismo de Jesús en el Jordán, únicamente Mateo incluye un diálogo entre
Jesús y Juan Bautista, en el que se muestra la resistencia de este último a
bautizar al Señor. La razón que Jesús aduce para ser bautizado es que «conviene
que así cumplamos toda justicia». Para comprender esta afirmación es preciso
concebir a Dios como el justo. Esto significa no solo una condición de su ser,
sino algo que afecta a los hombres: hace justicia o justifica a quienes confían
en Él, como nos recuerda principalmente san Pablo. Para llevar a cabo esta
justificación Jesús pasará por un bautismo, que tiene el significado de
inmersión. La imagen inmediata asociada a este término es el sumergirse en el
agua. Sin embargo, el Bautismo del Señor es el anticipo de una realidad muy
profunda, que se concretará en el introducirse hasta las últimas consecuencias
en nuestra propia realidad de pecadores para, de este modo, hacernos partícipes
de su misma vida. Se trata de una consecuencia más de la Encarnación de Dios,
del descendimiento de Dios hacia los hombres, del acercamiento y cercanía
máxima entre el Señor y nosotros. Junto con esta dinámica de abajamiento y
solidaridad con el hombre va unida la completa obediencia del Hijo hacia el
Padre. En realidad, toda la vida de Jesucristo estará marcada por la confianza
y la disposición a realizar cuanto desea el Padre. Por eso escuchamos, como
primera lectura de este domingo, el primero de los cánticos del Siervo, de
Isaías, donde se anuncia la misión que ha de llevar a cabo del Siervo de Yahvé.
Jesús, ungido por el Espíritu Santo
El Evangelio de este domingo llega a su punto culminante
con la manifestación del Espíritu de Dios sobre Jesús, en forma de paloma, y la
voz que afirma: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco». Aparte de
recordar y ver cumplido, de nuevo, el canto de la primera lectura, Jesús
aparece como ungido por el Espíritu Santo. Desde antiguo la unción iba
aparejada a la misión que debían cumplir determinadas personas relevantes,
especialmente los reyes y los sacerdotes, quienes realizaban un designio
divino. Jesús no será ya ungido por nadie, sino por el mismo Espíritu Santo,
que desciende en forma de paloma. Y por esta unción recibirá la misión de
introducir a los creyentes en el conocimiento de Dios para dar acceso a la vida
divina a quienes recibirán el nuevo bautismo inaugurado por la Muerte y Resurrección de
Cristo. Por eso, en la fiesta del Bautismo del Señor, los cristianos hacemos
memoria de nuestro propio Bautismo. Este recuerdo se puede enfatizar este día y
todos los domingos al comienzo de la celebración eucarística con la bendición y
aspersión del agua bendita. Con ello somos conscientes de que también nosotros
participamos en la misión del Señor y hemos sido ungidos por el Espíritu Santo.
Daniel A. Escobar Portillo
Delegado episcopal de Liturgia de Madrid
Delegado episcopal de Liturgia de Madrid
Evangelio
En aquel tiempo, vino Jesús desde Galilea al
Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba
disuadirlo diciéndole: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes
a mí?». Jesús le contestó: «Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda
justicia». Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua;
se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y
se posaba sobre él. Y vino una luz de los cielos que decía: «Este es mi Hijo
amado, en quien me complazco»
Mateo 3, 13-17
viernes, 3 de enero de 2020
Evangelio y comentario
Fuente: ALFA Y OMEGA
II Domingo después de Navidad
(ciclo A)
«Y habitó entre nosotros»
La profundidad de la celebración del acontecimiento de la
encarnación y el nacimiento del Salvador nos lleva no solo a celebrar el día de
Navidad con hasta cuatro formularios de Misas distintas, dependiendo de las
distintas horas a las que tienen lugar. Durante más de dos semanas prolongamos
un tiempo en el que, incluso, algunas lecturas se repiten. Es el caso del
pasaje evangélico de este domingo, que corresponde al comienzo del Evangelio de
san Juan, escuchado ya en la Misa
del día 25 de diciembre. ¿Por qué, a pesar del interés de la liturgia actual
por variar las lecturas para ofrecer una imagen más amplia de la vida y de la
misión del Señor, repetimos en tan poco tiempo un pasaje bíblico? Sin duda, por
la profundidad de lo que ese texto encierra. Pero no únicamente por eso: una de
las expresiones más comunes en los textos litúrgicos de estos días es la
contemplación y otros vocablos más o menos vinculados con este término, como
admiración, admirable, en un contexto que hace alusión al asombro que provoca
la visión de lo que ha sucedido. Pero, ¿cómo es posible descubrir, ver o
asombrarse por algo? Aquí aparece el otro gran término de estos días: la luz.
Tenemos las calles, las casas y las iglesias llenas de
luces. Hasta en lugares donde el cristianismo no constituye, al menos en la
práctica, la confesión mayoritaria, se siguen iluminando las ciudades para
señalar que estamos inmersos en unas fiestas que guardan una fundamental
relación con la luz. Desde que el cristianismo se fue extendiendo en el primer
milenio, se quiso enfatizar que esa luz es Jesucristo, el Verbo de Dios hecho
carne. El texto evangélico de este domingo afirma con rotundidad: «El Verbo era
la luz verdadera, que alumbra a todo viviente». Sabemos que la celebración más
importante del año, la
Vigilia Pascual , tiene lugar en la noche, y que, desde el
punto de vista popular, la Misa
del Gallo, ha constituido durante siglos el punto culminante de las
celebraciones de estos días. No podemos olvidar, pues, que la afirmación «la
luz brilla en la tiniebla», del prólogo de san Juan, constituye el fundamento
bíblico de la mayor presencia de luz de estas fechas.
La cercanía de Dios con el hombre
Si la verdadera luz, que es Cristo, posibilita poder ver,
descubrir, admirar y sorprenderse por lo que Dios ha hecho en el hombre, lo que
ha sucedido, el admirable intercambio, tiene aún mayor relevancia. El Evangelio
comienza situando el Verbo, la
Palabra , junto a Dios y siendo Dios; y concluye señalando que
Jesucristo, Dios unigénito, es ese Verbo y quien nos ha dado a conocer al
Padre. En definitiva, durante estos días estamos relatando a través de
distintas imágenes –algunas más tiernas, como el belén, y otras más profundas,
como el Evangelio del próximo domingo– la realidad de un acercamiento
unilateral de Dios hacia el hombre. La función de ese Verbo, de esa Palabra, no
es otra que hablar al hombre. En medio del silencio –otro de los temas
tradicionalmente unidos a la noche santa de la Navidad – Dios se ha
aproximado al hombre. Ello ha supuesto un gran paso en el vínculo entre Dios y
el hombre. La relación de Dios con su pueblo hasta entonces consistía en una
constante alternancia de encuentros y desencuentros, de fidelidades e
infidelidades del hombre hacia Dios. Ahora estamos celebrando que Dios ha dado
ya un paso que ha cambiado para siempre el vínculo entre Dios y el hombre: Dios
ha venido a habitar entre nosotros. De ahí la gran relevancia que tiene la
imagen del niño en el pesebre. Un recién nacido es la descripción más precisa
del tomar carne, del encarnarse para que se pueda producir el admirable
intercambio: Dios se hace hombre para que el hombre pueda alcanzar a Dios, para
darnos «el poder de ser hijos de Dios», como señala san Juan.
En suma, se trata de un texto repleto de conceptos menos
concretos que en los acostumbrados Evangelios dominicales, pero que es un
resumen del alcance de la salvación de Dios que nos ha venido con Cristo, y
cuyo comienzo celebramos de modo especial en Navidad.
Daniel A. Escobar Portillo
Delegado episcopal de Liturgia de Madrid
Delegado episcopal de Liturgia de Madrid
Evangelio
En el principio ya existía el Verbo, y el
Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.
Él estaba en el principio junto a Dios.
Por medio de él se hizo todo, y sin él no se
hizo nada de cuanto se ha hecho.
En él estaba la vida, y la vida era la luz de
los hombres.
Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla
no la recibió.
Surgió un hombre enviado por Dios, que se
llamaba Juan: este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que
todos creyeran por medio de él.
No era él la luz, sino el que daba testimonio
de la luz.
El verbo era la luz verdadera, que alumbra a
todo hombre viniendo al mundo.
En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio
de él, y el mundo no la conoció.
Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron.
Pero a cuantos la recibieron, les dio poder de
ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre.
Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de
carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre
nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre,
lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y grita diciendo:
«Este es de quien dije: el que viene detrás de
mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo».
Pues de su plenitud todos hemos recibido,
gracia tras gracia.
Porque la ley se dio por medio de Moisés, la
gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo.
A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito,
que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.
Juan 1, 1-18
miércoles, 1 de enero de 2020
Suscribirse a:
Entradas (Atom)














