Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Jerez de la Frontera

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viernes, 14 de junio de 2019

Catorce hermanas Concepcionistas Franciscanas, martirizadas en 1936 serán beatificadas el próximo sábado día 22




Fuente: Parroquia San Antonio Abad de El Toboso

Reproducimos el texto que el catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá, Javier Paredes, publicó en diciembre de 2018 en Hispanidad.com, la web decana de la prensa digital española. En este relato aparece la que será la primera beata mártir natural de El Toboso, Sor María del Santísimo Sacramento (Manuela Prensa Cano), ceremonia de beatificación que se celebrará el próximo 22 de junio en la Catedral de La Almudena de Madrid.


Madrid y 16 de julio de 1936. Festividad de la Virgen del Carmen. Las Concepcionistas Franciscanas de San José, del número19 de la madrileña calle de Sagasti, van a representar, dentro de su clausura, el martirio de Santa Inés, para celebrar la onomástica de la madre abadesa, Sor María del Carmen Lacaba. Son 18 mujeres de la Orden de Santa Beatriz de Silva, que cubren sus espaldas con una capa azul cielo, en honor de la Inmaculada.
Sor María del Santísimo Sacramento (Manuela Prensa Cano) es la directora de escena, porque tiene unas cualidades innatas de artista. Por su origen humilde, nacida en El Toboso (Toledo) un 25 de junio de 1887, carece de estudios, pero posee un don para la música y es la organista y la directora del coro. Las más antiguas de su comunidad la conocen desde niña, porque es la hija de Manuel Prensa Sánchez y de Cirila Cano Casas, los dos de El Toboso que se trasladaron hasta Madrid para trabajar como demandaderos del monasterio.

La representación fue todo un éxito, reconocido con un largo aplauso. Y tras las palmas, se hizo un silencio pesado y embarazoso. Había que ser muy superficial, y ninguna de aquellas mujeres lo era, para no ver las semejanzas del cerco, que los enemigos de la religión habían tendido contra Santa Inés, con la persecución que ellas mismas venían sufriendo desde el 14 de abril de 1931, día en que se había proclamado la Segunda República en España. Y no era un temor infundado el suyo, por eso después de la Guerra Civil, el nombre de la calle de su monasterio, Sagasti, cambió por el de Mártires Concepcionistas.
Esta comunidad fue de Concepcionistas Franciscanas solo desde el año 1878, aunque tenía detrás una historia de siglos como beaterio de la Orden Tercera Franciscana, cuyas integrantes solicitaron ayuda a Sor Patrocinio (1811-1891) para pasar a formar parte de su Orden, que era la fundada por Santa Beatriz de Silva (1437-1492) con el nombre de Orden de la Inmaculada Concepción.
El beaterio fue fundado en 1638 por iniciativa de María Antonia de Cristo Ocampo, mujer de grandes penitencias, fe y caridad, que poseía el discernimiento de espíritus y a la que se la atribuyeron algunos milagros. Tenían como finalidad “recoger a mujeres y apartarlas del pecado”. Vivían de la limosna. En 1653, el rey Felipe IV (1621-1665) mandó que el Real Consejo tomara al beaterio bajo su protección y amparo. El año 1666, su segunda esposa y reina regente de Carlos II (1665-1700), Mariana de Austria (1634-1696), le concedió una renta perpetua de tres mil ducados de vellón.
En el siglo XIX las religiosas del beaterio padecieron las leyes antirreligiosas. Fueron expulsadas de su convento y tuvieron que refugiarse en el de la Concepción Jerónima de Madrid. Y en 1877 el cardenal de Toledo, Francisco A. Lorenzana, transmitió a Sor Patrocinio el deseo de las beatas de San José de pasar a formar parte de la Orden de las Concepcionistas Franciscanas.

“La reforma de la ejemplar comunidad de beatas de San José —cuenta la secretaria de Sor Patrocinio— se verificó al propio tiempo que la de Almería. Fue de abadesa la Reverenda Madre Sor María Catalina de los Dolores con dos religiosas más; una para vicaria y la otra para maestra de novicias.
Con la solemnidad que el caso requería, tomaron el santo hábito de nuestra Madre Purísima el día 8 de diciembre de 1878 las religiosas de toda aquella venerable comunidad, practicando, con edificante fervor y santo gozo, el año de noviciado y con la aprobación y bendición especial de Su Santidad, el Papa Pío IX, pronunciaron todas y cada una sus votos solemnes, profesando nuestra santa Regla y Constituciones de la Orden de la Purísima Concepción Francisca Descalza, que siempre han seguido y siguen cumpliendo exactísimamente y a satisfacción de los prelados.
Verificada la profesión solemne y perfectamente instruidas en nuestras costumbres y método de vida común, regresaron al convento de Santa Isabel de Madrid la Reverenda Madre Dolores y las dos religiosas que la habían acompañado a la reforma, quedando ya la nueva comunidad con su abadesa, vicaria, maestra de novicias y demás cargos de comunidad, todo perfectamente arreglado, con aprobación de los superiores”.
La proclamación de la Segunda República (14-IV-1931) abrió una etapa de inseguridad y de miedo por causa de la persecución religiosa, promovida y ejecutada por los socialistas y los comunistas. La madre abadesa de las Concepcionistas de San José, ante el clima de terror generado por los partidos de izquierda, decidió que todas las monjas se proveyeran de ropas de seglar, por si había que abandonar el convento sin el hábito.
Y eso es lo que sucedió el día 11 de mayo de 1931. Ni siquiera había transcurrido un mes desde la proclamación de la Segunda República, cuando los revolucionarios comenzaron a quemar iglesias y conventos. Las Concepcionistas de San José de la calle de Sagasti, tuvieron que abandonar a toda prisa el suyo y se refugiaron en una casa del número 5 de la calle Maldonado, donde permanecieron escondidas durante 26 días.
Poco después de regresar, saltaba de nuevo la alarma que indicaba que había que abandonar por segunda vez el convento. Permanecieron fuera del monasterio de cuatro a seis días. Y esta vez no eran los incendios los que amenazaban su integridad, sino la celebración de las elecciones a Cortes Constituyentes del 27 de junio de 1931, porque los socialistas y los comunistas tenían intimidada a la población mediante actos de violencia, destrozos en el mobiliario y hasta quemas de alguna iglesia y casa religiosa. Y fue en este ambiente de miedo como las izquierdas ganaron las elecciones y se hicieron con la mayoría de los escaños.
Las leyes sectarias del Parlamento y la actividad continua de los revolucionarios, en la calle hicieron que la tensión y el sobresalto se convirtieran en los compañeros inseparables de las Concepcionistas de San José de la calle de Sagasti. Una de ellas ha dejado este testimonio: «Pasábamos días frecuentes de intranquilidad y angustia, siempre que ocurría algún suceso por el cual se temiese reacciones violentas de las masas, pues la fiera estaba en casa y andaba suelta. En estas ocasiones, cuando nos avisaban de posibles peligros, toda la comunidad pasaba la noche en oración ante el Santísimo y además se hacía mucha penitencia, en privado y en público. Esto ocurrió muchas veces».
La tensión fue en aumento y los españoles respondieron en las urnas, dando la victoria a las derechas en noviembre de 1933. Pero los perdedores respondieron con un golpe de Estado. Y tras el fracaso del golpe de Estado, que dieron los socialistas en 1934, sus dirigentes por boca de Largo Caballero proclamaban con toda claridad cuál iba a ser su estrategia a seguir: “Cuando nos lancemos a la calle por segunda vez, que no se nos hable de generosidad y no se nos culpe, si los excesos de la revolución se extreman hasta el punto de no respetar cosas ni personas”.
De modo que, si ya antes había habido motivos para que las monjas abandonasen el convento vestidas con ropas de seglar, el terror generado por los socialistas y los comunistas para intimidar a los votantes en las elecciones de febrero de 1936, las empujaron de nuevo a refugiarse fuera del claustro por tercera vez. Y esta huida iba a ser la penúltima. En esta ocasión permanecieron escondidas fuera del monasterio 36 días.
La última vez que salieron huyendo de su convento fue el día siguiente de que estallara la Guerra Civil. El día 18 de julio de 1936 por la tarde habían traspasado la clausura los gritos de ¡Mueran las monjas! Al día siguiente, como era su costumbre, asistieron a la Santa Misa a las ocho de la mañana. Y, cuando iban recogidas camino del comedor, la madre abadesa les dio la orden de volver al coro para consumir el Santísimo.

El capellán, con rostro de grave preocupación, distribuyó todas las sagradas formas a las religiosas. Y al finalizar, se dirigió a ellas en voz alta y las hizo esta pregunta: “Si las circunstancias lo pidieran, ¿estaríais dispuestas a dar la vida para manteneros fieles a vuestros compromisos de almas consagradas?”




Todas contestaron un sí firme e incondicional, y marcharon apresuradamente a quitarse el hábito, para vestirse de seglar. Hicieron unos hatillos con lo más imprescindible y se dispusieron a abandonar el monasterio por grupos y espaciadamente. Por la tarde, las 18 Concepcionistas de la calle de Sagasti estaban todas reunidas en el número 45 de la calle de Manuel Silvela, un piso con una capacidad para una familia de cinco o seis personas, que tenían alquilado desde las elecciones de febrero de 1936.
Madrid y 19 de julio de 1936. A primera hora de la mañana, las Concepcionistas Franciscanas de la madrileña calle de Sagasti, vestidas de seglares, ya están dispuestas para abandonar el monasterio. A una de las mayores hay que explicarle lo que de verdad está pasando. En su cabeza no hay espacio para concebir la existencia del mal, porque se le había inundado el alma de bondad, después de toda una vida de clausura y contemplación de Dios. Por eso, al oír unas voces en las que no distingue bien lo que se dice, se acerca a una ventana, mira a través de la celosía y exclama:  
-Hay grupos de hombres armados, que están custodiando el convento para que no nos pase nada ¡Son nuestros verdaderos ángeles de la guarda!
Pero no… Eran milicianos armados con pistolas y fusiles, que con blasfemias e insultos soeces amenazaban de muerte a las monjas, por lo que de haber salido en esos momentos con toda seguridad que las hubieran linchado en la puerta del monasterio. Las monjas tuvieron que esperar para poder salir hasta que se despejara la calle, lo que no pudieron hacer hasta las siete de la tarde.
Durante tantas horas de tensa espera, rezan continuamente, y hablan muy poco, porque todo se lo dicen con la mirada. El centro de atención de todas era Sor María de la Asunción, una segoviana de 72 años por la que sus hermanas sienten una especial preocupación, ante el futuro tan incierto al que se van a enfrentar.
Sor María Asunción estaba afectada desde hacía veinte años por un proceso reumático muy fuerte y degenerativo que le había incapacitado de tal modo, que necesitaba ayuda para todo. La cuidaban con un cariño exquisito y tenían que bañarla muy a menudo. Necesitaba ayuda para cualquier necesidad que le sobreviniera, y muchos días hasta había que darle de comer, porque no podía llevar el alimento a su boca.
Después de asearla, la dejaban quietecita en un sillón. “De la mañana a la noche -escribe una de sus hermanas, Sor Corazón de María- era la viva imagen de una persona doliente en extremo, pero llena de paz. Pude observar que todo el día se lo pasaba en oración. Este clima, en el que estaba siempre inmersa, lo reflejaba en las conversaciones en las que de manera habitual y con toda naturalidad hacía recaer sobre el sentido sobrenatural de la vida, miraba todas las cosas siempre desde una perspectiva de fe, de Dios, la esperanza en la otra vida y el valor religioso del sufrimiento”.
Las monjas se refugiaron a 500 metros del monasterio, en una casa situada en la séptima planta de la calle Francisco Silvela número 45. La estancia ni era espaciosa para albergar a18 mujeres, ni tampoco confortable. Apenas estaba amueblada, y entre otras muchas cosas faltaban camas, por lo que la mayoría tenían que dormir en el suelo, abrigándose con lo que podían, ya que del monasterio salieron con lo puesto y un pequeño hatillo con las cosas de uso inmediato y personal.
La inactividad obligada la aprovecharon para fortalecer su vida espiritual, que fue sin duda la mejor preparación para afrontar lo que estaba por venir. Una de las monjas dejó por escrito que en comunidad rezaban las Horas litúrgicas, recitaban las ciento cincuenta avemarías de los quince misterios del Rosario, hacían las lecturas espirituales y dedicaban dos horas diarias a la oración mental. Y, desde luego, nunca se interrumpía la presencia de Dios.

Pero desgraciadamente estaban instaladas en uno de los peores barrios de Madrid, atenazado por el terror rojo, impuesto sobre todo desde el Ateneo Libertario de Ventas, donde se concentraban los elementos más sanguinarios del barrio. Uno de sus dirigentes se llamaba Juan Carmona Campillo, al que los suyos le conocían por el alias de “el matón” y los del barrio por “el verdugo del Ateneo”. Tal atracción tenía para Carmona lo de apretar el gatillo, que ni siquiera los suyos podían sentirse seguros. Así, en cierta ocasión asesinó a tiros a un ateneísta sin mediar palabra, porque, según él, era homosexual.
Pero Juan Carmona no era ni el peor de la barriada ni el peor del Ateneo. Le superaba en maldad Pablo Sarroca Tomás y su presencia y actividad en el barrio de Ventas era lo peor que le podía suceder a las concepcionistas o a cualquier católico, porque Pablo Sarroca era un sacerdote que había renegado de su condición. Y lamento desmentir esa idea, tan extendida, de que en el clero español no se produjo ninguna apostasía durante la Guerra Civil. El sacerdote Pablo Sarroca, además de renegar de su fe, también traicionó a los suyos y persiguió a los católicos. Por otra parte, la existencia de apóstatas entre el clero durante la Segunda República y la Guerra Civil valora todavía más a los mártires españoles, porque los clérigos apóstatas, como Pablo Sarroca, ponen de manifiesto que entonces se podía evitar el martirio, todo era cuestión de elegir: o tronos en el Cielo o poltronas en esta tierra.
En 1917, Pablo Sarroca había aprobado una oposición al Cuerpo Eclesiástico del Ejército. Fue capellán castrense de distintas unidades en África y en la Península. Consiguió el grado de comandante y llegó a ser Vicario General de la Primera Región Militar; es decir, de Madrid y el centro de España. En 1932, publicó un folleto con este título “Al Gobierno Provisional de la República”, que exhibía en la portada el siguiente subtítulo: “En testimonio de profunda admiración y de adhesión sincera”. A partir de entonces estableció relaciones con los más altos dirigentes republicanos. Azaña le incorporó al Gabinete militar, conocido como el Gabinete Negro, presidido por el general Hernández Saravia.
El 13 de septiembre de 1936, el socialista Largo Caballero, que además de presidente de Gobierno era ministro de la Guerra, firmaba una circular en la que se podía leer: “Por las excepcionales circunstancias que concurren en el excapellán mayor del ejército, don Pablo Sarroca Tomás y su reconocida adhesión al régimen, he tenido a bien disponer pase agregado a la Sección de Información de este Ministerio”. A partir de este nombramiento, Pablo Sarroca se convertía en un policía, al servicio del régimen de terror implantado por el socialismo.
Inmediatamente, Pablo Sarroca se incorporó al Ateneo Libertario de Ventas, que estaba cerca de donde vivía. Y era público y notorio que allí tenía a su entera disposición a dos mujeres, Gregoria Rubio Acosta, apodada “La Huesos” y Julia Redondo que, además de entretenerle, eran las encargadas de llevarle los partes de las personas que asesinaban en el Ateneo. Pablo Sarroca también tuvo como amante a Julia Sanz, treinta años más joven que él, que fue condecorada por el Director General de Seguridad, Manuel Muñoz.
Pero oficialmente con la que hacía vida marital era con Flora García Martínez. Unos vecinos suyos declararon que Pablo Sarroca solía emborracharse con frecuencia y entonces las discusiones entre ellos eran muy frecuentes, profiriendo palabras soeces y blasfemias y que, en cierta ocasión, escucharon a Flora reprocharle a Sarroca que había violado a su madre, que también la había deshonrado a ella y que, además, pretendía abusar de una hija de Flora, que se llamaba Teresa.
Haciendo uso del poder con el que le respaldaba Largo Caballero, Pablo Sarroca saqueó y robó las casas de muchos de sus vecinos, presionándoles con darles el paseo si no le entregaban lo que les pedía, que solía ser dinero, joyas o el coche si lo tenían, productos con los que después traficaba para su enriquecimiento personal. Y las amenazas de Pablo Sarroca no se quedaron solo en palabras, porque fue acusado de varios asesinatos, hasta el punto de que tuvo que intervenir la Dirección General de Seguridad de la República y fue detenido.
Una vez en prisión, inmediatamente hizo valer las relaciones que tenía con Azaña, Prieto y Largo Caballero, además de esgrimir en su defensa los servicios que él había prestado a la República, entre otros como él decía el de haber dado el paseo a doscientos fascistas, además de prometer que, si le dejaban libre, gracias a los conocimientos que tenía por el ejercicio de su sacerdocio, podría dar el paseo a otras trecientas personas más. Y, en efecto, le soltaron y Pablo Sarroca siguió sembrando el terror en el barrio de Ventas hasta el final de la Guerra Civil.
Y como sabemos, en este barrio, controlado mediante el terror por Sarroca, estaban escondidas las Concepcionistas Franciscanas, concretamente en la séptima planta del número 45 de la calle Francisco de Silvela. Ante el portal de esta casa aparcaron varios coches la noche del 7 de noviembre de 1936. De las 18 monjas que componían la comunidad, ese día solo quedaban 10 en el piso pues los ocho restantes se habían acomodado en casas de amigos y familiares de Madrid. La madre Carmen, que era la abadesa, aunque la invitaron a ir a una de las casas, se negó porque quería estar junto a su comunidad hasta el final.

Cuando los milicianos aporrearon la puerta de la casa, todavía tuvo tiempo la madre Carmen para dirigirse a sus monjas: «- ¡Hijas mías! Ha llegado la hora de dar testimonio de que somos almas consagradas, confiemos en la ayuda del Señor que no nos faltará»
Los milicianos les ordenaron que salieran en grupos de tres y que subieran a los coches que les esperaban en la calle. En la última expedición la madre Carmen quiso acompañar a Sor Asunción, que imposibilitada como estaba, apenas se podía mover. Y ante los lentos movimientos de la anciana monja, uno de los milicianos la emprendió a patadas contra ella y propuso al resto de los verdugos arrojarla escaleras abajo para acabar de una vez por todas. Pero gracias a los ruegos de la abadesa y a la intervención del portero, los milicianos permitieron que la anciana impedida bajara en el ascensor. La madre Carmen que cerraba la comitiva se despidió de los porteros, dio un par de besos a Teresita Alcaraz, la hija de los porteros, y al tiempo que la besaba y la estrechaba las manos, depositó en ellas 150 pesetas.
No se sabe a ciencia cierta si las diez concepcionistas fueron asesinadas en Paracuellos o en los descampados de la plaza de toros de Ventas, justo donde hoy se encuentran los chiqueros. Partidario de que fueron martirizadas en este último lugar es José Manuel Ezpeleta, un hombre bueno y generoso, incansable investigador desde hace años, con quien estamos en deuda los españoles, por proporcionarnos tantas informaciones de cómo miles de nuestros antepasados dieron su vida por defender nuestra fe.
Javier Paredes (16.12.2018)
Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá
Fuente:
1.- https://www.hispanidad.com/la-resistencia/martires-concepcionistas-i-la-ii-republica-instauro-un-regimen-de-terror-en-las-calles-a-las-religiosas-se-les-perseguia-con-especial-sana_12006066_102.html (visto el 01.02.2019)
2.- https://www.hispanidad.com/la-resistencia/martires-concepcionistas-y-ii-pablo-sarroca-el-terror-de-las-ventas_12006252_102.html (visto el 01.02.2019)





Presentada la Festividad del Corpus Christi 2019



Cartel oficial del Corpus 2019, obra de Inmaculada Peña



Fuente: UNIÓN DE HERMANDADES


El pasado miércoles día 12 de Junio, fueron  presentados los actos con motivo de la festividad del Corpus Christi. La presentación fue conducida por el cofrade de Buena Muerte, Consuelo y Sacramental de Santiago, D. Antonio Montoro, comenzando a las 20:30 horas en la Santa Iglesia Catedral.

En dicho acto se dio a conocer tanto el cartel anunciador, una obra de Dña. Inmaculada Peña Ruiz, artista jerezana licenciada en Bellas Artes, como a la persona que tendrá a bien ser la exaltadora del Corpus, Dña. Rocío López González, dama del Capítulo de Nobles Caballeros y de Isabel La Católica y Secretaria del Proceso Diocesano para la Beatificación de la Sierva de Dios, Dña. Teresa Enríquez de Alvarado, fundadora de las Hermandades Sacramentales.


D. Ángel Hortas Rodríguez-Pascual, organista titular de la Catedral de San Salvador de Jerez, amenizó interpretando varias piezas a órgano.


Evangelio y comentario

Fuente: ALFA Y OMEGA

Domingo de la Santísima Trinidad (ciclo C)
La comunión en la Trinidad

Con las palabras «yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y el Espíritu Santo» somos introducidos en la vida cristiana. Asimismo, desde pequeños hemos aprendido a santiguarnos, considerando este gesto como el más propiamente cristiano. En la Eucaristía, la cima de los sacramentos, tienen gran relevancia las referencias a las personas de la Santísima Trinidad, desde el inicio hasta la bendición final, pasando por el himno del gloria, la profesión de fe o las conclusiones de las principales oraciones de esta celebración. Así pues, la Trinidad conforma el ámbito en el cual se desarrolla la oración cristiana, tanto en las acciones litúrgicas como fuera de ellas.

Un Dios cercano
A pesar de que hablar de Dios uno y trino puede hacernos pensar en un concepto demasiado abstracto para la comprensión del hombre, donde entran en juego complicadas disquisiciones teológicas o filosóficas, la imagen de Dios procede de lo que Él nos ha dado a conocer de sí, es decir, de su revelación. Lejos de la idea que muchos pueden tener sobre el acceso y el conocimiento de Dios, la búsqueda de Dios, que se concreta en conocerlo y amarlo, no resulta una tarea ardua. No es necesario ni útil tratar de indagar sobre las características que definen una lejana y fría imagen de Dios. De manera errónea, con frecuencia se ha entendido la Trinidad como el paradigma de lo más misterioso o complicado que puede existir en materia de fe. Sin embargo, el camino trazado por la vida eclesial y fundamentado en la Biblia refleja todo lo contrario: Dios se ha acercado al hombre dándosenos a conocer. Dios es admirable, pero también profundamente cercano: entra en la historia, nos conoce, nos ama, camina con su pueblo, se entrega, nos comunica su fuerza y su vida. Glorificación, verdad y comunicación son las ideas más típicas del Evangelio de este domingo. Estos conceptos no expresan en absoluto una visión estática de un Dios desentendido del mundo e indiferente a los problemas del hombre, sino alguien que es profundo dinamismo y que ha creado al hombre a su imagen y semejanza.

Dios se ha dado a conocer
En el relato de la creación, del libro del Génesis, el hombre aparece no solo como la más excelsa de las criaturas formadas por Dios, sino también como imagen y semejanza de Dios. Asimismo se observa que el itinerario seguido por toda la Escritura tiene como finalidad la introducción progresiva del hombre en la intimidad de Dios. Cronológicamente, esta realidad se descubre primero en el vínculo que Dios establece con su pueblo y que se va abriendo gradualmente a todos los hombres. Sin embargo, Dios no es revelado de golpe. Así, por ejemplo, desde el relato de la creación sabemos que habla («dijo Dios») y tiene aliento. Siglos después, la Iglesia comprendió que esa Palabra y ese soplo están anticipando la manifestación plena de la segunda y tercera personas de la Santísima Trinidad. Las palabras del Evangelio de este domingo, siguiendo el estilo de san Juan, que desde el prólogo de su Evangelio se refiere al Verbo hecho carne, siguen hablándonos de la introducción del hombre en la vida de Dios y nos muestran que es Jesucristo y el Espíritu Santo quienes nos permiten el acceso al Padre. El punto culminante de esta revelación es la automanifestación de Jesucristo como Hijo de Dios, único, predilecto y primogénito, afirmando la estrecha unidad con el Padre: «El Padre y yo somos uno». Pero cuando la misión del Señor termina es enviado el Espíritu Santo, para que el hombre se siga experimentando que Dios camina a su lado y que no se desentiende jamás del hombre.
No es indiferente la concepción que tenemos de Dios, porque afecta de modo determinante a la autocomprensión del hombre. No es lo mismo que Dios tenga un hijo, que si en su lugar tuviera un esclavo o un siervo. Nosotros somos hijos en el Hijo. Análogamente, cuando el hombre comprende que existe el Espíritu de Dios que nos infunde constantemente sus dones, entiende de modo más fácil que la plenitud de su vida consiste en el amor, un amor que en Dios es una persona y no un ente abstracto.






  Daniel A. Escobar Portillo
 Delegado episcopal de Liturgia adjunto de Madrid




Evangelio

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que recibirá y tomará de lo mío y os lo anunciará».

Juan 16, 12-15 






domingo, 9 de junio de 2019

Misiva para todos los hermanos



Hermandad y Cofradía de Nazarenos de las Sagradas Cinco Llagas de Cristo, Nuestro Padre Jesús de la Vía-Crucis y María Santísima de la Esperanza

Establecida canónicamente en el Real Convento de San Francisco
Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Jerez de la Frontera
Sala Capitular: C/ Diego Fernández Herrera 6 y 8, 11401 - Jerez de la Fra.
Blog oficial: http://cincollagasjerez.blogspot.com
Correo electrónico: cincollagasjerez@gmail.com



Los sagrados concilios enseñan que, por tradición, la Iglesia, desde sus comienzos,
 venera con una sola adoración al Verbo de Dios encarnado y a su propia carne
(S.S. Pío XII, Carta Encíclica  Mediator Dei, n. 162)



Estimado hermano en el Señor de la Vía-Crucis: Pax et bonum.

Mediante la presente misiva, tenemos a bien participarle las siguientes convocatorias: 

1.- SOLEMNE TRIDUO DE EXALTACIÓN A LA EUCARISTÍA

Durante los días 18 martes, 19 miércoles y 20 jueves de junio a las 20,30 horas en la Capilla del Voto tendremos de nuevo la oportunidad de postrarnos ante S.D.M.

2.- - SOLEMNE PROCESIÓN DEL CORPUS CHRISTI ORGANIZADA POR EL CABILDO DE LA S. I. CATEDRAL EL DOMINGO 23 DE JUNIO

Como viene siendo tradicional y obligado por nuestras Reglas desde nuestra reorganización allá por 1939, acompañaremos al Dios Vivo y Verdadero por las calles de nuestra ciudad desde la S.I. Catedral provistos de traje oscuro y la medalla de nuestra Corporación.

 4.- CABILDO GENERAL ORDINARIO DE CUENTAS Y CIERRE DE CURSO: VIERNES 28 DE JUNIO

En virtud de lo tipificado en la Normativa Diocesana de Hermandades y Cofradías, esta Santa Hermandad celebrará Cabildo General Ordinario de Cuentas y Cierre de Curso el viernes día 28 de los corrientes a las 21,00 horas en primera convocatoria y media hora después en segunda con arreglo al siguiente:

O R D E N  D E L  D Í A

1.- Invocación al Espíritu Santo.
2.- Lectura del borrador del acta del Cabildo General Ordinario        anteriormente   celebrado y su aprobación si procediese.
3.- Aprobación de las Cuentas del Curso 2018-2019.
4.- Ruegos y preguntas.
Lo que comunicamos a efectos de citación y máxima puntualidad posible.

Sin otro particular, animándole a la máxima participación en las citaciones expuestas e indicándole que adjuntamos la convocatoria del Solemne Triduo Eucarístico, reciba un fortísimo abrazo en el Señor.

LA JUNTA DE SEÑORES OFICIALES


Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Jerez de la Frontera, mes de junio del año de Gracia del Señor de dos mil diecinueve 






viernes, 7 de junio de 2019

Evangelio y comentario

Fuente: ALFA Y OMEGA

VIII Domingo de Pascua. Solemnidad de Pentecostés (ciclo C)

«Recibid el Espíritu Santo»

Como cierre del tiempo de Pascua, 50 días después del Domingo de Resurrección, vuelven a resonar las palabras «paz a vosotros», que escuchábamos en la octava de Pascua. Junto a este deseo reaparece la alusión al primer día, la memoria de la Pasión en el signo de las llagas de las manos y el costado, la alegría de los discípulos y el envío del Espíritu Santo. La conclusión de la Pascua con este texto sirve, por tanto, para destacar la unidad de este período litúrgico. Pero este domingo la Iglesia quiere hacernos tomar conciencia de algunas implicaciones de haber recibido el don del Espíritu Santo. El Evangelio destaca que se trata de un don que Jesús pide al Padre para los discípulos, como la primera y principal consecuencia de su Resurrección y ascensión a los cielos, y que continúa la entrega del mismo Jesús a favor de los hombres. Cuando han pasado 2.000 años desde este acontecimiento, es interesante destacar que el Espíritu Santo no solo fue dado en un instante determinado de la naciente Iglesia, sino que Jesucristo también hoy como intercesor perpetuo, sigue pidiéndolo al Padre para nosotros. A menudo pensamos en las narraciones del Evangelio a modo de mera crónica histórica: algo sucedió un día determinado y se deja constancia escrita. Sin embargo, un acontecimiento como Pentecostés se plantea como una acción constante a partir de aquel momento, cuyos efectos no cesarán hasta el final de los tiempos, ya que el Espíritu Santo sigue siendo enviado de modo perpetuo a la Iglesia.

La unidad de la Iglesia
Durante la Pascua pocas características predominan más en las lecturas litúrgicas que la unidad de la Iglesia: el Evangelio sitúa a Jesús en medio de sus discípulos cuando estaban en una casa con las puertas cerradas. También los Hechos de los Apóstoles se refieren a que «estaban todos juntos en el mismo lugar». Con todo, la unidad tras Pentecostés superará con creces la frágil comunidad de discípulos que se había dispersado pocos días antes, al ver al Señor humillado y pensar que todo se había terminado. Esta unidad va a ser ahora, de modo nuevo, signo de reconocimiento de la Iglesia. Pero al mismo tiempo se observa que unidad no va a ser sinónimo de uniformidad. De hecho, un punto llamativo es que hablarán distintas lenguas y «cada uno los oía hablar en su propia lengua», al contrario de lo que ocurrió en Babel, donde toda la tierra hablaba una misma lengua y ninguno entendía al prójimo. La pluralidad de pueblos que entienden la predicación de los apóstoles en Pentecostés se vincula con la catolicidad de la Iglesia, con su universalidad. Además, esta enseñanza apostólica puede ser considerada como el cumplimiento del mandato misionero del Señor: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». En definitiva, el pasaje evangélico supone una nítida llamada a superar cualquier barrera entre los hombres, que se corrobora con la enumeración de las distintas naciones de la escena de los Hechos de los Apóstoles. Por ello, el proceso de extensión de la Iglesia ha de ser siempre una senda de apertura constante, donde no ha de existir límite.

«Sopló sobre ellos»
Dos imágenes son utilizadas fundamentalmente para aludir a la fuerza del Espíritu Santo: el fuego y el viento. Ambas se refieren a fenómenos naturales incontrolables y de gran poder. Se quiere señalar con ello que el poder de Dios escapa a los cálculos humanos. Ese soplo al que alude el Evangelio está recordando al aliento con el que el Señor dio vida al hombre cuando creó el mundo. Indica, pues, que el Espíritu Santo es capaz de crear criaturas nuevas si somos dóciles a sus inspiraciones. Por otro lado, se está señalando que la posesión del Espíritu enviado por Dios es la única fuerza que capacita a la Iglesia de todos los tiempos para desempeñar su misión; autoridad concretada aquí en el poder de perdonar y retener pecados.





  Daniel A. Escobar Portillo
 Delegado episcopal de Liturgia adjunto de Madrid




Evangelio

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».


Juan 20, 19-23




sábado, 1 de junio de 2019

Recordatorio: El próximo viernes, 7 de junio, a las 20,30 horas en la iglesia conventual de San Francisco celebraremos Santa Misa de Hermandad





La misma será ofrecida por el eterno descanso del querido sacerdote recientemente fallecido Fray Ricardo de Córdoba, O.F.M. cap.


Se cumplen 100 años de la Consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús


SM El Rey Alfonso XIII en el acto de Consagración

Un 30 de junio de 1919 el Rey Alfonso XIII consagró España al Sagrado Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles ante miles de personas que llegaron de toda España. La Diócesis de Getafe prepara los actos conmemorativos.


Fuente: INFOCATÓLICA


 Un 30 de junio de 1919, el Cerro de los Ángeles de Getafe estaba lleno de miles de fieles. Habían llegado de todo el país en coche, trenes, carros y caballos. El motivo: España se consagraba como país al Sagrado Corazón de Jesús.

El monumento recibió la bendición del nuncio del Papa Benedicto XV, Francesco Ragonesi. El arzobispo de Madrid, Prudencio Melo, presidió la Santa Misa y, antes de la bendición final, se leyó un telegrama del Santo Padre.

Depués de escuchar las palabras del pontífice, se expuso el Santísimo Sacramento de forma solemne y todos se arrodillaron. El Rey Alfonso XIII, de pie, leyó la consagración, de píe ante el Altar del Monumento.

 

Así fue la Consagración

La ocasión reunió al Rey Alfonso XIII, a la Familia Real, a miembros del Gobierno y otras autoridades civiles, religiosas y militares. A las 11:30, se izó el pendón morado de Castilla y los Reyes aparecieron en la tribuna regia, en medio de aclamaciones.

El Nuncio de Su Santidad bendijo el Monumento y, antes de la Eucaristía, el coro del Círculo de San José y el Sindicato obrero femenino de María Inmaculada cantaron el «Gloria in Excelsis Deo» y el «O Salutaris», entre otras oraciones.

Antes de la bendición final, el Cardenal Gasparri leyó una carta del Papa donde concedía indulgencia plenaria a todos los que asistieron a la ceremonia religiosa. Después, se expuso en el altar la Sagrada Forma y todos se arrodillaron.

Alfonso XIII se colocó junto al altar y proclamó la fórmula de la Consagración. «Corazón de Jesús Sacramentado, Corazón del Dios – Hombre, Redentor del Mundo, Rey de Reyes y Señor de los que dominan: España, pueblo de tu herencia y de tus predilecciones, se postra hoy reverente ante ese trono de tus bondades que para Ti se alza en el centro de la Península... Reinad en los corazones de los hombres, en el seno de los hogares, en la inteligencia de los sabios, en las aulas de las ciencias y de las letras, y en nuestras leyes e instituciones patrias», es un fragmento de esa lectura.

Monseñor Melo Alcalde, obispo de Madrid, pidió que la consagración se viviera con fervor en toda España. Durante la consagración, en todas las iglesias españolas hubo oraciones dando gracias y pidiendo por la paz, mientras repicaban sus campanas. España entera se postró ante el Sagrado Corazón, para que reinase en España, tal como había prometido a Bernardo de Hoyos.

Según monseñor Joaquín López, obispo emérito de Getafe, la validez de la consagración de España, que tuvo lugar hace ya un siglo, «ha quedado confirmada por los innumerables frutos de santidad, no exentos de persecución, que se han producido en este tiempo».

Mons. López afirmó que todo acto de consagración al Corazón de Cristo «es una confesión de fe en Dios, compromiso de reparación al Corazón del Salvador y una respuesta generosa al mismo Cristo».

 

Historia de la devoción

La historia del Sagrado Corazón en España comenzó con el jesuita P. Bernardo de Hoyos (1711-1735), quien comenzó a impulsar esta devoción. En una de las revelaciones que experimentó, escuchó a Jesucristo: «Reinaré en España, y con más veneración que en otras muchas partes».

Don Francisco Belda y Pérez de Nuero, primer obispo de Getafe, propuso en junio de 1900 que se construyera un santuario al Sagrado Corazón de Jesús. Tras el Solemne Congreso Eucarístico celebrado en Madrid (1911) colaboró en su propuesta don Ramón García Rodrigo de Nocedal, terciario franciscano y devoto de la Adoración Nocturna. Aprovechando el proceso de beatificación de Bernardo de Hoyos, en 1914, se aprobó la idea de construir el santuario.

El 30 de junio de 1916, fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, el obispo Salvador y Barrera puso la primera piedra y el Papa Benedicto XV concedió indulgencia para los que colaborasen.

La escultura original, obra de Carlos Maura Nadal (arquitecto) y Aniceto Marinas (escultor) donada por Mariano de Coyenche, se realizó en piedra caliza. Simbolizaba a Cristo predicando a la humanidad con expresión serena y majestuosa, amparando y acogiendo a quienes responden al mensaje del Evangelio: «Venid a Mí quienes estais cansados y agotados».

En el monumento original, varias esculturas representaban tanto la humanidad santificada, como la que tiende a santificarse: San Agustín, Santa Teresa de Jesús o San Juán Evangelista, entre otros. En la actual también aparecen don Pelayo y otros cristianos de nuestra historia.

Durante la Guerra Civil, la escultura original desapareció prácticamente, como consecuencia del odio de las hordas republicanas. El 23 de julio de 1936, 5 jóvenes que trataban de defender el Santuario sufrieron el martirio. Días después, los milicianos terminaron destruyéndolo.

Se conservan algunos restos de la escultura junto a la ermita de la Vírgen de los Ángeles. En el actual Santuario, fueron enterrados los jóvenes mártires.

En 1944, los arquitectos Pedro Muguruza y Luis Quijada Martínez comenzaron a restaurarlo, realizando una escultura de mayor tamaño. Se inauguró en 1965 y, 10 años después, se abrieron las puertas del actual Santuario del Sagrado Corazón de Jesús.

La Diócesis de Getafe, desde el mes de diciembre prepara con gran devoción este centenario, que tendrá su momento cumbre el próximo 30 de junio en el Cerro de los Ángeles. Han invitado a todos los españoles a que se consagren al Sagrado Corazón. En las webs Corazón de Cristo y Cerro de los Ángeles se puede ver más información.


 

Milicianos republicanos "fusilan" al Sagrado Corazón de Jesús


Evangelio y comentario

Fuente: ALFA Y OMEGA

VII Domingo de Pascua. Solemnidad de la Ascensión del Señor (ciclo C)

Mientras los bendecía fue llevado hacia el cielo

En torno a los 40 días tras la Resurrección celebramos la solemnidad de la Ascensión del Señor. No es el texto del Evangelio el que alude a ese espacio de tiempo, sino la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles. Precisamente al acercarnos a la primera lectura y al Evangelio llama la atención que la conclusión del Evangelio de Lucas coincide en la temática con el inicio del libro de los Hechos. Así, de este libro leemos el principio, mientras que del Evangelio la conclusión. Se subraya con ello que el punto de llegada de la misión de Jesús quiere enlazar con la misión de la Iglesia. No existe, pues, un espacio vacío ni una discontinuidad entre la presencia del Señor y la de su Iglesia.

La unidad con la pasión y la resurrección
Como sabemos, a lo largo del tiempo pascual en el que estamos, tanto la Palabra de Dios como el resto de los textos utilizados en la liturgia han querido destacar el estrecho vínculo entre la gloria de la Resurrección y la Pasión y Muerte del Señor en la cruz. Hoy es necesario incidir en que el misterio de la Ascensión forma una unidad con el de la Resurrección del Señor. Este es el motivo por el que no es imprescindible celebrar esta fiesta exactamente a los 40 días del día de Pascua. Lo realmente interesante es poner de relieve el significado más hondo de los misterios de la Pascua, de la Ascensión del Señor o de Pentecostés, que celebraremos el domingo que viene. Asimismo, es necesario encuadrar estos acontecimientos en el marco del tiempo pascual. No se trata solamente de unos hechos independientes y sucesivos, celebrados con la correspondiente fiesta anual. Estamos ante un hecho salvífico único, que una vez que ha sucedido en Cristo, se nos va comunicando en la celebración de cada año.

Testigos del triunfo del Señor
Tras la descripción de la Pasión y de la victoria del Señor sobre la muerte, Jesús insiste en el papel de sus discípulos como testigos de lo que ha ocurrido. Es fundamental recalcar que «subir» o «ascender» no hace referencia, en primer término, a una concepción geográfica, que es quizá la que predomina en la conocida descripción que escuchamos hoy en el libro de los Hechos. Dicho de otra manera, la Ascensión del Señor a la vista de sus discípulos representa ante todo la glorificación plena del Señor resucitado, en la misma línea en la que se profesa en el credo, cuando afirmamos «subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre Todopoderoso». Ciertamente, ascender o descender geográficamente no supone ningún cambio en la vida de nadie, pero ser constituido juez, señor y mediador universal tiene gran repercusión para Cristo y para quienes hemos sido incorporados su vida. Además, el pasaje evangélico alude al gesto de bendición en el momento en que Jesús era llevado al cielo. El hecho de bendecir levantando las manos aparece solo dos veces en el Antiguo Testamento, refiriéndose a la bendición del sumo sacerdote tras el sacrificio. Por eso, este gesto y la postración evidencian que Jesucristo ha realizado el verdadero y definitivo sacrificio, y que, al mismo tiempo, ha sido constituido Señor de cielo y tierra. Comprender la Ascensión como una consecuencia de la Resurrección supone aceptar el triunfo del Señor como nuestro propio triunfo y, al mismo tiempo, ver en esta victoria el impulso para la comunidad que no se queda paralizada mirando al cielo, sino que, comenzando por Jerusalén, realizará el anuncio del Evangelio hasta los confines del orbe.
Como nosotros actualmente, la comunidad de discípulos sabe que el encargo que ha recibido no es sencillo, pero, al mismo tiempo, es consciente de la presencia y la ayuda del Señor resucitado, que prometió que estaría con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. El Evangelio de este domingo también habla del encargo del Señor de esperar en Jerusalén «hasta que os revistáis de la fuerza que viene de lo alto», introduciendo la esperanza en la venida del Espíritu Santo.




  Daniel A. Escobar Portillo
 Delegado episcopal de Liturgia adjunto de Madrid




Evangelio

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre; vosotros, por vuestra parte, quedaos en la ciudad hasta que os revistáis de la fuerza que viene de lo alto».
Y los sacó hasta cerca de Betania y, levantando sus manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, y fue llevado hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.


Lucas 24, 46-53