BLOG OFICIAL DE LA HERMANDAD Y COFRADÍA DE NAZARENOS DE LAS SAGRADAS CINCO LLAGAS DE CRISTO, NUESTRO PADRE JESÚS DE LA VÍA-CRUCIS Y MARÍA SANTÍSIMA DE LA ESPERANZA
Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Jerez de la Frontera
viernes, 20 de mayo de 2016
Evangelio y comentario
Fuente: ALFA Y OMEGA
Domingo de la Santísima Trinidad
(ciclo C)
Tri-unidad
Tras la culminación del tiempo pascual con la solemnidad
de Pentecostés, la liturgia de la
Iglesia dedica un domingo a contemplar el misterio de Dios,
Uno y Trino. Después de hacer memoria de Jesucristo Resucitado, durante 50
días, y del Espíritu Santo en la solemnidad de Pentecostés, parece que la
propia dinámica del año litúrgico pide una fiesta que contemple al Padre, al
Hijo y al Espíritu Santo en la comunión de amor de su misterio trinitario. Por
eso, aparece en el segundo milenio esta solemne fiesta dedicada a la Santísima Trinidad.
«Muchas cosas me quedan por deciros»
El texto del Evangelio de Juan que se proclama en este
domingo pertenece a los denominados discursos de despedida. En el contexto de
la última cena, en un ambiente de despedida, Jesús, siendo consciente de que
falta poco tiempo para su Pasión y Muerte, se dirige a sus discípulos,
completamente ajenos a los inminentes acontecimientos. Jesús, como buen
Maestro, conoce muy bien a sus discípulos, sabe lo que les ha enseñado y lo que
aún le falta por enseñar, sabe lo que han aprendido y aquello que les cuesta
entender. Admite que hay muchas cosas más que le hubiera gustado haber dicho a
aquellos amados alumnos; sin embargo, bien sabe Él que no ha sido posible. ¿Por
qué? Porque aquellos discípulos, aunque se consideran fuertes, son débiles; no
están capacitados, ni siquiera aún, para imaginar lo que les espera. No pueden
sospechar el sufrimiento atroz del Mesías ni la humillación a la que será
sometido el Ungido. No están capacitados para soportar la implicación y
consecuencias de su discipulado. Ahora, en este momento previo a la Pasión y Muerte, ante el
desconcierto tremendo que van a vivir sus discípulos, Jesús prefiere callar. Y
en este contexto, promete el envío del Espíritu Santo –el Paráclito– para que
sea él quien continúe la misión instructiva de Jesús entre sus discípulos.
«El Espíritu de la Verdad »
Por tanto, Jesús sabe que no puede compartir muchas cosas
con sus discípulos, pero lo hará el Espíritu Santo, que en este texto es
denominado como «Espíritu de la
Verdad ». El Espíritu guía los pasos de la comunidad
apostólica y les revela la
Verdad , que es el mismo Cristo, como Él mismo se había
definido: «Yo soy la Verdad »
(Jn 3,8-10). Es decir, les ayuda a comprender las palabras anunciadas por
Cristo mismo y a entender su propio misterio. Por eso, la gran misión del
Espíritu es guiarlos hacia la
Verdad , conducirlos por un camino que supone un proceso
gradual con etapas diversas y sucesivas. Más aún: no solo ayudará a comprender
el significado pleno de lo que ha dicho Jesús, sino también todo aquello que
habrá de venir; lo pasado y lo futuro. De este modo se convierte en ayuda y
garantía continua para la
Iglesia.
«Lo que tiene el Padre es mío»
En el texto se menciona al Padre. Es la fuente de toda
revelación y verdad. Todo lo que enseña el Hijo y el Espíritu procede del
Padre. Tanto el Hijo como el Espíritu transmiten a los creyentes lo que han
escuchado del Padre.
Es interesante también esta asociación que hace Jesús
mismo entre el Padre y Él. Todo lo que es del Padre es del Hijo. Establece una
comunión de vida y amor entre ambos. También con el Espíritu. Se habla de
comunión y divinidad. Este es el motivo por el que la liturgia de la Iglesia proclama este
texto evangélico en la solemnidad de la Santísima Trinidad.
Cristo revela su identidad filial, habla del Padre y promete el Espíritu. Este
es el misterio del Dios cristiano: Uno y Trino. Por supuesto que este pasaje
evangélico no quiere ni pretende ser un tratado dogmático sobre el misterio de la Trinidad ni una
explicación ontológica sobre la naturaleza del Dios Uno y Trino. Son cuestiones
académicas reservadas a las aulas de teología. El texto expone simplemente las
palabras de Jesucristo, antes de su Pasión y Muerte, en las que revela el
misterio trinitario y manifiesta la acción de Dios en favor de su pueblo.
Profesamos nuestra fe en el Dios Uno y Trino, reconociendo
nuestra impotencia para abarcar racionalmente los límites del misterio. Siempre
que se celebra esta solemnidad, recuerdo aquella elocuente anécdota del gran
obispo y predicador francés del siglo XVII Jacobo Benigno Bossuet, cuando al
bajar del púlpito, tras acabar un sermón sobre la Trinidad , afirmó en alta
voz ante el pueblo: «Perdona, Señor, son hombres los que hablan».
Aurelio García Macías
Congregación para el Culto Divino yla Disciplina
de los Sacramentos
Congregación para el Culto Divino y
Evangelio
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «Muchas cosas
me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga
él, el Espíritu de la Verdad ,
os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que
hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. El me glorificará,
porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío.
Por eso os he dicho que recibirá y tomará de lo mío y os lo anunciará».
Juan 16, 12-15
viernes, 13 de mayo de 2016
Evangelio y comentario
Fuente: ALFA Y OMEGA
Domingo de Pentecostés (ciclo C)
Espíritu
Pentekonta significa cincuenta en griego. Con la
solemnidad de Pentecostés culminan los cincuenta días de Pascua, dedicados a
celebrar la Resurrección
de Jesucristo. En este contexto pascual, recordamos solemnemente la venida del
Espíritu Santo sobre la primera comunidad apostólica en la fiesta judía de
Pentecostés, tal como lo relata el libro de los Hechos de los Apóstoles.
Aquellos atemorizados discípulos recibieron la fuerza vivificadora del Espíritu
Santo, que los conformó en Iglesia y los transformó en testigos y apóstoles
para continuar la misma misión de su Maestro en el mundo.
Paz a vosotros
El texto del Evangelio de Juan, que se proclama en el
último domingo de la
Santa Pascua , describe la aparición de Jesús Resucitado en
medio del grupo de los discípulos, reunidos con María, la Madre de Jesús. Lo primero
que llama la atención es el saludo repetido del Resucitado: «Paz a vosotros».
Los discípulos estaban llenos de miedo, porque temían a los judíos. Habían matado
al Maestro y buscaban a sus seguidores para terminar con ellos. Las puertas
cerradas por dentro revelan metafóricamente el pavor de aquella comunidad
apostólica. Y viven la presencia del Señor Resucitado como un alegre
acontecimiento que disipa los temores y comunica paz a su corazón agitado. ¡Qué
hermoso dato el que nos transmite este texto evangélico: «Se llenaron de
alegría al ver al Señor»! En medio del temor y el miedo, el Resucitado infunde
paz y alegría, los frutos de la
Pascua.
«Os envío»
En el centro del relato, Cristo encomienda una misión a
toda la comunidad apostólica: «Como el Padre me ha enviado, así también os
envío yo». El Señor llama a los apóstoles, congregados junto con María, a
continuar su misión en medio del mundo y de la historia. Es la misma misión que
Jesús ha recibido del Padre y que ellos deben prolongar hasta el final de los
tiempos.
Sin embargo, aunque son testigos del Cristo Resucitado en
varias apariciones, aunque han experimentado su paz y su alegría en diversos
contextos… siguen paralizados por el miedo, se refugian en el Cenáculo para
combatir su inseguridad y no son capaces de salir de su ostracismo. ¿Qué les
pasa? ¿Qué les falta? Necesitan el aliento, la fuerza y el fuego del Espíritu
para romper todo obstáculo paralizante en su interior y abrirse a una vida
nueva.
«Recibid el Espíritu»
El centro del relato es Cristo Resucitado. Muestra las
marcas de sus manos y de su costado para revelar que es el Crucificado
Resucitado, el Hijo de Dios que ha cumplido la misión encomendada por el Padre
y que ahora encomienda a sus apóstoles. Jesús es consciente de los obstáculos y
dificultades que han de afrontar en este mundo, porque Él mismo las ha
experimentado. Las llagas de sus manos y costado son prueba de ello. Por eso,
infunde sobre los presentes el don divino del Espíritu Santo: «Recibid el
Espíritu Santo». Al igual que el mismo Jesús, son capacitados por y con la
fuerza del Espíritu para realizar y continuar su misma misión.
El don del Espíritu es recibido por la comunidad apostólica
como capacitación para una misión, no como un privilegio personal. Los mismos
discípulos, que unos momentos antes estaban atemorizados y paralizados en su
propio fracaso, tras recibir el don del Espíritu, rompen las puertas del
Cenáculo y aparecen en la plaza más pública de Jerusalén gritando el kerigma,
el primer anuncio de Jesús, el Cristo, muerto y resucitado. Ya no temen nada,
ni están paralizados por obstáculo alguno.
Y es el mismo Espíritu que recibe todo cristiano para
continuar la misión de Jesucristo y de los apóstoles en cada momento de la
historia. Todos los seguidores de Jesucristo son ungidos por el Espíritu de
Dios para ser enviados como testigos valientes del Evangelio en medio del mundo
y para afrontar la misión que el Señor los encomienda en las diversas
vocaciones a las que son llamados cada uno de ellos.
Este texto evangélico vincula la presencia del Cristo
Pascual con la presencia del Espíritu Santo. El Espíritu es un don del
Resucitado y plenitud del misterio pascual, que la Iglesia actualiza en toda
celebración litúrgica. ¡Qué bien lo expresa ese adagio que dice: Semper Pascha,
semper Pentecoste. Es decir, para la
Iglesia , para los cristianos, «siempre es Pentecostés»,
porque en la liturgia se invoca la presencia, el don y la fuerza transformadora
del Espíritu Santificador. Y «siempre es Pascua», porque por la fuerza del
Espíritu Santo se actualiza y se hace presente el misterio pascual de
Jesucristo en la liturgia y, por tanto, en medio de nosotros. De alguna forma
revivimos la misma experiencia de la comunidad apostólica en aquel primer
Pentecostés. ¡No lo olvidemos!, para un cristiano, Semper Pascha, semper
Pentecoste.
Aurelio García Macías
Congregación para el Culto Divino yla Disciplina
de los Sacramentos
Congregación para el Culto Divino y
Evangelio
Al anochecer de aquel día, el primero de la semana,
estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los
judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se
llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el
Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos
y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo, a quienes les perdonéis los pecados,
les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Juan 20, 19-23
sábado, 7 de mayo de 2016
Evangelio y comentario
Fuente: ALFA Y OMEGA
VII Domingo de Pascua. Solemnidad de la Ascensión del Señor (ciclo
C)
Elevado al cielo
Tanto los evangelios sinópticos como el libro de los
Hechos de los Apóstoles nos informan de que, 40 días después de la Resurrección , Jesús
fue elevado al cielo en presencia de sus discípulos. Este es el motivo por el
que la Iglesia ,
al estructurar la celebración de los misterios de Jesucristo en el año
litúrgico, celebraba esta solemnidad del Señor precisamente en el día 40 del
tiempo pascual, que siempre era jueves. Los condicionamientos laborales y
legislativos de la sociedad actual obligaron, no hace muchos años, a celebrarla
en domingo, dejando obsoleto aquel famoso adagio español que decía: «Tres
jueves hay en el año que relumbran más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi
y el día de la Ascensión ».
El acontecimiento de la Ascensión del Señor no
es un hecho aislado de la vida de Jesús, sino que está íntimamente relacionado
con su misterio pascual. Así lo expresa la Iglesia en la oración litúrgica cuando recuerda
la obra de la salvación acontecida en Jesucristo diciendo: «Al celebrar ahora
el memorial de la pasión salvadora de tu Hijo, de su admirable Resurrección y
Ascensión al cielo, mientras esperamos su venida gloriosa…». No es simple
casualidad la vinculación de estos acontecimientos salvadores. Se trata de
diversos aspectos de la única obra de la redención. Y así se recoge también en
el credo de la Iglesia :
«Subió al cielo, está sentado a la derecha de Dios y de nuevo vendrá con gloria
a juzgar a vivos y muertos».
«Subió al cielo»
El texto del Evangelio del Lucas, proclamado en el domingo
VII de Pascua, relata el acontecimiento de la Ascensión de Jesucristo.
Lucas se entretiene en dar algunos datos que –como diría san Ignacio de Loyola–
ayudan a contextualizar el evento, hasta con cierta teatralidad. La acción se
desarrolla cerca de Betania. Primero describe a Jesús: levantó las manos,
bendijo a sus discípulos y se separó de ellos, porque fue llevado al cielo.
Otros textos dicen «fue elevado» al cielo. Después repara en la reacción de los
discípulos: «Se postraron ante él», como signo de veneración y reconocimiento
ante el Hijo de Dios; y se volvieron a Jerusalén con gran alegría, bendiciendo
siempre a Dios en el templo.
La imagen idílica que presenta Lucas de este
acontecimiento sirve para culminar el periplo histórico de Jesús entre los
suyos. El misterio de la
Ascensión es el fin de la presencia visible de Jesucristo en
la historia. Como muy bien dice Juan en su Evangelio, «sabiendo Jesús que de
Dios venía y a Dios volvía» (Jn 13). La Ascensión de Jesús es el misterio de su vuelta al
Padre.
«Está sentado a la derecha del Padre»
¿Y por qué vuelve al Padre? Como muy bien dice la Carta a los Hebreos, «para
ponerse ante Dios, intercediendo por nosotros» (Hb 9,24). Esta Carta identifica
a Jesucristo como el gran Sacerdote que ha entrado en el santuario del cielo
para interceder ante Dios Padre por toda la humanidad. La imagen metafórica
«sentarse a la derecha» significa ocupar el lugar más distinguido y
privilegiado ante alguien importante. Jesús, después de cumplir la misión
encomendada por su Padre está (en presente) en el lugar que le corresponde como
Hijo amado y predilecto.
«Y de nuevo vendrá con gloria»
Finalmente, la fe cristiana profesa que Cristo volverá. Es
curioso advertir la importancia del tiempo verbal en el credo de la Iglesia. «Subió» al
cielo; porque la Ascensión
es un acontecimiento pasado. «Está» sentado a la derecha del Padre; porque
expresa la condición presente de Jesucristo. Y «vendrá» manifiesta la acción
futura de Jesús, porque la fe de la
Iglesia cree las palabras que el ángel dijo a los discípulos,
referidas a Jesús: «Volverá como lo habéis visto marcharse».
El misterio de la Ascensión es la culminación del camino y misión
de Jesucristo; y es también la culminación del camino y misión de todo
cristiano, porque Jesús, que es nuestra Cabeza, anticipa lo que un día vivirá
en plenitud, todo su Cuerpo, que es la Iglesia. Donde está
Cristo, allí estará su Cuerpo, la Iglesia. Por tanto, la solemnidad de la Ascensión es ya nuestra
victoria. Es una fiesta gozosa, porque anticipa el destino del buen seguidor de
Jesucristo y alienta su esperanza, conociendo ya la meta que le espera. ¡Qué
bien lo sintetizó san Agustín cuando recomendaba a sus fieles en este día que
«meditemos en la tierra lo que esperamos encontrar en el cielo».
Aurelio García Macías
Congregación para el Culto Divino yla Disciplina
de los Sacramentos
Congregación para el Culto Divino y
Evangelio
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre
los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el
perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros
sois testigos de esto. Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi
padre. Vosotros, por vuestra parte, quedaos en la ciudad hasta que os revistáis
de la fuerza que viene de lo alto».
Y los sacó hasta cerca de Betania y, levantando las manos,
los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos, y fue llevado hacia
el cielo.
Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con
gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.
Lucas 24, 46-53
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