XXXIII
Domingo del tiempo ordinario (ciclo C)
«Con vuestra perseverancia
salvaréis vuestras almas»
La llegada del fin del mundo siempre ha causado miedo en
el hombre. Para muchos se ha tratado solo de una realidad esperada para un
momento tan lejano en el tiempo que apenas ha tenido influencia en el
pensamiento ni en las decisiones. Sin embargo, ha habido otros que se ha
detenido a pensar en este futuro acontecimiento, que, si bien no podemos
determinar cuándo sucederá, sabemos que ocurrirá. Basta con observar los
estudios científicos sobre la evolución del universo. En ese instante, el
mundo, tal y como la conocemos, desaparecerá. Esta idea abre el pasaje
evangélico de este domingo, penúltimo del año litúrgico. Se describe la belleza
del templo, que representa lo establecido, lo fijo, lo perpetuo. Para el judío
no existía nada más inamovible que el templo, lugar de la presencia de Dios que
estaba en medio de su pueblo. Frente a esta seguridad, Jesús afirma que «no
quedará piedra sobre piedra». A pesar de que se hablaba del templo como de lo
más sagrado para Israel, el pueblo sabía que, si el templo desaparecía, no
sería la primera vez que esto ocurriría.
Las señales del fin del mundo
No eran pocos en tiempos de Jesús y en el primer siglo de
cristianismo los que pensaban que el final de los tiempos era inminente. Muchos
quisieron prepararse para este momento y de ahí surge la doble pregunta a Jesús
acerca del momento preciso o de las señales que acompañarían ese día final de
la historia. La respuesta del Señor, sin embargo, no es una siempre evasiva,
sino que trata de mostrar una gran esperanza. En efecto, cuando Jesús señala
que «muchos vendrán en mi nombre diciendo “Yo soy”», el Señor no solo previene
frente a los falsos profetas de calamidades o mesías de cualquier tipo que
surgen en momentos de pánico y confusión, como muestra toda la historia de la
humanidad. No se puede entender la advertencia del Señor como una mera
advertencia contra quienes se quieren aprovechar de una situación de miedo.
Cuando en la Biblia
encontramos la expresión «Yo soy», se está aludiendo a Dios, al nombre de Yahvé
y de Dios. Esta expresión aparece de modo preferente en el Evangelio de Juan,
unida al agua (encuentro entre Jesús y la samaritana), a la luz (curación del
ciego de nacimiento) o a la vida (resurrección de Lázaro). Los tres pasajes
citados, que tradicionalmente han sido utilizados por la Iglesia para referirlos al
Bautismo, ponen en primer plano el «Yo soy», que también oímos en el Evangelio
de este domingo. Por lo tanto, el texto afirma, por una parte, que en el único
que debemos poner la confianza es en Dios y en Jesucristo mismo–«yo soy»–; por
otra parte, a partir de esa relación que establecemos con Cristo podremos
afrontar cualquier realidad futura, por preocupante que parezca. De hecho,
junto a los fenómenos espantosos y signos del cielo que el pasaje anuncia,
Jesús habla de quienes comparecerán ante reyes «por causa de mi nombre». De
nuevo aparece el «nombre de Dios», que es «Yo soy». De este modo, observamos
cómo, a partir de algunos elementos dispersos en el pasaje, el núcleo del mismo
no lo conforman los calamitosos augurios e incertidumbres sobre el futuro, sino
Jesucristo, que con su presencia sostiene a quienes caminamos en la historia,
con independencia de las vicisitudes históricas que cada generación vaya
viviendo, conforme pasen los siglos.
Una tarea que realizar
De la confianza en Jesucristo que está presente en la
historia y en la vida de su Iglesia nace el deseo de seguimiento al Señor y la
continuidad en el mismo a través de la perseverancia, que es la última llamada
que nos hace el Señor en el Evangelio. La incertidumbre sobre el futuro
personal o colectivo no puede nunca paralizarnos ni oscurecer la esperanza de
que el Señor resplandecerá, por mucho que el mal pueda aparentar una gran
fuerza en el mundo presente.
Daniel A. Escobar Portillo
Delegado episcopal de Liturgia de Madrid
Delegado episcopal de Liturgia de Madrid
Evangelio
En aquel tiempo, como algunos hablaban del templo, de lo
bellamente adornado que estaba con piedra de calidad y exvotos, Jesús les dijo.
«Esto que contempláis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que
no sea destruida». Ellos le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y
cuál será la señal de que todo eso está para suceder?».
Él dijo: «Mirad que nadie os engañe. Porque
muchos vendrán en mi nombre diciendo: “Yo soy”, o bien: “Está llegando el
tiempo”; no vayáis tras ellos. Cuando oigáis noticias de guerras y de
revoluciones, no tengáis pánico. Porque es necesario que eso ocurra primero, pero
el final no será enseguida».
Entonces les decía: «Se alzará pueblo contra
pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países,
hambres y pestes. Habrá también fenómenos espantosos y grandes signos en el
cielo.
Pero antes de todo eso os echarán mano, os
perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, y haciéndoos
comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre. Esto os servirá
de ocasión para dar testimonio. Por ello, meteos bien en la cabeza que no
tenéis que preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a
las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta
vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os entregarán, y matarán a
algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa de mi nombre. Pero ni un
cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis
vuestras almas».
Lucas 21, 5-19