BLOG OFICIAL DE LA HERMANDAD Y COFRADÍA DE NAZARENOS DE LAS SAGRADAS CINCO LLAGAS DE CRISTO, NUESTRO PADRE JESÚS DE LA VÍA-CRUCIS Y MARÍA SANTÍSIMA DE LA ESPERANZA
Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Jerez de la Frontera
martes, 19 de noviembre de 2019
lunes, 18 de noviembre de 2019
Fray Julián: “San Francisco no valora al otro por lo que es sino por lo que puede llegar a ser”
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| Foto: N.H.D. Marco A. Velo |
El pasado viernes 15 de noviembre se celebró
con notable éxito de público y de contenido la segunda charla de espiritualidad
franciscana en la Capilla
del Voto dirigida por nuestro
Director Espiritual, Fray Julián Bartolomé Rivera, O.F.M..
jueves, 14 de noviembre de 2019
Evangelio y comentario
Fuente: ALFA Y OMEGA
XXXIII
Domingo del tiempo ordinario (ciclo C)
«Con vuestra perseverancia
salvaréis vuestras almas»
La llegada del fin del mundo siempre ha causado miedo en
el hombre. Para muchos se ha tratado solo de una realidad esperada para un
momento tan lejano en el tiempo que apenas ha tenido influencia en el
pensamiento ni en las decisiones. Sin embargo, ha habido otros que se ha
detenido a pensar en este futuro acontecimiento, que, si bien no podemos
determinar cuándo sucederá, sabemos que ocurrirá. Basta con observar los
estudios científicos sobre la evolución del universo. En ese instante, el
mundo, tal y como la conocemos, desaparecerá. Esta idea abre el pasaje
evangélico de este domingo, penúltimo del año litúrgico. Se describe la belleza
del templo, que representa lo establecido, lo fijo, lo perpetuo. Para el judío
no existía nada más inamovible que el templo, lugar de la presencia de Dios que
estaba en medio de su pueblo. Frente a esta seguridad, Jesús afirma que «no
quedará piedra sobre piedra». A pesar de que se hablaba del templo como de lo
más sagrado para Israel, el pueblo sabía que, si el templo desaparecía, no
sería la primera vez que esto ocurriría.
Las señales del fin del mundo
No eran pocos en tiempos de Jesús y en el primer siglo de
cristianismo los que pensaban que el final de los tiempos era inminente. Muchos
quisieron prepararse para este momento y de ahí surge la doble pregunta a Jesús
acerca del momento preciso o de las señales que acompañarían ese día final de
la historia. La respuesta del Señor, sin embargo, no es una siempre evasiva,
sino que trata de mostrar una gran esperanza. En efecto, cuando Jesús señala
que «muchos vendrán en mi nombre diciendo “Yo soy”», el Señor no solo previene
frente a los falsos profetas de calamidades o mesías de cualquier tipo que
surgen en momentos de pánico y confusión, como muestra toda la historia de la
humanidad. No se puede entender la advertencia del Señor como una mera
advertencia contra quienes se quieren aprovechar de una situación de miedo.
Cuando en la Biblia
encontramos la expresión «Yo soy», se está aludiendo a Dios, al nombre de Yahvé
y de Dios. Esta expresión aparece de modo preferente en el Evangelio de Juan,
unida al agua (encuentro entre Jesús y la samaritana), a la luz (curación del
ciego de nacimiento) o a la vida (resurrección de Lázaro). Los tres pasajes
citados, que tradicionalmente han sido utilizados por la Iglesia para referirlos al
Bautismo, ponen en primer plano el «Yo soy», que también oímos en el Evangelio
de este domingo. Por lo tanto, el texto afirma, por una parte, que en el único
que debemos poner la confianza es en Dios y en Jesucristo mismo–«yo soy»–; por
otra parte, a partir de esa relación que establecemos con Cristo podremos
afrontar cualquier realidad futura, por preocupante que parezca. De hecho,
junto a los fenómenos espantosos y signos del cielo que el pasaje anuncia,
Jesús habla de quienes comparecerán ante reyes «por causa de mi nombre». De
nuevo aparece el «nombre de Dios», que es «Yo soy». De este modo, observamos
cómo, a partir de algunos elementos dispersos en el pasaje, el núcleo del mismo
no lo conforman los calamitosos augurios e incertidumbres sobre el futuro, sino
Jesucristo, que con su presencia sostiene a quienes caminamos en la historia,
con independencia de las vicisitudes históricas que cada generación vaya
viviendo, conforme pasen los siglos.
Una tarea que realizar
De la confianza en Jesucristo que está presente en la
historia y en la vida de su Iglesia nace el deseo de seguimiento al Señor y la
continuidad en el mismo a través de la perseverancia, que es la última llamada
que nos hace el Señor en el Evangelio. La incertidumbre sobre el futuro
personal o colectivo no puede nunca paralizarnos ni oscurecer la esperanza de
que el Señor resplandecerá, por mucho que el mal pueda aparentar una gran
fuerza en el mundo presente.
Daniel A. Escobar Portillo
Delegado episcopal de Liturgia de Madrid
Delegado episcopal de Liturgia de Madrid
Evangelio
En aquel tiempo, como algunos hablaban del templo, de lo
bellamente adornado que estaba con piedra de calidad y exvotos, Jesús les dijo.
«Esto que contempláis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que
no sea destruida». Ellos le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y
cuál será la señal de que todo eso está para suceder?».
Él dijo: «Mirad que nadie os engañe. Porque
muchos vendrán en mi nombre diciendo: “Yo soy”, o bien: “Está llegando el
tiempo”; no vayáis tras ellos. Cuando oigáis noticias de guerras y de
revoluciones, no tengáis pánico. Porque es necesario que eso ocurra primero, pero
el final no será enseguida».
Entonces les decía: «Se alzará pueblo contra
pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países,
hambres y pestes. Habrá también fenómenos espantosos y grandes signos en el
cielo.
Pero antes de todo eso os echarán mano, os
perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, y haciéndoos
comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre. Esto os servirá
de ocasión para dar testimonio. Por ello, meteos bien en la cabeza que no
tenéis que preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a
las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta
vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os entregarán, y matarán a
algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa de mi nombre. Pero ni un
cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis
vuestras almas».
Lucas 21, 5-19
viernes, 8 de noviembre de 2019
La Hermandad de las Cinco Llagas ratifica a sus capataces para la Semana Santa 2020
El próximo viernes 15 de noviembre, primera jornada de Formación de este curso dirigida por nuestro Director Espiritual
Como fue anunciado el pasado curso, y de cara a la concesión para nuestra
Hermandad del título de FRANCISCANA, y dado el gran interés mostrado
por el cuerpo de hermanos a través del Cabildo General, la Formación del
presente curso seguirá ahondando en la espiritualidad franciscana. Por ello
nuestro Director Espiritual, Fray Julián Bartolomé Rivera, O.F.M., se ha
comprometido a dirigirnos unas interesantísimas charlas cuya primera sesión del presente curso tendrá lugar en este próximo viernes 15 de noviembre en la Capilla del Voto tras
los Rezos semanales de las 20,30 horas.
jueves, 7 de noviembre de 2019
Evangelio y comentario
Fuente: ALFA Y OMEGA
XXXII
Domingo del tiempo ordinario (ciclo C)
«Hoy ha sido la salvación de
esta casa»
Se acerca el final del año litúrgico, realidad que se
refleja en la Palabra
de Dios de estos días de un doble modo. En primer lugar, las escenas de la vida
de Jesús se sitúan en Jerusalén y, en concreto, en el ámbito del templo, ya que
estamos ante los últimos episodios que san Lucas relata de la vida pública del
Señor. En segundo lugar, esta perspectiva final afecta a la temática de los
pasajes evangélicos, que insisten de modo particular en plantear cuestiones
vinculadas con el final de los tiempos y la consiguiente necesidad de estar
preparados para ese momento. Es este el contexto en el que encontramos a Jesús
dirigiéndose a los saduceos, de los cuales Lucas se limita a constatar que
«dicen que no hay resurrección». Los saduceos constituían uno de los grupos
religiosos en tiempos de Jesús que, junto con los fariseos, estaban ampliamente
presentes en el mundo sociopolítico-religioso de Israel. Los saduceos eran
conocidos por oponerse a la creencia en la resurrección de los muertos. La
pregunta que nos planteamos, pues, es si este dogma era un principio
incuestionable entre los judíos.
El progresivo asentamiento de la creencia en la
resurrección
La afirmación de la resurrección de la carne, tal y como
nosotros la confesamos en el credo, aparece tardíamente en el ámbito hebreo, en
torno al siglo II antes de Cristo. Al igual que otras religiones del entorno,
el judío pensaba que existía una cierta perdurabilidad de la vida más allá de
la muerte, pero de un modo difuso y, sin duda, alejado de la concepción de la
verdadera vida que nosotros anhelamos. A los muertos se les situaba en el sheol,
el lugar de los muertos o los infiernos(lugar al
que desciende el Señor tras su muerte, tal y como confesamos en el credo, y que
no debe ser confundido con el infierno, en singular, como situación de
tormento). Así pues, hasta un periodo tardío, la muerte era considerada una
ruptura irreparable. Esta visión, no era, sin embargo, absoluta, puesto que en
el Antiguo Testamento se encuentran pasajes como el salmo 15, que afirma «no me
entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción». También el
episodio de la ascensión de Elías, llevado al cielo de modo milagroso, se ubica
en la línea de la esperanza de poder alcanzar una vida con Dios plena y no
simplemente difusa o sombría. La primera lectura de este domingo, del segundo
libro de los Macabeos, supone la consagración de esta novedosa perspectiva en
una época trágica de Israel. Ante los tormentos a los que son sometidos los
judíos que no estaban dispuestos a renegar de su fe, los hermanos macabeos,
aunque saben que van a morir, tienen la convicción de que Dios les va a
recompensar con una resurrección gloriosa. Si morían por amor a Dios, el Señor
intervendría dándoles la vida eterna. Con la expresión «el Rey del universo nos
resucitará para una vida eterna» se plasma la confesión de fe en esta realidad.
«Para él todos están vivos»
Ante la pregunta capciosa que lanzan al Señor en el pasaje
evangélico de este domingo, Jesús rebate el argumento de los saduceos señalando
la naturaleza de la vida eterna: una vida donde «no se casarán ni ellas serán
dadas en matrimonio». De este modo se muestra que estamos ante una vida plena,
pero de naturaleza diferente a la actual. No es posible pensar en la vida
eterna como en un retorno a la vida tal y como la conocemos. Son, por lo tanto,
inútiles los intentos por tratar de explicar el modo concreto de la vida
eterna, salvo saber que se trata de una vida completamente nueva junto con
Dios. Además, el Evangelio afirma que para Dios todos están vivos, incluso los
que para nosotros están muertos. En suma, se nos plantea el destino último de
la vida, que no es la muerte, sino la vida verdadera. Esta vida divina no se
recibe de la nada tras la muerte, sino que en la medida en que hemos sido
incorporados a Cristo, ya la hemos recibido.
Daniel A. Escobar Portillo
Delegado episcopal de Liturgia de Madrid
Delegado episcopal de Liturgia de Madrid
Evangelio
En aquel tiempo, se acercaron algunos
saduceos, los que dicen que no hay resurrección, y preguntaron a Jesús:
«Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando
mujer, pero sin hijos, que tome la mujer como esposa y dé descendencia a su
hermano”. Pues bien, había siete hermanos; el primero se casó y murió sin
hijos. El segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete, y murieron
todos sin dejar hijos. Por último, también murió la mujer. Cuando llegue la
resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete la tuvieron
cono mujer». Jesús les dijo: «En este mundo los hombres se casan y las mujeres
toman esposo, pero los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo
futuro y en la resurrección de entre los muertos no se casarán ni ellas serán dadas
en matrimonio. Pues ya no pueden morir, ya que son como ángeles; y son hijos de
Dios, porque son hijos de la resurrección. Y que los muertos resucitan, lo
indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor “Dios
de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de
vivos: porque para él todos están vivos».
Lucas 20, 27-38
miércoles, 6 de noviembre de 2019
sábado, 2 de noviembre de 2019
viernes, 1 de noviembre de 2019
Evangelio y comentario
Fuente: ALFA Y OMEGA
XXXI
Domingo del tiempo ordinario (ciclo C)
«Hoy ha sido la salvación de
esta casa»
El encuentro entre Jesús y Zaqueo prosigue el conjunto de
relatos en los que san Lucas pone en primer plano la misericordia de Dios
frente al juicio y la desesperanza de los hombres. Es llamativo el optimismo
que domina la narración. Como no puede ser de otra manera, la presencia de
Jesucristo siempre se asocia en las escenas evangélicas a la salvación del
hombre. Por eso, la afirmación «hoy ha sido la salvación de esta casa», no es
sino una concreción más de que donde aparece Jesucristo, aparece
Dios-con-nosotros. Se nos presenta una palabra de aliento ante el pesimismo que
con frecuencia puede invadirnos. A pesar de que no nos hallamos en esta época
del año en un tiempo litúrgico que enfatice de modo especial la llamada a la
conversión, confrontar nuestra vida con la persona de Cristo abre siempre la
necesidad de preguntarnos si es posible dar un paso más en el seguimiento del
Señor, es decir, supone una invitación a un cambio interior. Un encuentro
marca, pues, la diferencia entre un inicio donde parece que Zaqueo y Jesús no
se conocen, hasta una conclusión de estrecha comunión entre ambos.
Nadie queda excluido de la acción de Dios
La descripción evangélica nos lleva a Jericó, una ciudad
comercial y rica en tiempos de Jesús, donde alguien que era publicano podía
prosperar con facilidad. El texto de este domingo detalla que Zaqueo era jefe
de publicanos. Esto significaba mucho, ya que los publicanos eran considerados
pecadores públicos por un doble motivo: en primer lugar, por su falta de
honestidad, puesto que se aprovechaban económicamente de los impuestos que
recaudaban, repercutiendo esta injusticia siempre en los grupos más
desfavorecidos e indefensos; en segundo lugar, se les consideraba
colaboracionistas con el Imperio romano que, a través de los publicanos,
sometía económicamente al pueblo de Israel. Con esta carta de presentación se
comprende la reacción de quienes contemplan la escena y murmuran contra Jesús.
A esto hay que sumar que Jesús no se limita a saludar o detenerse con Zaqueo,
sino que se invita a la casa del publicano; hecho que revela qué tipo de
relación se establece. Para la sociedad judía la hospitalidad era un gesto de
mucho mayor calado que las invitaciones que nosotros podemos hacer en nuestros
días. La propia tradición bíblica da sobrada cuenta de que compartir techo y
comida denota una verdadera comunión de vida entre el anfitrión y el huésped.
Por lo tanto, todos saben que Jesús está decidido a establecer un vínculo
personal profundo con un pecador público.
Por otra parte, la voluntad de encuentro del Señor se
manifiesta ya desde el inicio del diálogo entre Jesús y Zaqueo, por el
significativo detalle de nombrar al jefe de publicanos por su nombre propio.
Cuando Jesús da nombre a personajes ficticios, como el pobre Lázaro, o reales,
como aquí, significa una predilección y una llamada por su parte. «Zaqueo» es,
de hecho, la primera palabra que sale de los labios del Señor, sin señalar el
evangelista un vínculo anterior entre ambos.
Una vez más se pone de relieve la iniciativa decidida del
Señor. Así se demuestra con la frase «es necesario que hoy me quede en tu
casa». Esta acción abre por completo el corazón de Zaqueo, que se apresura a
bajar y recibe con afecto a Cristo. Un dato fundamental de este episodio es que
a pesar de ser Jesús el que le pide al publicano quedarse con él, es el Señor
quien en realidad dirige la invitación a esta hospitalidad-comunión de vida.
El encuentro entre Jesús y Zaqueo nos permite comprender,
en último término, algunos dinamismos esenciales de la relación entre el hombre
y Dios. El deseo interior del hombre hacia el creador, reflejado aquí por la
curiosidad de quien se sube a una higuera, es utilizado por el Señor en tantas
ocasiones para venir a «buscar y salvar lo que estaba perdido». Poco importa a
Dios lo lejana que haya sido nuestra vida anteriormente, puesto que el
acercamiento al hombre formará siempre parte esencial de su misión como Hijo de
Dios.
Daniel A. Escobar Portillo
Delegado episcopal de Liturgia de Madrid
Delegado episcopal de Liturgia de Madrid
Evangelio
En aquel tiempo, Jesús entró en Jericó e iba
atravesando la ciudad. En esto, un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y
rico, trataba de ver quién era Jesús, pero no lo lograba a causa del gentío,
porque era pequeño de estatura. Corriendo más adelante, se subió a un sicomoro
para verlo, porque tenía que pasar por allí. Jesús, al llegar a aquel sitio,
levantó los ojos y dijo: «Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que
hoy me quede en tu casa». Él se dio prosa en bajar y lo recibió muy contento.
Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: «Ha entrado a hospedarse en casa de un
pecador». Pero Zaqueo, de pie, dijo al Señor: «Mira, Señor, la mitad de mis
bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro
veces más». Jesús le dijo: «Hoy ha sido la salvación de esta casa; pues también
este es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a
salvar lo que estaba perdido».
Lucas 19, 1-10
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