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BLOG OFICIAL DE LA HERMANDAD Y COFRADÍA DE NAZARENOS DE LAS SAGRADAS CINCO LLAGAS DE CRISTO, NUESTRO PADRE JESÚS DE LA VÍA-CRUCIS Y MARÍA SANTÍSIMA DE LA ESPERANZA
Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Jerez de la Frontera
jueves, 20 de mayo de 2021
Jornadas de Archivos privados y Conventos
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martes, 18 de mayo de 2021
sábado, 15 de mayo de 2021
Evangelio y comentario
Fuente: ALFA Y OMEGA
Solemnidad
de la Ascensión (ciclo B)
«Nadie
tiene amor más grande»
Es difícil separar la lectura del Evangelio de
este domingo de la primera lectura, de los Hechos de los Apóstoles, que es la
que alude a los 40 días tras la Resurrección. La estrecha unidad que se da
habitualmente los domingos entre la primera lectura y el Evangelio se
manifiesta hoy de modo particular en una temática casi idéntica. En ambos
textos se destaca el carácter de conclusión o despedida de la misión terrena
del Señor, ligado al comienzo de la misión de la Iglesia, que constituye el eje
del breve pasaje que tenemos ante nosotros. El primer dato que nos aporta este
texto es que Jesús se aparece de nuevo vivo ante los once. En la liturgia, los
relatos de las apariciones han ocupado el centro de atención durante la octava
de Pascua y los primeros domingos de este tiempo. Ahora, tras varias semanas en
las que el Evangelio de san Juan abordaba diversas cuestiones sobre la vida del
discípulo y su relación de conocimiento, amor y permanencia con Jesús, parece
que retomamos el momento inicial de la Pascua, cerrando el ciclo de las
apariciones iniciado el primer domingo. Este modo de escoger las lecturas corresponde,
pues, con la estrecha unidad que hay entre Resurrección, ascensión y venida del
Espíritu Santo. Jesús, una vez resucitado adquiere un modo de vivir real,
participando plenamente de la gloria y el poder de Dios. En contraste con la
humillación sufrida en su Pasión y Muerte en la cruz, el Señor es colocado en
lo más alto, no en un sentido geográfico, sino real, como juez de vivos y
muertos. De hecho, la ascensión a la gloria es uno de los motivos preferidos en
las oraciones propias de este día, sean de la liturgia de las horas o de la
Misa. El paradigma del modo orante de reconocer la gloria del Señor lo refleja
aquí el salmo responsorial con su respuesta «Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor al son de trompetas». Se trata de un texto compuesto originalmente por
los israelitas que llevaban el arca a Jerusalén, tras volver de la batalla, con
el objetivo de expresar la asunción de la realeza por Dios. El carácter del
Evangelio y de la fiesta que celebramos nos hace comprender ahora que cuanto ha
sido atribuido a Dios en el Antiguo Testamento se asignará ahora a Jesucristo
triunfante y victorioso sobre la muerte.
Partícipes de
esta victoria
La entrada del Señor en la gloria tiene como
consecuencia inmediata nuestra participación en esa victoria. Cuando el Señor
afirma que «el que crea y sea bautizado se salvará», constata que la vida
eterna no es algo reservado para Él mismo, sino que todos los cristianos, al
haber sido incorporados a Cristo, tenemos la firme esperanza de que un día
participaremos de su poder y reinado. Mientras tanto, la misión de la Iglesia
es doble: en primer lugar, ir al mundo entero. Frente a la tentación de
quedarnos plantados mirando al cielo, en palabras de la primera lectura, el
Señor nos pide salir, desplazarnos y movernos hacia donde están las personas.
Se trata de una disposición que supone implicarse en cuerpo y alma. El Señor no
pide a los once dedicar algo de tiempo, sino ir al mundo entero, una tarea que,
naturalmente, no conoce fin. En segundo lugar, debemos proclamar el Evangelio.
El cometido de la Iglesia no es otro que continuar los gestos y palabras que
realizó el Señor. En este sentido, la Iglesia no está llamada a ser original,
sino a reflejar fielmente cuanto ha sido querido por el Señor. Al mismo tiempo,
la predicación del Evangelio está acompañada y confirmada por algunos signos
que, adaptados a los tiempos, se siguen realizando en virtud de la autoridad
conferida por Cristo a sus discípulos. Constatamos, en definitiva, que la
victoria del Señor sobre la muerte no solo se concreta en el gozo y la alegría
de comprobar que Jesús está vivo, sino en el mandato preciso de no dejar nunca
de proclamar y llevar a cabo cuanto Él ha anunciado y realizado.
Daniel A. Escobar Portillo
Delegado episcopal de Liturgia de Madrid
Evangelio
En aquel tiempo, se apareció Jesús a los once y
les dijo: «ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El
que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado. A los que
crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán
lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal,
no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos».
Después de hablarles, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la
derecha de Dios. Ellos se fueron a predicar el Evangelio por todas partes, y el
Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.
Juan 16, 15-20
viernes, 14 de mayo de 2021
El Papa establece el ministerio de catequista
Se publicó el Motu proprio “Antiquum ministerium” con el que Francisco establece el ministerio laical de catequista: una necesidad urgente para la evangelización en el mundo contemporáneo, que debe realizarse de forma secular, sin caer en la clericalización.
Fuente: Vatican news
“Fidelidad al pasado y la responsabilidad por
el presente” son “las condiciones indispensables para que la Iglesia pueda
llevar a cabo su misión en el mundo”: así lo escribe el Papa Francisco en el
Motu proprio Antiquum ministerium – firmado el 10 de mayo,
memoria litúrgica de San Juan de Ávila, presbítero y Doctor de la Iglesia – con
el que instituye el ministerio laical de catequista. En el contexto de la
evangelización en el mundo contemporáneo y ante “la imposición de una cultura
globalizada”, de hecho, “es necesario reconocer la presencia de laicos y laicas
que, en virtud del propio bautismo, se sienten llamados a colaborar en el
servicio de la catequesis”. No sólo: el Pontífice subraya la importancia de
“auténtico encuentro con las jóvenes generaciones”, así como “la exigencia de
metodologías e instrumentos creativos que hagan coherente el anuncio del
Evangelio con la transformación misionera que la Iglesia ha emprendido”.
Un ministerio
nuevo, pero con orígenes antiguos
El nuevo ministerio tiene orígenes muy
antiguos que se remontan al Nuevo Testamento: de forma germinal, se menciona,
por ejemplo, en el Evangelio de Lucas y en las Cartas del Apóstol San Pablo a
los Corintios y a los Gálatas. Pero “toda la historia de la evangelización en
estos dos milenios”, escribe el Papa, “muestra con gran evidencia lo eficaz que
ha sido la misión de los catequistas”, que han conseguido que “la fe fuese un
apoyo válido para la existencia personal de cada ser humano”, llegando a “dar
incluso la vida” por este fin.
Desde el Concilio Vaticano II, pues, se ha
tomado conciencia de que “la tarea del catequista es de suma importancia”,
además de necesaria para el “desarrollo de la comunidad cristiana”. Todavía
hoy, continúa el Motu Proprio, “muchos catequistas capaces y
tenaces” desempeñan una “misión insustituible en la transmisión y
profundización de la fe”, mientras que una “larga fila” de beatos, santos y
mártires catequistas “han marcado la misión de la Iglesia”, constituyendo “una
fuente fecunda para toda la historia de la espiritualidad cristiana”.
Transformar la
sociedad a través de los valores cristianos
Por ello, sin restar importancia a la “misión
propia del Obispo, que es el primer catequista de su Diócesis”, ni a la
“peculiar responsabilidad de los padres” en cuanto a la formación cristiana de
sus hijos, el Papa exhorta a valorar a los laicos que colaboran en el servicio
de la catequesis, saliendo al encuentro de "los muchos que esperan conocer
la belleza, la bondad y la verdad de la fe cristiana." Corresponde a los
pastores – subraya además Francisco – reconocer “los ministerios laicales
capaces de contribuir a la transformación de la sociedad mediante ‘la penetración
de los valores cristianos en el mundo social, político y económico’”.
Evitar las
formas de clericalización
Testigo de la fe, maestro, mistagogo,
compañero y pedagogo, el catequista – explica el Pontífice – está llamado
a ponerse al servicio pastoral de la transmisión de la fe desde el primer
anuncio hasta la preparación para los sacramentos de la iniciación cristiana,
hasta la formación permanente. Pero todo esto sólo es posible “a través de la
oración, el estudio y la participación directa en la vida de la comunidad”,
para que la identidad del catequista se desarrolle con “coherencia y
responsabilidad”. Recibir el ministerio laical del catequista, de hecho,
“da mayor énfasis al compromiso misionero propio de cada bautizado”. Debe
realizarse – recomienda Francisco – “de forma plenamente secular, sin caer en
ninguna expresión de clericalización”.
La Congregación
para el Culto Divino publicará el Rito de Institución
El ministerio laical de catequista tiene
también “un fuerte valor vocacional” porque “es un servicio estable prestado a
la Iglesia local” que requiere “el debido discernimiento por parte del Obispo”
y un Rito de Institución especial que la Congregación para el Culto Divino y la
Disciplina de los Sacramentos publicará próximamente. Al mismo tiempo – señala el
Pontífice – los catequistas deben ser hombres y mujeres “de profunda fe y
madurez humana”; deben participar activamente en la vida de la comunidad
cristiana; deben ser capaces de “hospitalidad, generosidad y vida de comunión
fraterna"; deben formarse desde el punto de vista bíblico, teológico,
pastoral y pedagógico; deben tener una experiencia previa madura de catequesis;
deben colaborar fielmente con los presbíteros y diáconos, y "estar
animados por un verdadero entusiasmo apostólico”.
La invitación
del Papa a las Conferencias episcopales
Por último, el Papa invita a las Conferencias
Episcopales a “hacer efectivo el ministerio del catequista" estableciendo
el proceso formativo y los criterios normativos necesarios para acceder a él,
de forma coherente y en conformidad con el Motu proprio que puede ser acogido
también, "en base a su derecho propio", por las Iglesias orientales”.
miércoles, 12 de mayo de 2021
martes, 11 de mayo de 2021
sábado, 8 de mayo de 2021
Evangelio y comentario
Fuente: ALFA Y OMEGA
VI
Domingo de Pascua (ciclo B)
«Nadie tiene amor más grande»
Este domingo continuamos leyendo el capítulo 15
del Evangelio según san Juan, que integra el corazón del mensaje de Jesús a sus
discípulos en el ámbito de la última cena. Los términos que más se repiten son
permanecer y, sobre todo, amar. Con este discurso, Jesús no busca dar una
explicación teórica sobre lo que significa el amor de modo genérico, sino
situarse Él mismo como mediador de ese amor entre Dios y los hombres. Él es,
sin duda, la constatación máxima de la predilección del Padre por nosotros. Por
otro lado, es natural preguntarse sobre el significado de este pasaje y el de
hace ocho días –que comparaba nuestro vínculo con el Señor con el de la vid y
los sarmientos– en el contexto de la Pascua. En efecto, el ritmo de lecturas
dominicales de este tiempo –centrado las tres primeras semanas en las
apariciones del Señor–, parece haberse truncado con el Evangelio del domingo
del Buen Pastor. Sin embargo, una vez comprobado el hecho de la Resurrección,
los discípulos han de ir asumiendo paulatinamente el estilo de vida propio del
Maestro, para que ellos la concreten en su vida y la transmitan al resto de
miembros de la Iglesia. El tiempo pascual celebra de modo especial el nacimiento
y la extensión de la Iglesia, como constatamos con la continua lectura del
libro de los Hechos de los Apóstoles. Y quienes se acercan a ella no solo deben
conocer unas determinadas reglas y modos de comportamiento. La pertenencia a
este cuerpo, el cuerpo de Cristo, va unida a una comprensión de la propia vida
en función del modo de vivir, de obedecer y de amar de Cristo. Se trata de
asumir el tipo de amor al que estamos llamados, cuál es la procedencia de ese
amor y cuál es la máxima expresión del amor de Dios con los hombres.
Dios como
fuente de amor
Esta afirmación nos previene contra la tentación
de pensar que el amor verdadero procede de modo exclusivo de nuestros buenos
sentimientos y deseos hacia los demás, o de una generosidad y benevolencia innatas.
Al mismo tiempo, nos permite entender que el amor efectivo no siempre está
unido con el afectivo. Jesús se ubica varias veces como lugar al que podemos
mirar para comprender esta realidad, en particular con las frases «que os améis
unos a otros como yo os he amado» y «nadie tiene amor más grande que el que da
la vida por sus amigos». Por lo tanto, si el Padre es la fuente del amor, Jesús
es el mediador por excelencia de ese amor, que nos muestra y transmite a
nosotros, no únicamente para que respondamos a Dios con ese amor. De hecho, el
pasaje de este domingo no insiste en la necesidad de responder a Dios amándolo
como Él nos ama, pero sí subrayando varias veces que nos amemos entre nosotros
de esa manera. Así pues, solo podemos amar verdaderamente a los hermanos si lo
hacemos de la misma manera que Dios nos ha amado y se ha entregado por
nosotros. Supone, en definitiva, una llamada a entregar la vida. Las palabras
de Jesús a sus discípulos son, a la vez, una confesión de la predilección que
tiene por ellos; algo que puede hacerse extensivo a los cristianos de todos los
tiempos. Si el amor parte de Dios, la elección parte del Señor y supone la
concreción de ese amor. Dios nos ama eligiéndonos para una misión, mirándonos
personalmente e involucrándonos en la vida de la Iglesia de este modo. Al
contrario de lo que frecuentemente sucede en la vida ordinaria, donde
habitualmente se busca a las personas por determinados intereses, Dios no
necesita absolutamente nada de nosotros. Nos ama, nos elige y nos envía a una
misión mirando solo por nosotros. El objetivo de este amor y envío es «para que
vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca».
Daniel A. Escobar Portillo
Delegado episcopal de Liturgia de Madrid
Evangelio
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si
guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he
guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de
esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud.
Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie
tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis
amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo
no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he
oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis
elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis
fruto, y vuestro fruto permanezca. De modo que lo que pidáis al Padre en mi
nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros».
Juan 15, 9-17
viernes, 7 de mayo de 2021
El Señor de la Vía-Crucis, premio del concurso fotográfico de COPE
Obra de Antonio Román Macías ganadora de 'Carrera Oficial, la Pasión en la calle. Nostalgia de una Semana Santa de Jerez'
https://www.cope.es/emisoras/andalucia/cadiz-provincia/nuestros-podcasts/noticias/antonio-roman-gana-concurso-fotografico-cope-20210505_1272476
jueves, 6 de mayo de 2021
miércoles, 5 de mayo de 2021
lunes, 3 de mayo de 2021
sábado, 1 de mayo de 2021
Evangelio y comentario
Fuente: ALFA Y OMEGA
V
Domingo de Pascua (ciclo B)
«Permanencia
y unidad»
Sin duda, las palabras del Señor están repletas de
imágenes que, a quienes las escucharan de sus labios, les resultarían muy
familiares, tanto por el conocimiento de numerosos antecedentes bíblicos como
por referirse a lo más cotidiano de la agricultura y la ganadería de la
Palestina del siglo I; realidades que incluso hoy nos siguen resultando
cercanas. La idea de Jesucristo como vid va más allá de recrear en nuestra
mente el cuadro de la vid y los sarmientos. No puede obviarse la indudable
referencia a la Eucaristía que esta alusión encierra. Además, del mismo modo
que la alegoría del Buen Pastor del domingo pasado nos permitía reflexionar
sobre nuestra relación con el Señor, el pasaje evangélico que ahora tenemos
ante nosotros busca cuidar el vínculo hondo y personal que ha de darse entre Jesús
resucitado y el verdadero discípulo. Asimismo, el texto de este domingo y del
siguiente se encuadran en el llamado discurso de despedida del Evangelio de san
Juan; un auténtico testamento espiritual que quiere, por una parte, resumir las
enseñanzas del Señor y, por otra, ofrecer a los discípulos pautas de actuación
para cuando el Maestro ya no esté con ellos. Como sabemos, ya los profetas se
habían referido a la vid a la hora de referirse a los israelitas. Dios cuida
con amor su viña. Sin embargo, Israel, que debía producir frutos de fidelidad a
la alianza, no responde adecuadamente, según relata el profeta Isaías. Cuando
Jesús se concibe a sí mismo como vid verdadera, ya se nos está indicando que Él
es en quien Dios restablece la alianza con su pueblo y que esta será la
verdadera y definitiva alianza, de la cual las anteriores eran una
prefiguración. Por otro lado, las constantes referencias a permanecer y a dar
fruto aparecen como un binomio inseparable. Estar unido al Señor, escuchar y
llevar a la práctica sus palabras, se convierten en el único modo de dar fruto
y de dar gloria a Dios. Para el discípulo, permanencia y glorificación no serán
más que las dos caras de la misma moneda, algo inseparable.
El peligro de
la disgregación
Cuando el
Señor se refiere a la necesidad de un vínculo estrecho entre Él (la vid) y
nosotros (los sarmientos) es fácil pensar en los medios a nuestra disposición
para cuidar esa relación profunda que Jesús nos pide para dar fruto abundante.
No resulta difícil fijarnos en la necesidad de la oración o en la frecuencia de
la celebración de los sacramentos de la Eucaristía o de la Reconciliación de
los penitentes. Tampoco podemos pasar por alto nuestro compromiso y la vivencia
efectiva de la caridad con la que nos necesita, puesto que sirviendo a nuestros
hermanos estamos concretando de un modo singular nuestra unión con Cristo y
llevando a cumplimiento nuestra vocación bautismal. Sin embargo, hemos de tener
en cuenta que nuestra relación con el Señor no se da únicamente de modo individual,
sino en el ámbito de la Iglesia, cuerpo de Cristo. La historia nos enseña que,
de hecho, desde la primera andadura del cristianismo la Iglesia tuvo que hacer
frente a personas o grupos que, tras la Muerte y Resurrección del Señor, podían
fomentar la disgregación, desviándose de cuanto el Señor años atrás les había
enseñado. La memoria de san Juan al recoger estas palabras manifiesta que
permanecer unidos a Jesús y perseverar en medio de las adversidades es el
camino a seguir cuando nos aceche la tentación de la división en el seno de la
Iglesia. Al mismo tiempo, conocemos un término que designa lo contrario a
cualquier separación o desunión en su seno: comunión. La parábola de la vid y
los sarmientos revela, en definitiva, que la vida cristiana ha de ser siempre
misterio de comunión con Jesús. Concebir la misma Iglesia como misterio y lugar
de comunión y encuentro ayuda a valorarla como espacio imprescindible y
determinante para propiciar el vínculo del hombre con Dios y de los hombres
entre sí.
Daniel A. Escobar Portillo
Delegado episcopal de Liturgia de Madrid
Evangelio
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Yo
soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da
fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más
fruto. Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado;
permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por
sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese
da fruto abundante, porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en
mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al
fuego, y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros,
pedid lo que deseáis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que
deis fruto abundante; así seréis discípulos míos».
Juan 15, 1-8










